Artikutza es un paraíso natural que debe su existencia a la sed de los donostiarras. En 1919, el Ayuntamiento de San Sebastián compró las 3.686 hectáreas de este paraje, en tierras de Goizueta (Navarra), para asegurarse el suministro de sus aguas cristalinas. En aquel tiempo las laderas de Artikutza estaban peladas a causa de una deforestación brutal, después de siglos de explotación maderera para alimentar las ferrerías y los astilleros. Las minas de hierro, cobre y caolín perforaban las montañas. Y un tren renqueante, cargado de mineral, atravesaba túneles, puentes y planos inclinados. Pero el Ayuntamiento donostiarra clausuró las minas, desmontó el tren, cercó el perímetro de la finca, limitó el acceso y prohibió el ganado para mantener limpias las aguas. Libre de presión, el bosque autóctono fue recuperando terreno y Artikutza se convirtió en un océano forestal, un oleaje de hayas y robles que cubre colinas y hondonadas hasta donde alcanza la vista.
Un sencillo itinerario de tres o cuatro horas desvela los tesoros naturales y los viejos testimonios humanos que se ocultan en esta selva. Desde el caserío de Eskas, entrada de Artikutza, caminamos medio kilómetro por la carretera hasta encontrar un poste de señales que nos envía a la izquierda (Artikutza: 5,2 kms.). Las marcas de pintura blanca y amarilla nos orientan por la espesura de un hayedo a veces seductor y a veces agobiante, un laberinto de miles de troncos que se repiten hasta el vértigo.
La bruma se enreda en los ramajes, filtra los juegos de sombras, destellos y chorros de luz; y entre los claroscuros descubrimos un paraje de rocas empapadas y troncos rebozados de musgo. La humedad satura el aire: estamos en uno de los puntos más lluviosos de la península Ibérica. Dos puentecillos de tablones permiten salvar las aguas impetuosas del arroyo Erroiarri y pronto asistimos a su gran salto: la regata se despeña por un precipicio de cincuenta metros. El estruendo de la cascada atruena en el bosque: la impresión que sentimos al escucharlo ya justifica nuestro paseo.
Hornos y ferrerías
Llegamos al poblado de Artikutza: un puñado de caseríos, el frontón, el palacio de Olajaundi (la antigua casa del dueño de la ferrería) y la ermita de San Agustín. A dos pasos tenemos el embalse de Enobieta, una lámina de agua que resplandece en pleno bosque. Cuesta creerlo: este bosque casi virgen, en el que se refugian corzos, gatos monteses y las semisalvajes vacas betizus, fue durante siglos un núcleo industrial de primer orden. Si continuáramos por la pista que va a Goizueta (11 kms.), descubriríamos los muros de la ferrería de Gozarin, que rondan los siete siglos, el puente de piedra del antiquísimo camino, el horno cilíndrico de Labeeta, algún raíl del viejo tren o las tuberías de piedra que llevaban las aguas a San Sebastián.
Pero en nuestro itinerario de retorno también abundan los vestigios de oficios extinguidos. Salimos del poblado por la carretera y a los pocos metros un poste señala a la derecha el camino del tren minero, que nos devolverá a Eskas (5,8 kms.). Después de una buena subida, otro poste indica un pequeño desvío para contemplar los restos de un edificio de piedra medio devorado por la vegetación: la estación superior de un plano inclinado. Aún se aprecia la tremenda rampa por la cual subían y bajaban los vagones con un sistema de contrapesos.
Volvemos a la ruta, siguiendo el trazado suave del tren, y en el camino contemplamos las hayas trasmochas, con su forma de candelabro, que fueron modeladas por los carboneros. Podaban algunas ramas, dejaban que crecieran otras, y obtenían madera sin talar el árbol. También crecen robles de formas artificiales, desviados con pesos y cuerdas para que los troncos adquirieran formas curvadas, las apropiadas para la construcción de barcos.
En Eskas salimos de nuevo a cielo abierto. Dejamos atrás el eco de mineros, carboneros y madereros, apenas un rumor en el bosque, y cruzamos la valla que protege este edén forestal de Artikutza.