¿Qué sucede si vives en un valle encantador, rico en setas, situado a media hora de Pamplona y una hora de San Sebastián? Pues que llega el otoño y aquello es la hecatombe. Y todo, por culpa del hongo negro, el legendario ‘onddo beltza’, el ‘boletus aereus’ (incluso el nombre suena bien). Pues a los vecinos del valle de Ultzama, que ya aguantan a duras penas que les llamen los de la Suiza navarra, les caía una invasión de urbanitas en plan exterminador. Armados de botas, GPS e inocentes cestas, recorrían los bosques como atila atravesaba las llanuras. Después de ellos, ni la hierba se atrevía a crecer.
Ante esta situación, el Ayuntamiento, que agrupa a 14 pueblos y aldeas situadas al sur del puerto de Belate, decidió hace un par temporadas regular la presencia de seteros y minimizar la cuota de ‘capturas’. En 2006, año en el que la paciencia de los vecinos superó todos los límites, se contaron hasta 20.000 visitas en una semana. Así que en 2007 Ultzama se convirtió en un gigantesco parque micológico de 50 kilómetros cuadrados en un valle dominado por los robledales y los hayedos (Bilbao, para que se hagan una idea, se extiende en una superficie de 40).
Aquí el roble comparte las llanuras con los prados y el haya reina sin rival en las laderas. A cambio de 5 euros al día o 50 al año, puedes introducirte en el bosque y recoger hasta 8 kilos de setas. Está prohibido que más de dos personas avancen en paralelo, con el fin de evitar que los grupos sólo dejen para los demás las huellas de su paso, así como recolectar ejemplares de menos de cuatro centímetros de diámetro. Ése es el acuerdo. Tú puedes saltártelo a la torera y pasar de permisos o límites, pero recuerda que los guardas que custodian la zona están para ayudarte, pero también para sancionar los excesos.
El pago de la cuota te ofrece, además, una serie de servicios necesarios y, en algunos casos, imprescindibles. El valle pone a tu disposición aparcamientos, señales y un folleto con las características del parque micológico. Pero, sobre todo, a un micólogo que te informa de lo que llevas en la cesta: un placer para los sentidos o el mejor pasaporte para llevarte envenenado a Urgencias.
Una exposición situada en la oficina donde se tramitan los permisos (en el pueblo de Lizaso) te ayuda a distinguir las piezas comestibles: el hongo negro sólo es el rey de una larga corte de setas, que en Ultzama la forman hasta 75 especies. Un ejemplo: el rebozuelo, tan rico, guarda por ejemplo una extraña semejanza con la seta del olivo, muy, pero que muy venenosa.
La temporada de setas en el valle se divide en tres y la primera va desde junio hasta el 15 de septiembre, pero es ahora cuando comienza en serio... si llueve. Porque esto de la naturaleza y sus productos es cualquier cosa menos ciencia. Y este año ha sido irregularmente seco en la zona, con temperaturas a menudo rondando los 40 grados, lo que ha dejado triste y seco el bosque. Pero... tras dos años malos, según reconoce Edurne Gerendiain, una de las responsables del parque, unas lluvias intensas y prolongadas en las próximas semanas cambiarían la situación.
En paz con la naturaleza
Esta forma de regular una afición que empezaba a causar daños en el bien cuidado bosque de Ultzama, ha impulsado también el concepto de turismo micológico y acercado al parque a personas de Cataluña o Andalucía. Un valle idílico en el que también se puede jugar a golf (Club de Ultzama, en Eltso-Gerendiain) o montar a caballo –por cierto, aquí se crían los mejores puras sangre de carreras en la Yeguada de Ultzama–.
En cualquier caso, salvo que seas un auténtico killer de las setas, feliz de exhibir el tamaño... de tu cesta, Ultzama te permite aprender todo sobre una tradición, la de recoger setas, tan antigua como el propio ser humano. Está a tu alcance disfrutar del sabor terroso de los hongos, tan cercano a nuestros propios orígenes, pero, sobre todo, de disfrutar de un buen día de ocio en paz con la naturaleza.