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Botánico de Santa Catalina (Trespuente-Álava). Ruinas entre las flores
A 12 kilómetros de Vitoria, en el corazón de la sierra Badaya, hay un lugar romántico para observar la llegada de la primavera
16.11.07 -

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Si Gustavo Adolfo Bécquer hubiera conocido el monasterio de Santa Catalina antes que Veruela, le habría dedicado los mismos elogios: «vaguedad misteriosa, perfume de un paraíso distante, indefinible encanto». Sólo los poetas, y bien armados de adjetivos, pueden describir con exactitud esta aislada vaguada de cuatro hectáreas, donde una pintoresca belleza natural se abraza a una historia importante y desconocida que recorre más de siete siglos.
Apunten. Fue casa torre de los Iruña, una de las grandes familias alavesas, monasterio de jerónimos y de agustinos, fortaleza carlista en el XIX y la más escondida ruina romántica hasta hace unos años, cuando fue transformado en jardín botánico.
Tuvo que ser un paisajista, Eduardo Álvarez de Arcaya, el que a mediados de los años noventa comprendiera el potencial del paraje, entonces en un estado lamentable. Se empeñó con la ayuda institucional y consiguió envolver entre plantas, árboles y flores, el misterio de unas piedras que guardaban secretos olvidados. Costó más de cuatro años de trabajos ponerlo en marcha pero se consiguió abrirlo al público en 2003.
Posiblemente habrá pocos lugares en el País Vasco con más magia para recibir la primavera. Miles de flores de plantas autóctonas –más de 400 entre las 1.000 que se pueden disfrutar– y de los cinco continentes dan la bienvenida a la estación. Prímulas, crocus, acacias, narcisos, orquídeas, muestran sus brillantes amarillos, inmaculados blancos, inquietantes violetas, y explosivos rojos.
Santa Catalina no es un museo. Como buen jardín, el paisaje cambia prácticamente cada día. Está vivo. Los crocus, por ejemplo, son tan efímeros que ya habrán desaparecido cuando se editen estas líneas. Por eso cada visita es diferente. Habrá otra flor sugerente, o un árbol milenario como el olivo, retorciéndose en sus arrugas de viejo ; o el fascinante algarrobo; o las hiedras trepadoras de un tamaño descomunal abrazadas a las viejas piedras del convento.
Para comprender cómo en un barranco rodeado de encina carrasca, robles y quejigos se crea un microclima, o mejor tres, se han distribuido las plantas en tres zonas. En la solana, las plantas aromáticas, las viñas, los cactus y vegetales de Nueva Zelanda y Australia. En el fondo de valle, las herbáceas, bambúes, coníferas, acuáticas, rosáceas, azaleas y camelias. Y en la umbría, betuláceas, encinas, aquifoliáceas y caprifoliáceas. Dos climas, atlántico y mediterráneo se dan la mano.
Tesoros ecológicos
Por si las plantas no son lo suficientemente atractivas para el visitante, hay elementos que configuran este paisaje que lo hacen singular. Estamos en la sierra Badaya, uno de esos espacios que sin tener la consideración de parque natural –en su cumbre se han colocado molinos de viento– guarda tesoros ecológicos como sus más de cien simas o sus bosquetes de viejos robles, encinas y hayas, centenarios, sus barrancos secos o sus ríos subterráneos. Esa envoltura le da al parque un valor excepcional.
De entre todas las sensaciones que el visitante se puede llevar del jardín destaca la del mirador. Una escalera de caracol permite subir a la altura de la espadaña de la vieja iglesia. Con ese horizonte de la Llanada alavesa se comprende finalmente por qué la historia se detuvo pronto aquí y se resistió a marcharse. Y cuando se fue nos dejó la belleza de sus ruinas.
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