Visitas guiadas (Santurtzi)
Fechas: 13 y 27 de septiembre.
Salida: Oficina de Turismo. Av. Murrieta, 25 (11.00 horas). Teléfono: 944 839 494.
Recorrido: Palacio Oriol, Paseo Reina Victoria Eugenia, Puerto, Casa Torre, calle Capitán Mendizábal y parque de La Sardinera.
Hubo un tiempo en el que los santurtziarras horadaron la tierra para extraer el hierro que moldeó la Vizcaya que hoy conocemos. Y no hay que retrotraerse tanto en el tiempo. Apenas un siglo. La localidad de tradición marinera se adentraba entonces hasta los ricos montes de Triano. En sus faldas creció un poblado que no tardó en independizarse. Con el nombre de Ortuella. Fue en 1901 cuando la histórica aldea se desprendió de sus minas para siempre. Y quizá por la afrenta, las borró sin remordimientos de su pasado.
La anécdota ha sido rescatada ahora para ilustrar las visitas guiadas que, con el nombre de ‘Santurtzi, bonita aldea’, pretenden descubrir los entresijos del pueblo costero. Una iniciativa del Ayuntamiento para ofrecer una completa visión de la historia local, alejada de los típicos clichés de sardineras y traineras. Hora y media para recrearse con los rincones más clásicos, y desconocidos a la vez, de la localidad.
Quienes se animen aprenderán, por ejemplo, que la denominación actual de Santurtzi procede de Sainct Georgis, con la que unos monjes ingleses bautizaron el monasterio que construyeron en la zona hace mil años. Su primera referencia escrita data de 1075. Con el paso del tiempo, el nombre derivó en Santurce y ya en las décadas más recientes fue traducido al euskera. Desde su origen, el municipio honra a San Jorge como patrón, pero no en exclusiva. En 1907, el papa Pío X concedió también tal honorable condición a la Virgen del Carmen.
«Dos patrones, como en Bilbao. Para no ser menos», bromea orgulloso el guía Iván Vilarín, quien defiende que las piedras descubren la historia local. Algunas veces, en sentido literal. Se puede comprobar en las que sirven de base a la torre de la iglesia de San Jorge. El fiel detallista advertirá una profunda oquedad. Es culpa de las sardineras, que acostumbraban a afilar en ellas los cuchillos antes de enfilar la ría para vender su pescado. Roce a roce, año tras año.
La historia de Santurtzi la conforman ya más anécdotas que vestigios, aunque aún queda alguno de estos. Como el mirador que conserva la casa torre ubicada junto a la iglesia. Aunque ya no se divisa nada interesante desde él, tiene justificada su existencia. «Hace no tanto, el agua llegaba más adentro y lamía las piedras de la parroquia. Tenía, por tanto, vistas al mar», explica Vilarín. Después llegó el relleno que dio forma al actual puerto pesquero y al parque central, que acoge entre sus variopintas especies arbóreas una secuoya gigante de California.