Una bandada de avefrías sobrevuela la marisma de San Cristóbal anunciando que pronto llegará la primavera. A lo lejos, se escuchan los rumores de un pájaro carpintero que cincela con el pico el tronco de un árbol para atraer a su hembra. Las primeras abejas de la temporada acaban de nacer y revolotean sobre los sauces, que poco a poco vuelven a poblarse de hojas. A partir de marzo, la Reserva de Urdaibai, uno de los mayores paraísos de aves de Europa, se convierte en un mosaico de vida y color, que nos invita a descubrir muchos de los secretos mejor guardados de la Naturaleza. No hace falta ser un experto para disfrutar de estas pequeñas escenas, basta con apuntarse a los itinerarios guiados que el Centro de la Biodiversidad-Torre Madariaga organiza los sábados.
La ruta es apta para todas las edades y enseña a distinguir a las aves que han hecho de este paraje su área de descanso, junto con aquellas otras que lo han elegido como su lugar fijo de residencia; a entender cómo funcionan las mareas y a conocer mejor la historia de este rinconcito del Cantábrico, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1984.
Prados y caseríos
El itinerario arranca en la Torre, situada sobre un promontorio desde el que se divisan las figuras que dibujan el mar y la tierra al unirse en la desembocadura del río Oka, con la playa de Laida al fondo. Para llegar hasta abajo, caminamos unos dos kilómetros entre prados y caseríos hasta la vieja estación de tren de San Cristóbal. Al cruzar las vías, dejamos atrás la civilización y nos acercamos a un pequeño afluente del Oka, donde habita una pareja de martín pescador. El macho está posado sobre un palito esperando a que llegue algún pececillo que echarse a la boca, pero al vernos emprende el vuelo asustado.
A continuación, nos adentramos en un extenso paraje de arena, resultado de un dragado que el hombre hizo hace décadas, pero que lentamente ha ido repoblándose de vegetación. A lo largo del paseo, aprendemos a diferenciar los dos tipos de plantas invasoras que se han hecho fuertes en estos humedales frente a las autóctonas zarzas, juncos espinosos, tamarindos o carrizos.
Un penetrante olor a salitre nos anuncia que hemos llegado a la marisma. Con un poco de suerte, podremos ver cazando al halcón peregrino, el ave rapaz más veloz que existe, o al águila pescadora. En otros tiempos habitó aquí, pero ahora sólo viene de visita. También es posible encontrar espátulas, llamadas así por la forma de su pico, diferentes clases de patos, gaviotas, cormoranes, cuervos, garzas, chorlitejos o los pequeños carricerines, en retroceso desde que los carrizales donde viven están de capa caída. De un tiempo a esta parte, también se han instalado tres cisnes negros de origen australiano. Se cree que debieron escapar de algún parque de ciudad para vivir en libertad.
Aún tenemos tiempo de observar la huella dejada por la mano del hombre. Antiguamente, los agricultores construían unos muretes para ganar terreno al mar y plantar trigo y maíz. También quedan restos de una vieja ostrera, donde se cultivaban ricos moluscos. De vuelta a la Torre, la visitamos por dentro y subimos al mirador. Desde allí, le echamos un último vistazo a la marisma. Ahora la marea está alta y el paisaje ha cambiado por completo. Con esta última imagen en la retina, emprendemos el vuelo a casa como las avefrías que nos anuncian la primavera.