Entradón el jueves en el Arriaga para ver a Lolita, actriz y cantante hija de leyenda que domina el contacto con el público desde que era así de chiquitaja (sí, casi tan pequeña como es ahora, pensarán algunos). Las butacas las ocupaban sobre todo señoras, pero también había jóvenes de ambos sexos. Y por ahí andaba Txema Soria, el de La Mirilla, cortejando a mi churri en cuanto le di la espalda.
Hay que confesar que incierto se presentaba el concierto de Lolita a tenor de la suavita blandura de su novedad, ‘Sigue caminando’, donde su voz insuficiente queda desnuda ante la instrumentación tenue. Sin embargo, en vivo, con ocho músicos arbitrando fusión de flamenco y tropicalismo superior a la del feble CD, el asunto mejoró empero las peculiaridades de la estrella, quien cantaba al margen de la disciplinada marcha que aportaba la banda.
Lolita usaba un micrófono con demasiado volumen (para disimular su escasa garganta; por eso se escaparon tantos pitidos, queridas lectoras), cuando bailaba con veloces manos alzadas nos acordábamos del de Martes Y Trece (de Millán, ya), a veces se ponía solemne debajo del foco apuntando al cielo en pose Barbra Streisand, y entre lo mejor del lote descollaron esos discursos en los que nos reímos gracias a su llana complicidad: “si huele a Reflex es porque tengo lumbago”, “yo estaba muy mona, vestida de blanco” (comentó presumida al rememorar su obra teatral en el mismo local), “ya es mía” (se congratuló al referirse a su versión del ‘Mediterráneo’ de Serrat) o “se me han revuelto, o ‘removido’, muchas cosas”.
Llorando
En hora y media, Lolita hizo 14 canciones con tres picos, a saber: el mentado ‘Mediterráneo’, con intro lenta y final rockista; ‘Sarandonga’ en el pseudobís, con la peña dando palmas y coreando tímida los achilipús (“así cantamos los gitanos”, remató casi al final Lolita, antes de embarcarse en una coda bailonga alargada que la dejó jadeante: “Ay, Bilbao, después del mazapán y los turrones...”); y, en el bis real, el soul-rock ‘No dudaría’ de su difunto hermano Antonio.
El resto se administró en un plano similar. La inaugural ‘Gitana’ confluyó en la salsa y ‘Vete de mí’ frisó el jazz aflamencado. ‘Alba’, de Antonio para su hija así nominada, se la dedicó a él, “que nos estará mirando, seguramente”. ‘Caminando’ llegó con brusquedad al son y la balada ‘Dejar de pensar en ti’ le sirvió para sus mohínes. En ‘Será’ se quejó de que la mayoría de las emisoras la ignoran (excepto Radio Nervión) y ‘Amnesia’ la llevó al bolero de Luz. Y, al acabar ‘Ay, pena, penita, pena’, una copla que cantaba la Lola, Lolita, racial como Raphael, se puso a llorar. Entonces una voz gritó ‘¡viva la madre que te parió’ y un clamor respondió ‘¡viva!’. Y luego llegamos a los bises ya narrados.