Esta la historia de una visita fugaz. Transcurre en La Rioja. Narra las peripecias de un afamado director que rodó un documental. Su nombre es Fernando Colomo. Se presentó en Logroño un buen día de septiembre. Contaba con un actor, Diego Martín, y tres guías locales que luego serán presentados. Siete días después se marchó. Ya era tarde. Llevaba consigo la impronta de esa tierra que, dicen, tiene nombre de vino.
Picasso tiene parte de culpa. Todo comenzó en Briones, en el Museo de la Cultura del Vino, a la vera de un grabado del maestro malagueño. Atesora una botella y un racimo vistos desde mil perspectivas. El hallazgo es la guinda de un recorrido milenario hilvanado por el vino. «Impresionante». Colomo no se anda con requiebros. «Una verdadera joya: arte clásico, útiles, cerámica, pintura, también un Sorolla…».
Este museo fue el punto de partida del itinerario. Lorenzo Cañas, ilustre cocinero riojano, ejerció de guía. Conviene aclarar que el director no había pisado nunca la región, pero no era ajeno en absoluto al arte de la vid. «Mi abuelo era vinatero en Navalcarnero». El antecedente acrecienta el contraste detectado a las puertas de las bodegas Darien.
La explicación es bien sencilla. «Siempre he asociado la elaboración del vino a las telarañas y, de repente, llegas y ves todo impoluto. Piensas entonces que han llegado los tiempos modernos». No anda equivocado. Estas bodegas logroñesas, diseñadas por el arquitecto Jesús Marino Pascual, fueron inauguradas hace apenas dos años. La fábrica, aristada, blanca, poliédrica, angulosa, emerge de entre los viñedos. «A pesar de ser muy moderna, queda integrada en el entorno. Los volúmenes son orgánicos, más que otros firmados por arquitectos chiripitifláuticos». La bodega moderna antecede a una centenaria. Colomo se dirige a Ollauri, a los calados tradicionales, excavados en roca, de Paternina Conde de los Andes. Prueba allí un blanco anterior a la Primera Guerra Mundial.
El ambiente coincide con sus recuerdos vinateros. «Hay millones de botellas cubiertas por micelio (un hongo): visualmente es muy atractivo». Colomo no se dice experto, sí iniciado en lides vinícolas. No en vano su estancia riojana incluyó un par de cursos de cata. «Ahora sé qué significa eso de que no te la den con queso. ¿Sabes? Cuando un vino no era muy allá, te ponían un buen trozo de queso. Como ambos maridan muy bien, el vino parecía mejor de lo que era».
Los 10.000 libros de Yuso
Concluye aquí la fase teórica del recorrido. El director se pone manos a la obra. Probará las mieles de la vendimia. Ocurre en los viñedos del Hotel Villa de Ábalos. Concluida la jornada, los racimos serán dispuestos sobre el lagar para que director y actor conviertan la uva en mosto con el ímpetu de sus pies. «Ha sido un verdadero desquite. Yo había visto pisar la uva a mi abuelo, pero no me dejaba hacerlo, ¡era una cosa muy seria!».
Un globo aerostático pondrá punto final al tercio vinícola. No es fácil imaginar a pie de calle el parcheado multicolor que compone la superficie riojana y Haro en concreto. Aquí, a una altura considerable, concluye el itinerario de Lorenzo Cañas. Entra en escena Francisco José Suárez, párroco de Santo Domingo.
La ciudad, por cierto, celebra el noveno centenario de su fundación. Paco, no podía ser de otra manera, inicia este recorrido cultural a la vera del fundador: Santo Domingo de la Calzada. El ambiente catedralicio es singular. Un gallo, referencia permanente al milagro más famoso de la Edad Media, canta sin pudor cuando siente necesidad. La ruta continúa en San Millán de la Cogolla. Concretamente, en la biblioteca del monasterio de Yuso. «Tiene más de 10.000 volúmenes de todas las épocas. Me recordaba la novela ‘El nombre de la rosa’. Me sorprendió la profesionalidad de los monjes». La sorpresa literaria prologa la visita a Nájera. El equipo accede a un monasterio nacido en torno a la cueva en la que el rey encontró una imagen mariana. «Nos encantó el claustro. No sé qué pasó. Nos sentamos y se fue el tiempo». Una vez más, la agitación sucede al sosiego, no hay tiempo que perder. El director se dirige a Anguiano. Son las fiestas de Gracias. Los danzadores descenderán la cuesta sobre sus zancos. «Un espectáculo. Yo iba con un vecino y grababa hasta que él me retiraba al paso del danzante».
Concluye aquí el itinerario cultural y toma el relevo el presidente de la Asociación de Turismo Deportivo, Agustín Sáenz-Torre, más conocido como Piru. El destino es el robledal de El Ollano, término de Villanueva de Cameros. «Un lugar idílico para caminar y disfrutar de la naturaleza». Si se presta atención, dice el director, los sonidos naturales configuran un concierto a la altura del compositor Bela Bartok.
El parque de aventuras de Lumbreras y las huellas de los dinosaurios de Enciso completan el itinerario. El tiempo se esfuma. Habían pasado siete días. Las cámaras atesoraban el embrión del documental ‘La tierra con nombre de vino’. El director partió con mil recuerdos y un propósito: «Estoy deseando encontrar una historia sobre el vino. La ubicaré en La Rioja y llamaré a mis amigos Lorenzo, Paco y Piru».