
Para seguir... de cerca
San Fermín es una fiesta eminentemente taurina y cuenta con unos rituales fascinantes.
> Las mulillas
Los caballeros que toman parte en la corrida (vestidos con el traje negro de alguacil del siglo XVII) se reúnen con los grupos de mulilleros y mulillas y con la banda de La Pamplonesa a las 17.30 horas en la Plaza del Ayuntamiento. Desde allí, en un conjunto de gala, marchan por la Plaza del Castillo acompañados por cientos de personas que siguen a la comitiva y que hacen paradas en los bares.
> El encierrillo
Cada noche, a las 23.00 horas, los toros que sembrarán de peligro las calles son conducidos por los pastores desde los corrales del Gas, donde permanecen desde su llegada a Pamplona, hasta los del Santo Domingo, desde donde partirán al día siguiente hacia la plaza. La carrera, ésta vez sin mozos, se produce en silencio, a un trote suave y solemne. Deja algunas de las estampas más bellas de las fiestas, con los elegantes morlacos confundidos en la noche, pasando sobre el puente del Arga y bajo las sombras de las murallas.
> La salida de las peñas
Cuando acaba la corrida, las peñas, sucias y alcoholizadas tras la juerga en los tendidos de sol, bajan al ruedo tras su pancarta y sus instrumentos y salen por la puerta grande en un baile sucio, desenfrenado y ruidoso. Arrastran a la multitud por las calles, en un espectáculo inigualable que congrega a cientos de curiosos, atentos a las gracias de los más borrachines.
La jornada arranca muy temprano, a las 6.45, vestido ya de blanco y rojo y donde siempre, en el Casco Viejo. Consulta el programa y busca las dianas, la marcha musical que se ocupa de despertar las calles. Oirás el jaleo de La Pamplonesa, la banda municipal que cumple ahora 90 años. Verás a cientos de tipos bailando a su son, entre los que se cuentan padres, niños, jubilados, guiris y beodos. Muchos borrachos, vamos. Todos se deleitan en el desfile al ritmo del vals de Astráin, el Riau Riau y otras obras maestras de la juerga. Canta. Baila. Recorrerás en un alocado amanecer las calles, que se preparan para otra batalla festiva, y te sumergirás sin esfuerzos en el ambiente.
Antes de las ocho, pasea por el recorrido del encierro, díle algo a San Fermín, que te escucha desde su hornacina en la calle Santo Domingo, sube por Mercaderes y la Estafeta y disfruta con los balcones y con la expectación contenida en las miradas de aquellos que van a correr. No te aventures y busca una pantalla de televisión para seguir el encierro, que, ténlo claro, no es para todo el mundo
Pasados los astados, es el momento de asentar las emociones y el estómago, así que acércate a la churrería La Mañueta, en la calle del mismo nombre. Es la más antigua de España y sólo abre en estas fechas. Los churros son exquisitos y los puedes mojar en el chocolate del Café Iruña, en la plaza del Castillo. Es el lugar donde Ernest Hemingway bebía como un descosido (tiene hasta una estatua, acodado en la barra). Lo que bebas depende de ti, claro, pero no te pases: lo propio es que, ya que estás en faena, acompañes en sus bailes a los gigantes y cabezudos, esas asombrosas figuras que entusiasman a los chavales. Déjate golpear por los zaldikos y da vueltas con los reyes. Sus danzas son asombrosas, fascinantes, y descubrirás entre el público decenas de bocas abiertas.
Desfile gamberro
Al mediodía, mientras sorteas a los cientos de personas que duermen en los jardines e incluso las medianas, regresa a la plaza del Castillo, el cogollo de las fiestas. Allí puedes tomar sorbete de limón en el Gazteleku o pimplar un aperitivo en las calles aledañas, como la Estafeta o San Nicolás, antes de ir a comer espléndidamente en restaurantes como el Rodero, el Europa, La Alhambra o el Otano, que también son una opción para la cena. Son muy buenos y, por tanto, nada baratos. La alternativa es ir de tapas: imperdonable perderse los pintxos del Café Niza (Duque de Ahumada, 2). Por ejemplo, las lechuguitas en la niebla y los espárragos ‘bronceados’.
Después de la corrida de toros, aunque la hayas disfrutado en los respetuosos y calmados tendidos de sombra, acompañe a las peñas acanalladas en su desfile gamberro y etílico por las afueras de la plaza. Disfruta las calles de nuevo. Ya son tuyas. Ahora depende de ti: puedes ir a ver los fuegos artificiales y el encierrillo o perderte en ellas sin miedo y sin mirar el reloj. Recuerda que te pueden despertar las dianas.