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Isla de Orenin (Álava). Aves en el paraíso
Un pueblo abandonado convertido en isla en las aguas de los pantanos alaveses guarda una inmensa colonia de zancudas ¡Descúbrelas!
16.11.07 -

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Isla de Orenin (Álava). Aves en el paraíso
La colonia de zancudas descansa al atardecer./ Ramón Aranbarri
Los británicos, pioneros y apasionados en el disfrute de la naturaleza, lo llaman ‘bird watching’ (mirar pájaros) y lo practican a mansalva. Forma parte de su manera de ser. Aquí empieza a ponerse de moda, pero aún queda mucho por recorrer. Para hacer boca, proponemos un lugar especial con aves muy fáciles de identificar: las bandadas de cigüeñas blancas que han colonizado en los últimos años la isla de Orenin, una extensión de unas siete hectáreas rodeada de las aguas del embalse de Ullíbarri Gamboa, frente a las playas de lo que se conoce hoy día como el parque provincial de Garaio, en la Llanada alavesa.
Hay que darse prisa porque las hojas de los sauces, los fresnos y los quejigos han comenzado a salir con las últimas lluvias y pueden impedir una observación en su sazón. Armados preferentemente con un telescopio terrestre, aunque también pueden servir unos buenos prismáticos, nos disponemos a ver uno de los mejores espectáculos de aves que ofrece la naturaleza en el País Vasco. Si se deja volar la imaginación, tenemos la sensación de navegar por un profundo río africano con las orillas infestadas de pájaros que aletean, crotoran –el peculiar ruido que hacen las zancudas al chocar sus picos– preparan sus nidos o empollan huevos.
Lo primero que sorprende al observar la ínsula desde Garaio es su perfil: árboles que envuelven las ruinas de un viejo pueblo. Es un nuevo paisaje nacido del embalse. Sólo tiene 50 años y parece eterno. Allí se levantaba orgullosa una torre campanario, la de la iglesia de San Lorenzo, y a sus pies, caseríos y edificios para la labranza y el ganado, las fincas de cereales, los pozos, los puentes, una ermita, una dehesa, el río Estraza, el Zadorra. Un lugar duro para vivir pero lleno de vida.
Para hacerse una idea del perfil del antiguo pueblo de ese nombre que se engulló el progreso hace 50 años, hay que mirar a la cercana iglesia de San Pedro de Azúa, abandonada pero en pie. La torre de la iglesia de San Lorenzo de Orenin se parecía mucho a esta. Desgraciadamente, para los que fueron bautizados en ella hoy es irreconocible, igual que todas y cada una de las 15 casas que tenía la aldea y que hoy en día constituyen un laberinto de muros de piedra comidos por la hiedra. Otras edificaciones yacen en el fondo del embalse y sus siluetas solo asoman en los tiempos de sequía. Aún puede verse por ejemplo, alineaciones de tejas que se quisieron aprovechar en 1958 y que no dio tiempo a llevárselas.
Sobre la ausencia de ese viejo pueblo, las cigüeñas han levantado su propio paraíso. Hubo un intento a mediados de los 80 de convertir Orenin en un refugio de zancudas, cuando estas aves habían caído en picado y en el País Vasco sólo anidaba la pareja de Gamarra. Lo apadrinaron dos naturalistas, el fallecido José Ignacio Aresti y Fernando Cámara, pero por diversas circunstancias el proyecto no cuajó. Pero años después, cuando la naturaleza recuperó su propio ritmo y los basureros la salvaron de la pura extinción, las parejas de patilargas no han dejado de venir.
Convivencia
«En 1995 llegaron los primeros ejemplares a anidar, pero hasta 2002 no vino la segunda. En 2007 pasaron de 7 a 15 nidos y este año esperamos más. Normalmente son hijos de los que procrearon aquí», explica Gorka Belamendia, técnico forestal y divulgador del equipo del Centro de Estudios Ambientales de Vitoria. Otra curiosidad de Orenin es que la colonia de aves es mixta. Centras el teleobjetivo y puedes distinguir a cuatro garzas reales rodeando un nido de cigüeñas. No pasa nada. Conviven perfectamente.
Belamendia habla de las zanquilargas como una especie cultural que ha sabido colonizar el ecosistema más adverso del planeta: el ser humano. Su dominio de nuestros humedales es una buena noticia. Una paradoja. No todo está perdido. Orenin es un ejemplo de adaptación, de crecimiento. Ellas son un símbolo de esperanza y de futuro.
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