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Aldeas y molinos
Dos aldeas próximas al santuario de Montesclaros destacan sobre el resto por el cuidado de sus cascos urbanos y por ese ambiente entre añejo y rejuvenicedo
16.11.07 -

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Aldeas y molinos
Espadaña de San Juan Bautista.
Dos aldeas próximas al santuario de Montesclaros destacan sobre el resto por el cuidado de sus cascos urbanos y por ese ambiente, entre añejo y rejuvenicedo, detectable entre los pueblos salvados a última hora. La primera es Aldea de Ebro, surgida hace algo menos de mil años en un promontorio sobre el río, en cuyas pozas es posible localizar al esquivo y amenazado cangrejo autóctono. En el conjunto arquitectónico, declarado patrimonio histórico, destaca su extraña iglesia de San Juan Bautista, en forma de ‘L’, románica y del siglo XIII, junto a la que se alza una modesta y maciza espadaña a la que se puede subir por una escalera de piedra que sirve, además, de muro para el cementerio.
La aldea, una atalaya sobre el valle, es poco más que dos calles donde se alzan robustas casas campesinas, en las que aún es posible distinguir escudos de tiempos gloriosos. Desde las proximidades del templo parte un sendero bien indicado que desciende hacia el río y anima a caminar entre bosques y paredes de roca.
Reocín de los Molinos se recuesta sobre un río de menor lustre que el Ebro, el Polla, pero supo domarlo para alzar su riqueza sobre la fuerza del agua. A lo largo de un kilómetro, en el pasado existieron una docena de molinos ‘maquileros’ que la sabiduría popular supo explotar para aprovechar la escasa fuerza de la corriente. El agua llegaba a estas instalaciones a través de amplios canales y movía el mecanismo que molía el grano. Paradójicamente, en el territorio donde nace el Ebro, este arroyo con pretensiones era el único que disponía de los ingenios adecuados para la molienda. Uno de ellos, La Fábrica, se encuentra al borde de la carretera y puede visitarse para que apreciemos la habilidad de sus constructores.
La población, más modesta que Aldea de Ebro, destaca por la iglesia barroca de Santa Engracia, cuya torre horadada hace las veces de pórtico. Desde este mismo punto parte un sendero que nos adentra en los bosques que van hacia el núcleo de Valdeprado del Río.
Los zamarrones

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