«No soy tan ciego para olvidar», musita Joseba Irazu cuando vuelve la vista atrás y recuerda una ciudad, Bilbao, que se esfuerza por borrar su pasado gris, turbio e industrial en aras de la modernidad, los servicios y el turismo. «Las chimeneas, el astillero, la botadura de los barcos... organizábamos excursiones nocturnas para verlas. Son momentos eternos». Irazu, a quien la fama alcanzó con el pseudónimo de Bernardo Atxaga, regresará a la urbe en la que vivió durante diez años, primero como estudiante, luego en sus inicios como creador, entre 1968 y 1980, para participar en las Jornadas Literarias que se desarrollarán entre el 3 y el 7 de febrero. Junto a él se sentarán escritores de la talla de Ismail Kadaré, Cees Nooteboom o Jorge Semprún, cuyas conferencias en el museo Guggenheim atraerán sin duda a tantos ratones de librería.
Irazu/Atxaga (Asteasu, 1951) desembarcó en Bilbao para estudiar Económicas en Sarriko, no muy convencido de su elección, y encontró una ciudad «muy triste y opresiva», sí, pero extremadamente dinámica. En aquel tiempo, «ir a Bilbao era ir a la modernidad, el primer paso para ser moderno. Había teatro de vanguardia, clubes de jazz...». Y platos combinados, una opción de menú que sorprendió sobremanera a un joven que llegaba de una pequeña localidad guipuzcoana de poco más de mil vecinos. «Muchos no conocíamos otra ciudad; era la ciudad. Ir a escuchar jazz después de comer en un chino era algo que sólo podías hacer en cuatro o cinco ciudades de España», resume.
Tras ese periodo de formación y descubrimiento propio del estudiante, el camino de Bernardo Atxaga se cruzó con la bulliciosa actividad cultural subterránea ajena al teatro comercial o las temporadas de la ABAO. Así conoció a los pintores Juan Carlos Eguileor, y Vicente Ameztoy, a los Barea o al cantautor Ruper Ordorika, cuyo disco ‘Hautsi da anphora’ (1980) traduce a música la poética del asteasutarra. «Los años de juventud te dejan tal marca que no puedo diferenciar la ciudad de mi vida. Los dos cambiábamos», admite.
Desde el puente Euskalduna
Hoy, sin embargo, Bilbao ha cambiado tanto que podría resultar irreconocible. Así le sucedió un día que, desde el puente de Euskaduna, se paró a contemplar los solares reconvertidos en parques y pisos donde antes se alzaban el astillero, la estación de contenedores y las colosales grúas, de las que sólo ha sobrevivido La Carola. «Me gustaban los aspectos estrambóticos de la ciudad: que un ascensor con ascensorista te llevara hasta Etxebarria, el puente de Deusto, levantado, los barcos en la ría... Tengo grabada la imagen de un barco cruzando ante mi mirada mientras hacía un examen (no recuerdo por qué) en la Universidad de Deusto».
Añora también la desaparecida librería Verdes (fue adquirida por Elkar y ahora sus empleados siguen dedicados a los libros en la calle Banco España), y la cafetería del Arriaga, cerrada hace décadas, y cuya desaparición ha convertido el teatro «en una iglesia: no sabes si está cerrado, y ese silencio... Me gustaba porque había tertulias de todo tipo y se reunía gente muy diversa: políticos, creadores o amas de casa», se lamenta. Y recuerda con cariño la subida hasta Etxebarria en un vetusto ascensor por cuya utilización pagaba una peseta, las vistas de aquella ciudad envuelta en brumas. Aun así, nada sorprende más que la respuesta de Atxaga cuando se le pide que elija una calle. Tras meditar unos segundos, responde: «Alameda San Mamés. Me encantan sus cafeterías, allí descubrí los platos combinados».
Dice Joseba Irazu que hay «una música especial» en el habla de Bilbao, un acento que él podría identificar en cualquier parte, como reconocería el rumor de una conversación en su Asteasu natal; pero esa familiaridad no se compadece con los profundos cambios vividos en la ciudad, lanzada hacia un futuro de servicios y turismo. A pesar de que defendió la puesta en marcha del museo Guggenheim cuando se alzaban voces en contra del proyecto que revolucionó la urbe del Nervión, observa con cierta preocupación esa tendencia a transformar la ciudad en un escaparate.
«Lo peor es convertirse en una ciudad turística, porque el turismo me parece un concepto un tanto detestable», dice. Y piensa que «Bilbao no sabe lo que es», bañada en una idea de cosmopolitismo que tiende a olvidar «la poesía de la ciudad, que salió de la Guerra Civil con muchas heridas y mucha poesía», como la que escribió Blas de Otero, y marcó un camino que, quizá, se ha perdido. Aunque quedan momentos de un carácter que se creía perdido. «Como cuando, tras una mala temporada, el Athletic se jugaba mantenerse en Primera. El público animó sin descanso al equipo y, después de vencer, abucheó a los jugadores. Eso –concluye Bernardo Atxaga– es nobleza».