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Juegos de guerra
Correr por oscuros pasadizos con una pistola láser en ristre ya no es un placer exclusivo de Han Solo. Los juegos de guerra desembarcan en Euskadi
16.11.07 -

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Juegos de guerra
Nuestro ‘tecnoguía’, Carlos Zahumensky, a la derecha, probó las zonas de batalla de Quasar y Lasergune./ Fotos: Borja Agudo
De la noche a la mañana, el Gran Bilbao se ha convertido en una especie de réplica de la Estrella de la Muerte. El Botxo siempre ha tenido algo de decorado de ciencia ficción, con sus restos postindustriales y sus edificios ultramodernos. Tan solo faltaba la posibilidad de empuñar una pistola láser para hacer realidad el sueño de emular a Han Solo, al Jefe Maestro o a un marine espacial cualquiera. Este sueño ya es una realidad gracias a tres nuevos locales creados practicar batallas de láser.
¿En qué consisten? La respuesta corta es adrenalina. Los juegos-láser son un ‘paradeporte’ muy popular en Estados Unidos y países del norte de Europa. Es lo más parecido que existe a echar una partida de videojuegos como ‘Quake’ o ‘Unreal’, pero en vivo y en directo. Cada jugador se equipa con un chaleco electrónico y una pistola láser conectada a éste. El objetivo, generalmente, es disparar a los demás jugadores con nuestro arma y evitar que ellos hagan lo propio.
Evidentemente, las armas son del todo inofensivas siempre que no se enfoquen a los ojos durante un largo período de tiempo. La misma precaución obvia que hay que tener con los punteros láser comunes. El haz de luz emite en una frecuencia que es captada por el equipamiento de los jugadores en varios puntos como los hombros, el pecho, la espalda o la propia pistola. Los disparos que nos impactan hacen que la indumentaria se desactive durante varios segundos y que nuestro contrincante se marque un tanto. Los aciertos se transmiten por radiofrecuencia a un ordenador que muestra los resultados en una pantalla. Gana la partida el jugador que más puntos anote en su marcador, según la modalidad de juego.
Dicho así, parece sencillo, pero la realidad supera con creces cualquier descripción. Llegas al local y los guías te introducen en una sala en penumbra. Los nervios empiezan a cosquillearte en el estómago. Tras una breve explicación de las normas del juego, pasas a otra sala donde te equipas con el chaleco y el arma. El peso de la armadura y la pistola hacen que comiences a segregar adrenalina. Todo está a oscuras y tus ojos se van acostumbrando poco a poco a la falta de luz. En unos minutos, el grupo entra en el laberinto. Todo está lleno de niebla y apenas hay zonas iluminadas por luz de neón negra o pintura fluorescente. Pasillos y ángulos conforman un decorado digno de la película Alien.
Es el caos
De repente, suena una sirena y se desencadena un pandemonium de proporciones épicas. Los jugadores corren de un lado a otro intentando vislumbrar si las luces que ven moverse por la sala son de amigos o enemigos. El primer disparo en tu chaleco te saca del estupor y corres como alma que lleva el diablo. Doblas una esquina y tratas de buscar un buen sitio desde el que disparar. Al cabo de unos minutos ya no sabes cuánto tiempo llevas allí y has perdido la cuenta de las veces que te han dado o que has acertado a alguien. El fragor de la batalla sólo se interrumpe, unos 20 minutos después, cuando otra sirena anuncia el fin de la partida. Las armas se desactivan y los jugadores caminan hacia la salida, donde les espera el consabido refrigerio y anécdotas suficientes para llenar toda la noche. Es el descanso del guerrero.
La experiencia es, sencillamente, brutal. Te sientes eufórico y como si hubieras corrido 20 kilómetros perseguido por hordas de alienígenas. Una alternativa para combinar con las copas, la cena o el cine del fin de semana. Los locales organizan, además, todo tipo de fiestas de cumpleaños o partidas para grupos de empresa y familias.

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