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El municipio majorero reúne playas interminables, una geología apocalíptica y tranquilidad a espuertas
30.04.09 -

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La Oliva (Fuerteventura). La isla de los vientos
Antes de que nos enteráramos, los alemanes ya estaban allí. Cansados de la masificación de las Baleares, Tenerife o Las Palmas, los jubilados y los aficionados a los deportes de viento llegados del Norte se aposentaron en Fuerteventura, desde las Dunas de Corralejo hasta Jandía, en el extremo sur. Allí retozaban al cálido sol africano (el continente está a unos cien kilómetros) como sus buenas madres les trajeron al mundo y, en cuanto notaban que el viento soplaba con más fuerza de lo debido, se hundían en los agujeros cavados en la arena. Como lagartos prehistóricos, dejaron constancia de todas las bondades de la costa del municipio majorero de La Oliva. Así era posible hace quince años que, a excepción de unos suecos, unos italianos y algunas parejas españolas, las dunas merecieran la denominación de embajada alemana.
Es lo que tiene La Oliva, 24 grados de media, un desierto que se vuelca en el mar creando unas playas inmensas de arena blanca, aguas tan templadas como transparentes y la perspectiva de que, desde el desayuno hasta la cena, las posibilidades de hacer algo son casi cero. Simplemente, descansar. Aunque no es para tanto, porque cerca de allí está la historia de la comarca: La Casa de los Coroneles, el castillo del Tostón, el Museo del Grano, los molinos de mies y de cal...
La montaña mágica
Y convendrá desplazarse también para observar el paisaje lunar de Tindaya, una vez abandonado para siempre el proyecto encargado a Chillida para horadar la montaña mágica de Fuerteventura. La vista de la cumbre, que se alza como una visión, impacta y sirve para recordar que estamos en un paraje protegido por su valor natural, geológico y arqueológico, pues allí se descubrieron grabados podomorfos. No queda lejos el Malpaís de la Arena, teatro de pasada actividad volcánica en el que, a pesar de su desolada apariencia, crece una rica vegetación.
Pero volvamos a las Dunas de Corralejo, un parque natural de 2.400 hectáreas de engañoso desierto, en el que el mismo viento que a veces perturba a los alemanes ha formado colinas de arena que no dejan de moverse. Aunque trabajoso, merece la pena pasear por los senderos indicados y, aprovechando que nos encontramos en un lugar elevado respecto a la costa, otear el horizonte: la isla de los Lobos, antigua morada de las focas monje y hábitat de un centenar de plantas, y al fondo, Lanzarote.

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