
Mozos de cuadra
Víctor Romea, Alexandre Rodríguez y Ricardo Figueroa son los mozos de cuadra de José Luis Salas, soberbio preparador de campeones (185 victorias en Lasarte, a recordar tantas y tan bellas de Primer Amor y Akelarre) que en temporada aloja a sus pura sangre en la casa Bugati Alde, hotel cuatro estrellas para caballos de oro.
«Despertamos pronto, con el rocío. Tenemos que hacerles la higiene debida. Alimentarles un poco y bajarles al hipódromo a que trabajen. Un caballo trabaja hasta el último día antes de la carrera. A distintos ritmos e intensidades, pero trabaja siempre. Subimos cuando comienza a pegar el calor. Sus boxes deben estar impecables. La comida, fresca, la cama confortable. A unos hay que aplicarles greda (arcilla) en las patas para reducir la tensión y el calor. Otros no están aquí para competir sino de veraneo, pero también han de trabajar. Hay potros ansiosos de salir a pista, alguna yegua llena que podrá correr hasta el cuarto mes de gestación y un caballo que pronto se retirará para semental».
Dos citas casi sagradas
La Salve
Lo dijimos en 2008 y lo repetimos: el 14 de agosto hay que cantar la Salve en la Basílica de Santa María, refugio de la virgen que patronea esta ciudad: la del Coro. No se preocupen si les cuentan que Franco asistía bajo palio a dicha celebración. Pasan los dictadores, cambian los cabildos y el pueblo canta aún «Agur Jesusen Ama, Birjina maitea. Agur pekatarion kai eta aterpea». ¿Necesario ser creyente? En absoluto. Basta con recordar que, según Voltaire, somos un pueblo que baila y canta en los Pirineos.
Los fuegos
Es otra liturgia a la que los donostiarras se aferran obstinadamente año tras año. Como forasteros dóciles, pueden dejarse arrastrar por la corriente humana hasta la playa de La Concha, pero La Zurriola o Igeldo les brindarán perspectivas igual de satisfactorias. Y mucho ojo: la ceremonia no acaba con el último cohete, porque el ritual easonense impone rematar la velada con un rico helado.
Para comer
Restaurante Dana Ona. Lo entendemos: puestos a pasar la tarde en las carreras, tienta ir a comer en el restaurante de Martín Berasategui. Pero no compartimos la idea. Si uno va a los caballos, come en el Dana Ona, que se encuentra pre-ci-sa-men-te en el Camino del Hipódromo. La cocina de toda la vida y los bocados eternos de buen chorizo casero cocido. En invierno, caldo exquisito. El 15 de agosto: terraza casi al lado de las taquillas del hipódromo. 943 365 347.
Restaurante Alberro. Situado en uno de los altos más frondosos de la ciudad, Zorroaga, nada lejos de lugares tan imprescindibles en un 15 de agosto como la plaza de toros y el estadio de Anoeta. Patroneado por un cocinero murciano, capaz de preparar de encargo los arroces más de huerta, montaña y mar, tiene un cocinero italiano, Luigi, que ofrece como picoteo las más gloriosas patatas chips en varios años luz a la redonda, festoneadas con surcos de magnífico alioli. 943 468 807.
Fuegos artificiales, conciertos, helados de tutti fruti y paseos por la bahía en catamarán. Aparte de unas cuantas corridas de toros vital y taurinamente superadas por la Feria que se desarrolla desde hoy mismo en Bayona, al otro lado del Bidasoa. Este viernes ya está José Tomás allá y cientos de aficionados se desplazan desde París, Madrid o Sevilla a la plaza más exquisita del Atlántico.
Nosotros a lo nuestro. Y lo nuestro esta Semana Grande donostiarra es ir a los caballos, tradición, afición, pasión que hunde sus raíces en un pasado glorioso que nos hace retroceder en el tiempo hasta los siglos XIX y XX y recordar nombres de caballos, jockeys, preparadores y cuadras amados por todos.
Carreras de caballos. Una tarde en el hipódromo. Una emoción que no se parece en nada a nada. Un universo cuajado de referencias, tejido en la leyenda, rematado en los colores de las chaquetillas de los jinetes, regado por el gin tonic que se toma después de la tercera carrera, iluminado por el sudor que baña el lomo, los flancos de criaturas tan hermosas como Farfallu, como Barnaby, como Primer Amor, como tantos otros caballos que son historia, mito y realidad.
