Si una ciudad muestra un comportamiento bipolar, esa es Turín. Con 2.000 años a sus espaldas, ha sabido llegar al siglo XXI intacta, con la mente abierta de una metrópoli que toma aire de los Alpes. Primera capital de la Italia unificada, sede de su primer Parlamento, pisaremos los adoquines gastados por generaciones de Saboyas que impregnaron a esta urbe de su gusto por la vida. Los aficionados del iurbentia estamos de enhorabuena. La impecable marcha del equipo en la Eurocup nos permitirá el próximo fin de semana descubrir, con la excusa de la Final a Ocho, un verdadero imperio para los sentidos. Allá donde un buen día de 1786 Antonio Benedetto Carpano mezcló con mesura vino blanco con más de treinta tipos de hierbas y especias para crear el vermú, al que no tardaron en aficionarse Victor Manuel II y el conde de Cavour y generaciones de plebeyos modernos.
En otros enclaves de sus entrañas despertaron a la luz el Martini, el pingüino (denominación de origen del internacional helado crocanti), se halló la mezcla idónea para el café Lavazza, emergió la firma Olivetti y nació una multinacional textil como Kappa.
Palacios e Iglesias
Las sombras de sus palacios guían al visitante. El de Carignano queda para la posteridad como primera sede parlamentaria de la nación. Goza de abundante descendencia, destacando el Palacio Real, el Cavour y el Madama, ubicados en Piazza Castello, que marcan los latidos del corazón turinés. De plaza en plaza, la de San Carlo está registrada como una de las más hermosas de Europa, protegida por el aura de las iglesias gemelas de San Carlo y Santa Catalina.
De la cuestión religiosa anda sobrada la ciudad. De nuevo bipolar. El culto más estricto para la Sindone (la Sábana Santa), el sudario que sólo es expuesto en ocasiones en la Catedral de Turín con certificado de autenticidad. Una réplica es a lo más que tendrán acceso los viajeros. A unas manzanas, cerca del impetuoso Po, la Chiesa della Gran Madre di Dio. En su interior figura marcado uno de los vértices afín a los triángulos universales de la magia negra y la magia blanca. Mejor mirar y no preguntar.
De la Mole a los museos
En lontananza, los Alpes a un lado y la colina de Superga al otro, comunicada con la ciudad por un tren cremallera que parte de Piazza Modena. En el final del recorrido, la Basílica que guarda los restos de los Saboya comparte protagonismo con el drama de un accidente aéreo que se cobró la vida del equipo de fútbol del Torino. Orbitando sobre la urbe, la Mole Antonelliana es el faro que guía a los despistados. Icono de Turín, ofrece un mirador que desvela el ordenado caos de una ciudad especial, clásica y moderna, bella sin empalagos. En sus entrañas se ha habilitado el Museo del Cine.
Y por museos tampoco quedará. Más de 80. Desde los peculiares, como El Martini, a los de máximo prestigio. El Egipcio se lleva la palma. Por algo es el segundo en importancia mundial tras el de El Cairo. Los hay de Criminología, del Automóvil, del Diseño, de la Sábana Santa... También pinacotecas como la de los Agnelli o la del Palacio Real. El Teatro Regio es en sí un templo de adoración cultural.
El Parque fluvial del Po no deja de ser un museo ecológico. Y los nuevos estadios deportivos, como el Palasport Olímpico de Isozaki, donde jugará el Bilbao Basket, denotan el cambio experimentado para las Olimpiadas de Invierno en 2006. Lo mismo que en su día originó el Lingotto, la fábrica más grande de Europa que culminó el crecimiento de Fiat, hoy reconvertida en la zona de expansión.
Comer y ‘shopping’
Con la ‘Torino card’ como amiga inseparable (bono de duración variable que permite el desplazamiento en todos los medios de transporte de la ciudad), habrá que buscar tiempo para el avituallamiento. Para calentar motores, cafés históricos. Neoclásico, Rococó y Art Nouveau. Sin moverse de Piazza San Carlo emergen el Torino y el San Carlo. En Piazza Castello, anoten el Baratti y el Mulassano. Disfrutar en sus terrazas de un aperitivo o un café marocchino no tiene precio. La oferta gastronómica es inabarcable. Nombres infalibles, del más diverso pelaje. Desde los servicios de plata del restaurante Del Cambio (Piazza Carignano) y su plato estrella ‘Gran fritto misto a la piamontesa’ (130 años en la carta), a los más populares Trattoria della Posta (Strada Mongreno, 16), La Gaia Scienza (Via Guastalla, 22), Sotto la Mole (Via Montebello, 9) y cualquiera de los establecimientos de la franquicia Brek, precursora en Italia del ‘show cooking’. Los caldos Barolo y Barbaresco contribuirán al éxtasis. Y si la guinda lleva forma de chocolate, no habrá muerte más placentera. En Stratta (Piazza San Carlo) saben mucho de ello.
Para bajar calorías, una buena sesión de ‘shopping’. Via Garibaldi es una de las calles peatonales más largas de Europa y Via Po da sentido literal a la milla de oro al reunir las mejores marcas. La ciudad cuenta con 18 kilómetros de soportales, una bendición para el comercio.
Y después, al baloncesto. Cada partido que gane el iurbentia supondrá un día más en esta bendita porción de Italia.