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MÚSICA. EL BAFLE de Óscar Cubillo
Como ver a los Rolling
El encuentro con el mito garajero sesentero de los Sonics (31 de mayo) y la representación teatral ochentera de los heavies Queensrÿche, ambos en Santana 27 (30 de mayo)
02.06.08 -

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Más de mil zánganos y zascandiles se juntaron el sábado en la Santana 27 para ver a los Sonics, la leyenda yanqui del rock de garaje de los 60. Para que lo entiendan: eso fue igual que catar por vez primera a los Rolling Stones (por eso esa noche desestimamos ver a La Fuga en Barakaldo o a Calamaro en La Casilla). La droga y la priva rulaban, Los Chicos madrileños calentaron al personal, saludamos a los Aterkings de Markina (superiores a los Sonics, créanselo), a la peña se la notaba excitada (un bus con 70 rockeros capitalinos trajo a las huestes del club Gruta 77 a las dos de la tarde al bar Muga, Pato pegó un cartel en un bar de Reinosa y vinieron muchos de sus paisanos...), y las pibitas emulaban a la inigualable Amaia, la Reina de la Movida, la novia de Gorka Noise On Tour, el promotor del memorable encuentro: falda negra ceñida sobre las rodillas, medias de rejilla, tacones rojos (a juego con sus labios) y escote insinuante y moreno. Hum... esto también es rock and roll, señores (y señoras).
En 66 minutos y 19 temas (sin bis), los Sonics no decepcionaron a nadie. Los fans se conformaron con el sonido y los que auguraban una verbena hasta cantaron los standards varios. Los ejecutantes sesentones cumplieron el papel y tocaron un rock sin gelificantes, espesantes ni emulsionantes, en crudo, a veces sin madurar (un desastre su versión de ‘Lucille’) y otras veces fuera de temporada (saltaron de los 50 a los 60 y del blues al pop sin solución de continuidad), con guitarra, saxo, bajo, batería y teclas (el teclista, el líder Jerry Rosley, simulaba que bebía de una cerveza... ¡que estaba sin abrir!).
De tal guisa los Sonics, que no se comieron un colín en los 60, fueron reivindicados en el revival garajero de los 80 y han resucitado 40 años después por la pasta, se enredaron en un bucle versionero (‘Night Time Is The Right Time’ de Ray Charles llevada a Nueva Orleans, la desastrosa ‘Lucille’ más una afanosa ‘Keep A Knockin’ de Little Richard -la otra reina del rock and roll, je, je...-, un endurecido ‘Walking The Dog’ de Rufus Thomas...) influido por Beatles, Yardbirds o Bo Diddley. Además, los cinco veteranos no gritaron demasiado y el personal montó su propia fiesta (para decir: ‘yo estuve ahí’) en éxitos sónicos tipo ‘Cinderella’, ‘Estricnina’, ‘Psycho’ o ‘The Witch’ (que son por los cuales los Sonics se han ganado un hueco en la historia del rock), aparte de en joyas garajeras ajenas como ‘Louie Louie’ o ‘Have Love Will Travel’ (ambas firmadas por el bluesmen negro Richard Betty). A la postre, los Sonics libraron, sí.
Opereta metálica
Como opereta metálica o musical heavy en dos partes se puede definir el espectacular y multimedia concierto que los yanquis Queensrÿche montaron el viernes en la Santana 27 ante unos 500 espectadores (pocos) que la gozaron. Los de Seattle representaron dos discos enteros, los conceptuales ‘Operation: Mindcrime 1 y 2’, de 1988 y 2006, y mezclaron rock ampuloso (teclados y otros sonidos pregrabados, dos guitarras solistas) con cine y teatro (visuales bien engarzados, atrezzo variado...). O sea, como observó Mikel Oteiza, de El Paso Killers (que va a mogollón de bolos y no sólo del ramo), no se trata más que de nostalgia, de recrear discos de hace veinte años porque ahora no se tiene tanto que expresar. Un truco éste, el de tocar enteros algunos discos periclitados, que en tiempo recientes han llevado a cabo Sonic Youth, Public Enemy, Twisted Sister, etc.
En este remozado ‘Operation: Mindcrime’ la imagen primero osciló entre ‘Taxi Driver’ y ‘El exorcista’ y en la segunda parte pareció más moderna, el rock saltó del ‘Tommy’ de los Who a una suerte de ‘El fantasma de la ópera’ en voz de Ronnie James Dio (en la segunda parte su careto cantó desde la pantalla), y la historieta tremendista (suicidios, venganzas, corrupción, locura, drogadicción...) fue protagonizada por el vocalista, Geoff Tate (camiseta de panadero negra, pelo engominado hacia atrás, musculatura de gimnasio), quien se dejó llevar por una inequívoca voluntad actoril de esas que epatan a los personajes del heavy.
Arrastrado por indecisos espíritus shakesperianos que atribulaban a Geoff Tate, el asunto apostó por lo ampuloso, el rock a veces restalló y la representación superó a muchas de las que hoy se programan en los teatros del Soho londinense. Y para el bis, recuperaron un puñado de canciones sin escenificar, caso de su gran hit ‘Empire’ u otras con poso Pink Floyd.
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