El hipódromo hoy, corrección política impone, se dice oficialmente ‘de San Sebastián’ por problemas de lindes entre los municipios de Lasarte-Oria, Zubieta y Donostia, pero cualquier aficionado cabal sigue hablando del hipódromo de Lasarte porque así le llamábamos cuando empezamos a apostar a ganador o colocado, a hacer triples y gemelas, a estudiarnos las posibilidades de cada caballo en cada recorrido. A aprender, porque eso también se aprende, que el de Lasarte es un hipódromo diabólico por sus tremendas curvas (vestigio de cuando era un circuito para grandes premios automovilísticos en los felices años 20), porque se corre a la mano contraria y acaba cuesta abajo.
Lasarte ha sido siempre Lasarte. Como Epsom es Epsom; Deauville, Deauville y Ascot, Ascot. Una tarde en los caballos, en los caballos en Lasarte durante la Semana Grande es incluso estremecedora. Magníficas yeguas. Potros que reciben su bautismo de fuego. Caballos que tras lograr todos los entorchados de campeón se retirarán como sementales para crear árboles genealógicos que los mejores aficionados conocen como otros recitan las alineaciones del Athletic de los años 60, del Real Madrid de Gento o de la Real de Zamora. No es lo mismo, por ejemplo,ser hijo de Poliglote y Ferme la Porte como es el caso de Madrugar, que de Cape Cross, Arcange d’Or o Catcher in the Rye, cuyos herederos se venderán en magnífica subasta el 4 de septiembre en la noble Dehesa Milagro, Navarra.
Rituales y emociones
Ir al hipódromo en Semana Grande es una experiencia única llena de rituales y emociones. La Copa de Oro del día 15 es la cumbre, pero tampoco hay por qué despreciar las carreras del domingo 9. Se corre por ejemplo el Gran Premio Kutxa, para yeguas buenas, muy buenas, capaces de darlo todo en dos curvas. El jueves 13 de agosto se disputa el Criterio Nacional, soberbio test para los potros que pueden marcar el panorama español del futuro.
Una tarde en los caballos. O más. Porque hasta 24 caballos estaban preinscritos para la Copa de Oro, un premio ansiado por todo el mundo del galope. Hay otros con mayor dotación económica pero el trofeo en sí, de oro puro y verdadero, es la aspiración máxima de los propietarios y los jockeys de criaturas como Faramir, Young Tiger, Audaz o Grey Soldier, hijo de una hermana de dos grandes triunfadoras de antaño, Persian Ruler y Kashwan.
La Copa de Oro es una carrera de 2.400 metros para caballos de más de tres años, dotada con 40.000 euros. La Copa de Oro hace que el hipódromo se emocione, se exalte, se llene, sea una fiesta, una gala, un prodigio. Acuden autobuses de aficionados madrileños. Acuden preparadores de toda Francia. Acudirá todo el mundo que no esté a esas horas en Illumbe viendo a los victorinos, a El Fundi, Padilla o Diego Urdiales o no espere conocer cómo las gastan Cristiano, Benzema y Granero en el partido del Centenario que en Anoeta enfrentará al Real Madrid con la Real Sociedad de Martín Lasarte.
Mejor apostar
Al hipódromo se llega en los autobuses verdes que salen de la Plaza Gipuzkoa de Donostia. O con el ramal especial de ese trencito de cercanías que es El Topo, cuya estación principal está en la Plaza Easo. A Lasarte se puede llegar hasta a pie, por los collados que empiezan en la ermita del Ángel de la Guardia. Pero a pie se suele ir a otra cita clásica del hipódromo: el Cross Internacional que se celebra el último domingo de enero.
A la Copa de Oro se va con prismáticos y con un par de revistas especializadas debajo del brazo. No para aparentar sino para hacer cruces imposibles de apuestas y sueños. Para regocijarse con la presencia en el Criterium Nacional de un puñado de caballos preparados por una dama que despunta y se luce como ella sola: Ana Imaz presenta a Dream Café, High Domino y Non Nono, ganadores de buenas carreras en Francia.
A la Copa de Oro se va a cumplir con los ritos. Se apuesta. Porque una carrera no se ve igual si tienes un favorito , si has puesto tu esperanza y tu bolsa en Tsarabi o en Sarasate. Se va a ver evolucionar a los caballos en el paddock. Es allá donde se exhiben ante el público que los adora, los juzga, toma apuntes y discute. Y ellos se saben adorados y debatidos. Y se crecen. Se embellecen. A la Copa de Oro se va porque hay pocas cosas más hermosas que una tarde en el hipódromo. Ni unos fuegos de artificio. Acaso ni siquiera un toro cárdeno. Ni un gol de Ronaldo. Nada como verles galopar y saber que se sienten reyes. O reinas. Y tú, también.