
El monitor Aure Medina da instrucciones a la periodista Iratxe López./ Pedro Urresti

Ría de Bilbao Por el cauce del Nervión, pasa por El Arenal, Guggenheim, Deusto y Zorrozaurre. Otra perspectiva de Bilbao. (2 horas. 22 €)..

Gorliz-Isla Villano Desde la rampa de Astondo, paseo junto a la costa para ver, además de calas salvajes, el cabo, el faro y la isla. (3 horas. 32 €)..

Getxo-El Abra-La Galea Una visión alternativa del puerto deportivo y los acantilados que salpican la línea de la costa. (2 horas. 22 €).

Bakio-San Juan de Gaztelugatxe Desde la playa de Bakio, bordea San Juan de Gaztelugatxe. Se ve el islote de Aketxe y el cabo de Matxitxako. (3 horas. 32 €).

Bermeo-Mundaka-Izaro Para contemplar la isla de Izaro y la desembocadura de la Reserva del Urdaibai desde el agua. (3 horas. 32 €).

Lekeitio-Isla de Garraitz Sale de la playa de Isuntza, bordea la isla de Garraitz y entra por el Lea hasta el Palacio de Zubieta. (3 horas. 32 €).
Las rutas
Rutas en kayak
Biz.Kayaks Natura (Vizcaya)
Precio Adultos: 22 a 32 €. Niños: 10 €.:
Duración: 2 a 3 horas.
Alquiler (sin rutas): kayak 1 plaza medio día 25 €, día completo 35 €. Kayak 2 plazas medio día 35 €, día completo 50 €. Suplemento recogida y transporte 30 €.
Información: 600351360.
Lo primero que te preguntas al ver un kayak es ¿volcará fácilmente? Caerse al mar en esta época del año no es algo que apetezca, por mucho que una quiera vivir aventuras. Por eso, cuando me estreno posando el pie en la piragua y compruebo que resulta bastante estable, los músculos del cuerpo se me relajan. Son las cinco y media de la tarde de un día de finales de febrero. He quedado en Plentzia con Aure Medina, instructor de Biz.Kayaks & Natura, para hacer una de sus rutas –desde Gorliz a la Isla de Villano-, pero un manto de niebla domina la costa, por eso debemos conformarnos con ajustar el paseo a la ría de Butrón. Hace unos minutos he sido devorada por un traje de neopreno y, al pie del embarcadero, a punto de sentarme en el kayak, planteo el segundo problema: nadie caerá, vale, pero ¿y mojarse? A cuestiones obvias, respuestas evidentes. Antes de subir la segunda pierna a la embarcación ya tengo el pie calado y, en cuanto me sitúo, el agua se deja sentir bajo mi cuerpo. ¡Qué importa!, pienso, luce el sol y la ría está hermosa… más tarde habrá tiempo de secarse.
«Coloca la espalda recta y aprieta el abdominal», son las dos primeras normas que recibo. Después aprendo a coger el remo, a dar correctamente la palada ‘et violà’, aquello comienza a moverse. Los neófitos en una disciplina suelen disfrutar la novedad como niños, al menos yo lo hago desde el primer minuto. El mundo visto desde la ría ofrece otra perspectiva; la carretera por la que un momento antes circulaban los automóviles desaparece de la vista y el paisaje de la ribera, con su vegetación asomándose al agua, consigue crear la ilusión de haber sido trasladado a otro lugar donde la civilización se convierte en un rumor lejano. «Esas burbujas las producen navajas y almejas», Aure se encarga de que no pierda detalle, «por esta zona vuelan cormoranes, garzas reales, gaviotas y patos salvajes, incluso, de vez en cuando, águilas pescadoras». Uno de sus objetivos es acercar la naturaleza a los participantes; también explica conceptos básicos de navegación: cómo funciona una brújula, qué es una carta naútica, cómo leer tablas de mareas… Organiza seis rutas que recorren la costa vizcaína de oeste a este, travesías pensadas para quien busque una alternativa de ocio distinta, en las que el único requisito es saber nadar y llevar ropa térmica -en caso de que sea invierno-. «Pueden animarse personas de cualquier edad, padres con niños, grupos de empresa, incluso he guiado a cuadrillas que celebraban despedidas». Sobre el trayecto establecido se admiten cambios ‘a la carta’, dependiendo de la forma física de cada cual.
Tras las aclaraciones seguimos remando al unísono, hasta que decide aumentar la velocidad y no puedo seguirle el ritmo. «¡Hunde bien el remo!», advierte. Lo intento de nuevo e imito su palada, es divertido y emocionante. El kayak se balancea y el agua salpica, pero eso ya no me preocupa. Intuyo las agujetas que dejarán tres horas de travesía a quienes completen el recorrido; que el tiempo no nos sonría tal vez sea bueno para mis brazos. Aún así, me habría gustado salir al mar, por eso le pido que cuente lo que me he perdido.
«Es un bonito paseo desde el que se ven las olas romper contra el litoral, calas de cantos rodados, el Cabo de Villano con su faro vanguardista y la isla de mismo nombre, una roca inhóspita con forma de dragón». Su resumen me hace añorar unas agujetas que, esta vez, la bruma no me dejará sentir, por eso decido que volveré otro día, un día tranquilo, sin preguntas que necesiten respuesta, para admirar la costa desde el otro lado, con el Cantábrico bajo los pies en vez de tierra firme. Después de todo, el traje de neopreno tampoco sienta tan mal.