Ekain es una cueva pequeña y su réplica, lógicamente, también. No esperes encontrar aquí los impresionantes bisontes de Altamira ni los terribles toros de Lascaux, aunque el arte, como bien es sabido, no es cuestión de tamaño. Estamos ante uno de los santuarios del arte rupestre, una de las grutas donde el hombre empezó a pintar no se sabe aún muy bien por qué. En la sima guipuzcoana mandan los caballos –el conjunto de caballos más perfecto del Cuaternario– , y los anónimos artistas pintaron además una treintena de osos, algún ciervo, bisontes, cabras e incluso un pez, animales que salvo unos cuantos afortunados nadie ha visto, pues el acceso a la cavidad ha estado vedado al público. Por eso la réplica engancha, como si la imaginación fuera capaz de alimentar el ensueño de que no estamos ante una obra moderna, sino ante la mano mágica de los seres humanos que habitaron la comarca de Deba y Zestoa hace unos 13.000 años.
Porque ése es uno de los grandes alicientes de Ekainberri: está situada a 500 metros de la boca de la cueva original, un repliegue que, si no fuera por la reja que impide el paso, quedaría desapercibido. Allí, en el valle de Sastarrain, ahora ocupado por algunos caseríos, praderas, carreteras y un espantoso tendido eléctrico, moraron durante miles de años hombres y mujeres parecidos a nosotros. El paraje, especialmente hermoso, ayuda a intuir cómo fue su vida, con sus obligaciones, peligros y motivos de alegría.
Un edificio chocante
La aproximación a la réplica invita a pensar en ello. Dejamos el coche en el estacionamiento situado junto a la antigua estación del ferrocarril del Urola en Zestoa, una reliquia que conserva un reloj apedreado a conciencia, y remontando el río llegamos hasta el puente, donde comienza la parte grata del sendero. Desde el parking son 800 metros de paseo sinuoso, donde nos esperan tres sorpresas. La primera, descubrir el antiguo tendido ferroviario, con los postes que sostenían la catenaria. Si lo seguimos río arriba, en unos minutos llegaremos al vetusto balneario.
El segundo motivo de asombro es el palacio Lili, del siglo XV, que pide cuidados a gritos. Estaba previsto acondicionarlo como museo de prehistoria vinculado a Ekain, pero el proyecto se congeló y el tiempo corre contra la mansión. La tercera sorpresa es el edificio que alberga la réplica, una construcción semienterrada de acero y hormigón que choca con el paisaje y el bucólico escenario de campas, bosques y un arroyo cantarín.
Prescindiendo de la impactante presencia del inmueble, sólo resta sumergirse en la silenciosa oscuridad de la neocueva, rota únicamente por el goteo del agua que nos acompañará durante el recorrido. A lo largo de al menos media hora, el visitante tendrá ocasión de atravesar dos veces un pasillo flanqueado por paneles: la primera vez caminará solo, en silencio, tratando de descubrir las figuras; en la segunda incursión, un guía confirmará lo que hemos visto, mostrará los sorprendentes misterios de la cueva y pondrá en evidencia las mil dudas que asaltan a los expertos.
Pero no es cuestión de destripar los enigmas de Ekain, así que conviene animar el espíritu curioso de quienes decidan acudir con afán de preguntar. ¿Por qué pintaban? ¿Por qué elegían los rincones menos accesibles para dar rienda suelta a su innegable talento? ¿Cómo es posible semejante perfección? ¿Dónde hacían sus pruebas?
«Existen muchas teorías, prueba evidente de que tenemos pocas certezas», afirma Jesús Altuna, quien a finales de los 60 investigó la cueva junto con el infatigable José Miguel Barandiaran y veló para evitar el pernicioso trasiego de visitantes que tanto daño ha hecho a las cuevas con más rico patrimonio rupestre. «Los cerebros fosilizan; las ideas, no» , resume Altuna para resumir cuánto patrimonio intelectual hemos perdido con el paso del tiempo.
La réplica ofrece también un interesante recorrido por el arte prehistórico en el País Vasco, que junto con el resto del Cantábrico ha merecido el título de Patrimonio de la Humanidad. De hecho, a pocos kilómetros de Ekain se abre la gruta de Altxerri (Aia), con su despliegue de bisontes (hay uno de tres metros de longitud), ciervos, cabras..., que fue descubierta de forma casual mientras se dinamitaban las paredes de una cantera, y que sólo podremos conocer en libros o en Internet. Y junto a la ya clausurada Santimamiñe (Korte zubi), Venta Laperra (Carranza) o Isturitz (País vascofrancés) nos retrata tal y como éramos hace miles de años.