No hay tiempo para aburrirse en Valencia ni gente que se lo vaya a permitir. Y el buen clima siempre acompaña. Si hay un símbolo que ha recorrido el mundo en los últimos años es la Ciudad de las Artes y de las Ciencias, pero hay también hay vida más allá del impontente complejo de Calatrava. La celebración el próximo 13 de mayo en Mestalla de la final de la Copa del Rey es la excusa perfecta para conocer una metrópoli tan cosmopolita como tradicional.
Una propuesta para aprovechar el viaje es dejarse llevar por el antiguo cauce del Turia, un pulmón verde de 230 hectáreas que cruza la ciudad y que se convirtió en jardín en 1957 después de que el río se desbordase. Áreas deportivas e infantiles y una gran variedad de árboles conforman este trayecto que arranca en el Parque de Cabecera, a pocos metros del Bioparc, parada imprescindible para los amantes de la naturaleza con más de 4.000 animales que hará las delicias de los más pequeños. Aquí montará el Athletic la zona festiva rojiblanca con txoznas y pantallas gigantes.
Caminando por el cauce se cruzará con los 18 puentes que lo sobrevuelan: además de los cuatro de Calatrava, otros más antiguos como el Real, el de San José o el de los Serranos, que sirve de entrada al centro histórico, el barrio del Carmen. Allí el laberinto de la antigua morería y algunos palacios renovados se dan de bruces con solares y casas en ruinas. En esta diversidad reside el encanto de un entramado de vías que depara sorpresas como el Convento del Carmen, el Almudían o la bellísima calle Caballeros, en la que cada edificio es un deleite. En el número 20 está instalado el museo L’iber, que acoge la mayor colección de soldaditos de plomo del mundo. La rúa desemboca en la plaza de la Virgen, en cuyas terrazas da gusto disfrutar de una bebida mientras se contempla la arquitectura de los Desamparados y de la catedral.
De regreso al cauce del Turia se deben planificar paradas en los museos (el IVAM y el San Pío V) y en monumentos relevantes como la Casa de las Rocas, donde Almodóvar rodó ‘La mala educación’; el Palacio de la Exposición o el Palau de la Música. El recorrido termina en la Ciudad de las Ciencias.
Después de tanto monumento, diríjase a la calle de la Paz y continúe por Poeta Querol (no se deje cegar por la fachada rococó del Palacio Marqués de Dos Aguas) para tomar un buen café o una cerveza fresca en la cercana plaza del Patriarca (allí está la Guinnes House al más puro estilo irlandés) o en el Mercado de Colón, joya modernista en el que se han instalado restaurantes, cafeterías, floristerías y otros comercios.
Tarta de chocolate de Xirgu
Siempre eufóricos, habrá que hacer un hueco para una buena comida y un plan de copas, dependiendo de la gastronomía que quiera disfrutar, del tipo de música que escuche o de la clase de gente con la que se rodea. Los más alternativos se refugiarán en el Carmen, donde las tapas más exclusivas se dispensan en Ocho y Medio (plaza Lope de Vega) o en La Tacita de Plata (Blanquerías, 12). Los montaditos económicos se sirven en La Bodeguita del Gato (plaza del Negrito) o en el Bar Pilar (Moro Zeit, 13), un establecimiento de los años 50 en el que es pecado no pedir las clóchinas. Quienes tengan morriña por los pintxos vascos harán parada en el Sagardi (San Vicente Ferrer, 6) y para los que opten por locales más modernos, está de moda Pepita Pulgarcita (Caballeros, 19). Sea como sea nadie se puede ir del barrio sin probar la tarta de chocolate de la Xirgu (Borja, 4) y un té en Mata Hari (Portal de Valldigna, 9). En el Carmen se concentra el mayor número de bares de la ciudad, pero la primera copa siempre hay que tomarla en el Lisboa, detrás de La Lonja, y la última, en el Túrmix (Doctor Chiarri, 8)
Artistas, gente joven e inmigrantes han reinventado el barrio Ruzafa. Ambiente minimalista y buen gusto reina en los restaurantes Cadiz 70, Lluerna (Sueca, 47) y Maridaje (Sevilla, 27), de donde se sale con el estomago lleno, sin el bolsillo herido y con ganas de seguir de fiesta en Tocado (Cádiz, 44), Backstage (Literato Azorín, 1) o en el Chastón (Sueca, 63), decorado por la ex Equipo Límite, Cuqui Guillén.
Quienes gocen de una economía razonablemente buena pueden darse el lujo de reservar en Morgado (Doña Germana, 4) o Torrijos (Sumsi 4), entre la plaza Cánovas y la Gran Vía Marqués del Turia. Las cuentas harán que a más de uno se le caiga el cocodrilo del susto, por lo que se es aconsejable tener en cuenta locales más moderados como Riff (Conde Altea 18) o Fudd (Joaquín Costa, 27). En esta zona se hallan dos de las discotecas con más fama de la ciudad, Las Ánimas (Pizarro, 31) e Ishaya (Marqués del Turia, 23), exclusivo local, con música funky y house, que debe su nombre a una meditación trascendental.
Los estudiantes se reúnen en el barrio de Benimaclet y por las plazas del Cedro y Honduras, los adolescentes pueblan la zona de Xúquer, mientras que los treinteañeros acuden a Juan Llorens, hasta donde se ha trasladado el M Club (con conciertos de rock y DJs de altura). En los alrededores del estadio del Mestalla tampoco escasean las opciones. En la avenida de Aragón se aglutinan pubs como Ópera o Coartada; en Polo y Peyrolón está el Tucán (que ofrece hasta clases de baile) y, en el paseo de la Alameda, destaca el popular Café Valencia.
Comer en una cama
¿Una cena exótica antes de entrar al fútbol? Deguste una feijoada en O Rei da Caipirinha, el brasileño en la calle Vicente Sancho Tello, 7, o pídale a Juan un cous-cous agridulce de pollo en Dukala, un viaje a Marruecos en pleno centro de Valencia (Sanchis Bergón, 27). ¿Busca algo más rompedor? Sustituya la mesa por una cama, que es donde se sirve la comida en Laydown (en el Mercado de Fuencarral). Si el cuerpo aguanta vale la pena acercarse a discotecas como Murray (música alternativa en Blasco Ibáñez 111), Betty Boop (en la plaza de la Legión 13 para los que añoran los 80) o MyA (ambiente VIP bajo la zona ajardinada de la Ciudad de las Ciencias).
Ningún recorrido por Valencia puede terminar sin pisar la playa, en donde el olor a un buen arroz se siente desde que se pone un pie en el paseo de la Malvarrosa. Acuda a la Marcelina, excelentemente dirigido por el Humprey Bogart valenciano, Pedro Castellanos, que le aconsejará que pida un arroz del senyoret y de postre, Naranja a la Marcelina. Cuando acabe deambule por el edificio Veles y Vents y goce de un refrigerio en el 39 27N con inmejorables vistas al mar.