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Portsmouth. La capital del mar
¿Que no le interesan los barcos? Eso es porque todavía no ha visitado esta ciudad de gloriosa historia
16.11.07 -

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Portsmouth. La capital del mar
Un joven anda en bicicleta al atardecer frente al South Parade Pier. / Fotos: Mitxel Atrio
El nombre no engaña: Portsmouth no es una ciudad con puerto, sino un puerto que con el tiempo ha ido adquiriendo configuración y usos de ciudad. Durante siglos fue la base más importante de la Armada británica, y los buques de guerra todavía se alinean en el tramo de costa asignado a los militares, pero también desempeñó un papel crucial en el comercio de especias y el tráfico de pasajeros. «Todo el mundo identifica Portsmouth con los barcos. Y eso tiene su parte negativa, porque hay visitantes potenciales que dicen: ‘A mí no me interesan los barcos, así que no voy’», lamenta una responsable de la oficina de turismo. La ciudad quedaría así como coto reservado para los apasionados de la navegación, esa extraña cofradía que distingue babor de estribor, llama cabos a las cuerdas y puede hablar sin inmutarse de los obenques, el as de guía o –con perdón– la verga del juanete.
Pero sería un lamentable error. En realidad, para sacar todo el jugo a la estancia en Portsmouth sólo hace falta aprenderse un término náutico: spinnaker, una vela de regata que ha dado nombre a la Spinnaker Tower, la inconfundible estructura blanca de 170 metros que desde 2005 domina todo el puerto. Es el lugar indicado para iniciar la visita, porque sus tres miradores permiten hacerse una idea de la compleja geografía de la ciudad y su entorno, una desconcertante combinación de islas, penínsulas, estrechos y bahías. La audioguía le desafiará a caminar sobre el suelo de cristal –se siente una agradable punzada de vértigo, o eso aseguran los valientes– y los ventanales panorámicos le permitirán planificar su itinerario posterior.
Y, a estas alturas, no vamos a ponernos originales: lo primero son los barcos. Porque una cosa es sentir una inmensa indiferencia por los yates que abarrotan el puerto deportivo y otra muy distinta, ser inmune a la fascinación que ejercen el ‘Victory’ y el ‘Mary Rose’. El primero es el navío con el que el almirante Nelson lideró la flota británica en Trafalgar, ahora convertido en un museo: se puede recorrer todo su interior, desde la cámara que ocupaba el vicealmirante –no se pierdan el catre de madera diseñado para servir también de ataúd– hasta las bodegas. Los cadetes de la Royal Navy miran con respeto la placa que indica el lugar donde Nelson «cayó» en pleno fragor de Trafalgar, herido de muerte por un disparo francés, y los visitantes vascos deberían reparar en los ‘bilbos’, los cepos para castigar a tripulantes díscolos, que al parecer se llaman así por ser de fabricación vizcaína.
Rosarios ilegales
El ‘Mary Rose’ brinda otro tipo de experiencia. El barco favorito de Enrique VIII se hundió en 1545 a sólo dos kilómetros de Portsmouth. En 1982 se reflotó lo que quedaba de él, que viene a ser la mitad de estribor –esto... la mitad derecha–, una imponente estructura que se rocía constantemente con agua y cera para preservarla. Exhibido detrás de un cristal, en penumbra, envuelto en la neblina de los productos químicos, aparece como un barco fantasma regresado del mundo de los muertos, donde dejó a 400 de sus tripulantes. El vecino museo se dedica a los objetos rescatados del pecio, en un completo repaso a la vida cotidiana en un navío del siglo XVI: hay cañones y arcos de tejo español, pero también bastoncillos de orejas, relojes de sol de pulsera, rosarios –seguramente ilegales ya en aquellos albores del anglicanismo–, dados diminutos para esconderlos con facilidad y lujos propios de oficiales, como vajilla de metal.
El callejeo por Portsmouth acaba, de manera casi inevitable, bordeando el mar. Es obligatorio explorar las fortificaciones de la Ciudad Vieja, haciendo refrescantes escalas en los pubs, y también comprobar por qué Portsmouth se anuncia orgullosamente como el mayor paseo marítimo del mundo. Al atardecer, el recorrido costero por la zona de Southsea hasta el embarcadero de South Parade, con el mar a un lado y el parque al otro, es capaz de recomponer la mente más alterada: deténgase en los memoriales que recuerdan episodios de la Armada –como los 44 tripulantes del ‘Trident’ que murieron de fiebre amarilla en Sierra Leona– y toque la batería antiaérea y el tanque Churchill Crocodrile que adornan el Museo del Día D. Combinados con el rumor del oleaje y el ocasional alboroto de las gaviotas, estos vestigios de guerras del pasado transmiten una paradójica sensación de paz.
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