Ya casi no quedan trenes así, con ese sabor a viaje de antes. Subir a los glamourosos vagones del Transcantábrico es la mejor forma de retroceder hasta finales del siglo XIX pero, ¡ojo!, con hidrosauna, turbomasaje, teléfono en todas las habitaciones, acceso a Internet, minibar y el aliciente de sentarte a comer en restaurantes de alto copete. El precio del viaje, 2.600 euros por pesona, no es para menos. Así que no esperes codearte con aventureros mileuristas; tus compañeros de viaje serán gente más bien acomodada, tranquila, amantes de la buena vida.
Han pasado 25 años desde que el tren turístico más veterano de España echara a andar desde La Robla hasta León, recorriendo las vías del mítico ferrocarril hullero que transportaba carbón hasta Vizcaya. Corría julio de 1983 y la idea de transformar viejos coches en un flamante hotel sobre ruedas había surgido sólo cuatro meses antes. En un tiempo récord, lograron restaurar cuatro vagones construidos inicialmente para el metro de Londres, aunque la cifra de coches ha crecido hoy hasta catorce.
Entonces quedó fijada en lo fundamental la ruta que en la actualidad sigue El Transcantábrico, vinculada a dos caminos jacobeos: el del Norte o de la Costa, al borde del mar, y el Francés, por tierras castellanas y leonesas. Durante una semana, este crucero sobre raíles nos traslada en compartimentos-suite (¡que se note el lujo cinco estrellas!) desde Santiago de Compostela hasta León, aunque también cabe la posibilidad de realizar la ruta en sentido opuesto.
El viaje combina la tranquilidad de un trayecto reposado, concebido para disfrutar del camino, con salidas guiadas que permiten conocer mejor las ciudades que se visitan. Desde el impactante Palacio de Botines de León hasta la plaza del Obradoiro, pasando por Frómista, Carrión del los Condes, la neocueva de Altamira, el museo Guggenheim y el santuario de Covadonga.
Antes de arrancar, el revisor sigue llamando a los viajeros con una campanilla al grito ¡viajeros al tren! Con el traqueteo, uno de los mayores alicientes son las maravillosas vistas que se abren ante los ojos del viajero. Verdes por el Cantábrico y ocres por las extensas llanuras de Castilla. Es fácil quedarse absorto con la nariz pegada a la ventanilla. El ambiente cálido, casi familiar, que ofrecen los vagones invita a la charla, a relacionarse con el resto del pasaje, y al mismo tiempo a la soledad, a perderse en la lectura. El atardecer y la hora del desayuno deparan largas conversaciones sobre lo divino y lo humano, sin prisas, al ritmo del tren.
El calendario de actividades es intenso, pero siempre queda tiempo para los paréntesis de intimidad. En los compartimentos-suite (el tren admite 48 viajeros distribuidos en plazas dobles) puede disfrutar de las vistas gracias a un amplio ventanal y darse un relajante baño con hidrosauna y turbomasaje. Todas las habitaciones están equipadas con aire acondicionado, minibar, caja fuerte, armario ropero, escritorio y un teléfono con línea exterior. Que no falte de nada.
Los aficionados a la lectura tienen la oportunidad de redondear el periplo con un buen compañero de viaje: ‘El Transcantábrico’, libro del escritor leonés Juan Pedro Aparicio, que dio nombre al tren e influyó en su creación. Es un magnífico volumen que recorre buena parte de los lugares que va a visitar, con el aliciente de contar con amplio detalle la historia y avatares del ferrocarril hullero desde la estación bilbaína de La Concordia hasta León. Aparicio aporta en su relato una visión personal y llena de encanto de los paisajes, los pasajeros y los trabajadores de la línea. El contrapunto de un tren que la Sociedad Internacional de Viajeros de Ferrocarril ya incluye en su top de los 25, donde comparte espacio con los míticos Shangri-La Express, Blue Train, Palace on Wheels o Royal Scotsman. ¡Qué tiempos!