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El director de la revista Zurgai nos guía por el Bilbao de Aresti, Otero...
13.10.08 -

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Semana de la Poesía (Bilbao). La ruta del verso
«No quiera Dios que pongan mi nombre a una calle de Bilbao, / (No quiero que un barbero borracho pueda decir: / Yo vivo en Aresti con la cuñada / vieja de mi hermano. Ya sabes. Con la coja)». Gabriel Aresti (1933-1975) dejó escrito este deseo pero, a su pesar, su nombre puede leerse en una de las avenidas de la villa, en pleno centro de Txurdinaga. Tal vez la petición sólo formara parte de un ejercicio literario. Se presupone que cualquier hijo del Botxo anhelaría inscribir sus apellidos como mínimo en un callejón, pero es evidente que no todo hijo de vecino puede hacerlo. Para gozar de tan alto privilegio resulta obligatorio aportar cierta trascendencia en algún campo. El poético está cubierto con varios bilbaínos de pro. A las puertas de la Semana de la Poesía, les invitamos a dar un paseo por los rincones más líricos de la ciudad. El poeta local Pablo González de Langarika, director de la revista Zurgai, nos acompaña en este viaje.
Bilbao, ¿eres tú poesía? ¿Inspiraste con tu musa a quienes nacieron de tus entrañas? Tal vez porque el verde es un color evocador varios de nuestros autores dedicaron versos a sus montes, «al Pagasarri o a Artxanda, y también al Parque de Doña Casilda». Precisamente bajo uno de los robles de este pulmón urbano descansa -próximo al Hotel Sheraton- el monolito en recuerdo a Gabriel Aresti, constructor de lenguaje que «amaba a su ciudad». Algunos pasos más abajo, cerca del estanque, el Monumento a las Víctimas del Franquismo se yergue con la rima del ‘Me llamarán’, de Blas de Otero. Y casi enfrente, dentro de una de las plazas aledañas a la que da nombre, el busto de Ramón de Basterra (1888-1928) vigila la calle María Díaz de Haro, perdida la mirada al fondo, con el semblante severo de este diplomático que cantó al paisaje vasco. Tres puntos que inician el recorrido, desde los que partimos a otro núcleo verde, los Jardines de Albia. Hermosos y apacibles, en ellos se rinde culto a Antonio Trueba (1819-1889), cuya estatua permanece eterna para recordar al compositor de cantares. Y de gira aún por los parques, la escultura de Balendín Enbeitia (1906-1986), padre de las escuelas de bertsolarismo, comparte espacio en El Arenal con querubines y hojarasca.
Tertulias
Pero Bilbao se dibuja también en gris, y con ese tono la describió otro de sus grandes, Blas de Otero (1916-1979). «(…) regreso a ti, ciudad maldita y metida en lo más / hondo de mi pecho. / (…) al fondo, cada vez más próxima, / más adusta y oxidada, / más / entrañable, / Bilbao». Para guardar su memoria, además de contar con una calle en Deusto, instalaron el busto que le representa en Egaña. En sus retornos a la villa, el atormentado poeta solía reunirse con Ángela Figuera, poetisa que cede su nombre a una calle de Miribilla: «Lo hacían en Begoña, en el desaparecido chalé del hermano pintor de Ángela, Rafael. Allí acudía la célula del Partido Comunista, escritores y artistas como Gabriel Celaya, José Luis Gallego o Gregorio San Juan».
Lugares donde reunirse hubo varios, algunos escenario aún hoy de tertulias literarias. Uno de los clásicos, el café Boulevard, cerró sus puertas, pero La Granja –Plaza Circular– o el Iruña –Colón de Larreategui– mantienen el aura de la palabra en su ambiente: «Allí siempre coincidieron grupos hablando de poesía o de libros, incluso ahora los hay. Allí y en el antiguo café La Concordia –junto a la Bolsa–, donde podías encontrar en su época a Otero y Aresti acompañados de otros amigos. También en el Txoko Eder –Barrencalle– quedaba Gabriel con José María Muñoz o Ibarrola».
Menos inclinado a los grupos, «si algo le definía era su individualidad», el rastro de Miguel de Unamuno (1864-1936) ha dejado marca por triplicado en la ciudad. Para él reservaron una plaza en el Casco Viejo, el busto levantado en esa misma ubicación y la placa de la calle Ronda, donde tuvo a bien nacer. «Te respiré, Bilbao, y nos sentimos / yo y tu hijo hermanos / en bilbainía. (…) / y al despedirnos, para mí, me dije: / hermanos somos todos los humanos, / el mundo entero es un Bilbao más grande», escribió tras encontrarse con un paisano.
«La poesía ha estado presente en espacios inesperados -recuerda González de Langarika -. A finales de los setenta, los miembros de Poetas por su Pueblo pegábamos poemas en una pared junto al Corte Inglés». Desde entonces, nuevas esculturas como El exorcista -Plaza de Cantalojas-, con versos de Mario Vargas Llosa, o las placas del Muelle de Marzana, llenas de citas, se han añadido a la ciudad, y de la mano de otros autores llueven versos como los de González de Langarika: «Y llueve, llueve, llueve… / sigue lloviendo / sobre las lomas débiles y pardas / sobre un Bilbao enjuto / y desquiciado».

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