En ocasiones, por mucho que posemos la vista sobre el océano resulta imposible divisar la línea del horizonte. La presencia de pequeñas islas interrumpe nuestra mirada hacia ese infinito que parece aguardar tras el ocaso. Son porciones de roca y tierra emergidas del mar, partes desmembradas del continente al que alguna vez pertenecieron. Víctimas sobre las que la agresividad del Cantábrico se aplicó como una sierra, desgastando tenazmente el litoral hasta amputarlo.
Más de 450 kilómetros de costa se extienden desde Cantabria hasta el País Vasco. Salpicadas a lo largo del recorrido, varias de estas islas soportan estoicas los envites del oleaje, que dibuja en sus contornos collares de espuma blanca. Y siempre nos hacemos la misma pregunta: ¿qué habrá allí? Llegó la hora de contestarla.
Al abrigo de Santander
Santander protege como una madre a cuatro pequeñas islas, alrededor de las cuales se ofrecen paseos en barco con guía incluido para no perder detalle. Una leyenda ronda a la menor de sus retoños, La Horadada, un importante peñascal para la identidad de los santanderinos. Cuentan antiguas narraciones que las cabezas de dos legionarios romanos, decapitados en Calahorra por su fe, viajaron a bordo de una nave de piedra hasta encallar al pie del promontorio. San Emeterio y San Celedonio eran los nombres de los militares, patronos de la capital cántabra.
A poca distancia, frente a la península de La Magdalena, descansa la segunda hija de la bahía, la Isla de Mouro. Un faro, de diseño similar a los que alumbran las costas inglesas y en funcionamiento desde el año 1860, corona sus 1,7 hectáreas de roca llana. Pero no es su territorio quien concede la importancia a esta isla cuyo acceso está prohibido, sino el fondo de sus aguas, declarado reserva marina y donde la presencia de buceadores es tan habitual como la de los peces.
La tercera descendiente del clan fue bautizada como Isla de la Torre. Desde su posición frente a la playa de La Magdalena vigila a los bañistas y en su lomo, de apenas media hectárea, acoge la Escuela Cántabra de Deportes Náuticos. Una pequeña cala se hace visible entre su roquedal, donde la construcción más destacada es el embarcadero.
Y un poco más apartada, como si hubiera decidido independizarse de la protección familiar, la isla Virgen del Mar guarda en su ermita a la patrona de la ciudad. Hasta ella pueden llegar los paseantes gracias a un brazo en forma de puente peatonal que se extiende directo a la costa, dando así la mano a la playa de mismo nombre.
Entre realidad y leyenda
Fue el productor Julián Reyzábal quien internacionalizó la imagen de las isla más grande de Vizcaya al denominar ‘Izaro Films’ a su empresa, pero antes de convertirse en símbolo del séptimo arte, esta porción de roca ya poseía un curioso pasado.
Ubicada en la desembocadura de la ría de Mundaka, parte de sus 650 agrestes metros de longitud, a los que actualmente no está permitido acceder, albergaron desde 1422 y durante tres siglos un convento franciscano por el que pasaron ilustres invitados como Enrique IV, Fernando el Católico o su esposa Isabel quien, tras ascender con esfuerzo la empinada cuesta hasta el convento, mandó construir una escalinata de la que aún existen restos.
Pero no todas las sorpresas recibidas por los monjes fueron de su agrado. Cuentan que el pirata Francis Drake también dejó su tarjeta de visita en septiembre de 1596 cuando, al mando de catorce navíos, saqueó el recinto religioso vilipendiando además a sus moradores. Cuentan, decimos, porque el desembarco de Drake en tal fecha habría resultado milagroso teniendo en cuenta que el corsario había muerto unos meses antes, concretamente en enero de ese año. Y es que, en realidad, debieron ser hugonotes franceses quienes arrasaron con todo lo que pudieron después de ser rechazado su asalto a Bermeo, convirtiendo el convento casi en una ruina y obligando a los religiosos a bailar desnudos.
Tras el abandono de la isla por estos monjes en 1719 nació otra leyenda, la de la regata disputada entre Bermeo y Mundaka para decidir quién se adjudicaba su posesión, prueba que acabaron ganando los bermeotarras, y que conmemoran cada 22 de julio en las fiestas de Las Madalenas con la toma de posesión del islote.
En busca de milagros
Sí puede visitarse, y de hecho es uno de los lugares más turísticos de la costa vasca, Gaztelugatxe. A pesar de que un largo pasadizo repleto de escalones -algunos lo llaman la pequeña muralla china- la une actualmente al continente, hubo un tiempo en que estaba completamente rodeada por el mar.
Entre sus acontecimientos más notables, una heroica gesta se lleva la palma de la singularidad. Aconteció en el año 1334, cuando Alfonso XI intentó usurpar el Señorío de Vizcaya a Juan Núñez de Lara, quien se hizo fuerte en el peñón aguantando durante treinta días los ataques del rey, que finalmente debió retirarse.
A San Juan Bautista está dedicada la ermita de su cima, y al santo acudían los fieles en busca de algún milagro. Si lo que deseaba una mujer yerma era tener hijos, hasta él llevaba ropa de bebé. Quienes padecían trastornos del sueño debían visitar al santo tres viernes consecutivos. Y para acabar con las jaquecas era preciso hacer sonar la campana otras tantas veces o llevar a la ermita algún objeto relacionado con la cabeza.
De pic-nic y a la playa
Aquí la ‘historia’ es pasar el día. Un servicio regular de barcas parte diariamente hacia Santa Clara, en San Sebastián. Situada en plena Bahía de la Concha, la isla se levanta flanqueada por los montes Igueldo y Urgull, que la sirven de guardaespaldas.
Son cuarenta y ocho metros los que se alza sobre el mar y, aunque en la actualidad sólo un faro es distinguible dentro de su extensión, hace tiempo albergó una ermita dependiente de las Agustinas de San Bartolomé, que debió desaparecer a principios del siglo XIX.
Su pequeña playa -apenas ochenta metros cuadrados- de arena fina, en la que puede practicarse el nudismo, y las zonas de campas con las que cuenta convierten al islote en un lugar ideal para pasar el día libre. Además de existir dos bares, uno en el embarcadero y otro en la parte más alta, la zona de servicios dispone de baños, duchas, puesto de socorro y mesas diseminadas por todo el lugar que invitan a desenvolver el papel albal para disfrutar de un pic-nic con las impresionantes vistas de Donostia como telón de fondo. ¡Qué más se puede pedir!