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PLANES ferry

Desde hace 15 años, para ir de crucero no hace falta bajar al Mediterráneo... ¡Pasajeros, al ferry!
Si en estos 15 años has hecho el viaje en el Ferry Pride Of Bilbao queremos saber qué te pareció. Déjanos tus comentarios
16.11.07 -

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Pride of Bilbao (De Santurtzi a Portsmouth). Al otro lado, Inglaterra
El ferry bordea Portsmouth en su entrada al puerto. / Fotos: Mitxel Atrio
Euskadi tiene gran tradición náutica y los murales alegóricos del pueblo vasco suelen mostrar a curtidos arrantzales, pero las rutas por mar no se miran con la naturalidad que cabría esperar. Los días previos a embarcar, todos los familiares y amigos del viajero parecen ponerse de acuerdo para hacer gracietas sobre temporales y mareos, trufadas de alusiones a ‘La aventura del Poseidón’, ‘Titanic’ y ‘La tormenta perfecta’. ¡En este hatajo de chistosos ha venido a dar la estirpe de Elcano y Churruca! Tanta simpleza merecería que les colgasen por los pulgares sobre una manada de tiburones: más allá de crisis meteorológicas, el ferry que enlaza Bilbao y Portsmouth avanza estable como un edificio de ocho pisos que se hubiese hecho mágicamente a la mar, hasta el punto de que uno puede completar la travesía sin darse cuenta de que está flotando sobre mucha agua.
En realidad, el propio pasajero elige si quiere sentirse marinero o prefiere entretenimientos de tierra firme. En cuanto toma posesión de su camarote y atrasa una hora el reloj –el tiempo en el ‘Pride Of Bilbao’ ya es, a todos los efectos, una estancia en Gran Bretaña–, tiene a su disposición un programa de actividades que habría dejado estupefactos a aquellos navegantes clásicos. Los amantes de los espacios abiertos suelen caer seducidos por la posibilidad de avistar cetáceos: el Golfo de Vizcaya es una región privilegiada para esta actividad, con una treintena de especies que de vez en cuando asoman para darse un respiro, pero localizar a un delfín juguetón o un púdico cachalote obliga a estar muy atento, como jugando al escondi­te... inglés. El biólogo marino Clive Martin adiestra en la paciencia y la observación a los pasajeros, que después escrutan el mar desde la cubierta exterior o, más cómodamente, desde la sala panorámica de proa, sorbiendo mientras tanto algún cóctel del Posh Bar.
Pero, si contemplar la inmensidad color pizarra no va con el ánimo de uno, en el ferry le sobrarán distracciones, desde el complejo de piscina, gimnasio, sauna y jacuzzi hasta la tienda libre de impuestos, la peluquería o la zona de juegos infantiles, pasando por cines y un buen puñado de establecimientos hosteleros. Los prejuicios sobre la comida inglesa se desvanecen ante un sabroso filete de ternera con salsa de vino y queso Stilton del Langan’s Brasserie & Grill, que se puede acompañar con un tinto sudafricano para mayor sensación de cosmopolitismo, pero también hay un bufé, un asiático y nutritivos bocadillos y pasteles de carne en el Café Olivos. Saciado el apetito, llega la hora del Silverstones Show Bar, el enorme pub de popa, que va mutando en bingo, karaoke, sala de conciertos, teatro –con una antología del musical bien cantada en directo– y discoteca como Dios manda, centrada en la impetuosa música negra y en clásicos inmortales del rock.
Eso sí, por muy atractivo que sea el programa, al final la naturaleza siempre acaba ganando. El momento más bello de la travesía llega con la entrada a Ports­mouth, y es una pena que el capitán no esté autorizado para organizar un buen zafarrancho y empujar a todo el mundo hasta la cubierta exterior. Los que optan por apoltronarse abajo se pierden el grandioso espectáculo de entrar por mar hasta el corazón mismo de la ciudad, dominando los edificios y los barcos de guerra de la Royal Navy, con el cabello al viento y un involuntario gesto de navegante que enorgullecería a Churruca.
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