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PLANES. noche de brujas

A dos pasos de Santander, se extiende el Parque Natural de Liencres con playas y calas de película
25.06.09 -

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Costa Quebrada (Cantabria). Un mar de dunas
Ya se sabe que a los vascos nos chiflan las playas de Cantabria y en cuanto salen dos rayos sol allá que vamos todos en tropel. Sin embargo, casi nunca pasamos de Santander y es una pena, porque un poco más allá de esa frontera que nos marcamos a la hora de plantar la sombrilla existe un trozo de costa salpicado de calitas desiertas, playas de arena dorada, inmensas dunas, pinos, prados, abruptos acantilados e islotes en medio del mar.
Este lugar por descubrir se llama Costa Quebrada, entre los municipios de Piélagos y San Cruz de Bezana, a unos 12 kilómetros de la capital. Allí los vientos y el mar se aliaron hace millones de años para construir un paisaje lleno de sorprendentes contrastes en esa lucha inmemorial que mantienen con tierra firme. Como resultado de una de sus largas batalla surgió el Parque Natural de las Dunas de Liencres, el mayor campo dunar de todo el Cantábrico y principal atractivo de la zona, que se extiende por encima de la playa Valdearenas, nuestro primer destino.
Nada más pasar el pueblo de Liencres empieza el espectáculo. En primer lugar nos damos de bruces con un espeso bosque de pinos, plantado en los años 40 por el hombre a modo de trinchera para frenar el poderoso avance de las dunas. Conforme nos vamos adentrando, la sombra de los árboles proporciona una reconfortante sensación de frescor. Un agradable olor a resina y a pino se nos cuela por la nariz, pero poco a poco llegamos a ese pequeño desierto, creado por el viento que arrastra las arenas de las corrientes litorales y del río Pas, y repentinamente notamos que ahora el aroma viene del mar. Los colores también cambian, pasan del verde del bosque al dorado de la arena y, por fin, al azul del Cantábrico. Este singular paisaje ha inspirado a artistas y poetas, como Gerardo Diego, que le dedicó unos versos: «La tristeza de las dunas, que el mar y el viento moldean. La tristeza de las dunas».
Contra el viento
Valdearenas es una playa muy bonita, pero muy ventosa, por lo que muchas veces resulta incómodo estar tumbados como lagartos horas y horas al sol, y hay que buscar otras alternativas, como pasear por la orilla contemplando las lagunas que la marea baja dibuja sobre la arena y las gaviotas que sobrevuelan la costa, deambular por entre las dunas, jugar a las palas o ir en busca de otras calas donde combata menos el viento y podamos estar más tranquilos. Hay tantas cosas que hacer, que no es de extrañar que en sus más de dos kilómetros de extensión se formen pequeñas repúblicas independientes de bañistas de muy diferente condición y pelaje: familias de veraneantes, surferos ávidos de olas, nudistas con alergia a cualquier trozo de textil y cuadrillas de jóvenes que van a ligotear.
Valdearenas llega por el oeste hasta la ría de Mogro, donde desemboca el Pas formando un sinuoso meandro y donde las aguas están más templadas y en calma. Por el este se comunica con Canavalle, centro de reunión de los aficionados al surf y al parapente. Desde Canallave, en dirección a Santander, se suceden una serie de calas pequeñas, como Somocuevas, Cerrias, Portio o La Arnia, por lo general bastante desiertas porque no cuentan con los servicios y comodidades de las playas más concurridas. Todas ellas tienen algo en común que las hace especiales y a la vez distintas a otros enclaves cantábricos. Y es que fruto de esa guerra que los elementos de la naturaleza libran a muerte por estos lares, el mar ha conseguido desgajar de la tierra enormes trozos de rocas que, en forma de abruptos islotes y altas paredes de piedra, se han quedado suspendidos en el agua. Urros, tómbolos, istmos, rasas marinas y plataformas de abrasión, coronadas por un manto de musgo resultado de las fuertes lluvias del invierno, inundan el litoral, embraveciendo las poderosas corrientes, adornando las crestas de las olas con abundante espuma blanca y reservándonos secretos rincones dónde extender la toalla. Eso sí, sin perder de vista la orilla, ya que las mareas no perdonan y cuando toca pleamar te invitan gentilmente a que te retires de sus posesiones.

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