Si buscas silencio, vete a Buia. Este barrio bilbaíno, aunque parezca imposible, es tranquilo. Aquí comienza un apacible paseo por las faldas del Pagasarri, muy recomendable para ir con niños, siempre que no te piques y quieras subir hasta lo más alto.
La mejor manera de llegar a Buia es coger la línea 50 de Bilbobús desde la plaza Circular, junto al café La Granja. Una vez allí, hay que echar a andar recto por la carretera, aunque con cuidado para no pasarse la pista que discurre por una aliseda estupendamente conservada. La encontramos a la izquierda, a unos 200 metros. Ojo, la entrada es estrecha, pero una vez solucionado este giro sólo resta remontar el arroyo Bolintxu hasta la vieja presa, convertida hoy en pozo, después de que la reventara la riada de 1983. Sólo el ruido de la cascada que salta sobre las ruinas del embalse rompe el silencio del lugar.
El otoño es uno de los momentos más bonitos del año para visitar la zona. El bosque adquiere un color tostado y la luz que penetra entre los árboles invita a dejar volar la imaginación. Escondidos entre la vegetación, el Pagasarri guarda helechos paleotropicales y aunque nunca te encontrarás con animales de aquella época, sí es posible cruzarse con algún corzo si madrugas lo suficiente.
El recorrido forma parte del Plan Especial del Monte Pagasarri, que incluye la puesta en marcha el próximo año de un programa de visitas guiadas, la señalización de una red de senderos y recorridos en bicicleta de montaña y la creación de una web específica sobre el entorno, según explica la concejala de Urbanismo y Medio Ambiente del Ayuntamiento de Bilbao, Julia Madrazo.
Detalles olvidados
Mete en la mochila algún fruto seco para recobrar fuerzas y agua para la hora y media que se tarda en realizar el recorrido, una inmejorable ocasión para recordar detalles de la naturaleza que comienzan a olvidarse en las ciudades. Si vas con chavales, ayúdales a entender, por ejemplo, por qué los nogales pierden sus hojas y las encinas, no.
A mitad de camino hallamos la ruta que nos lleva a la cima del monte. Nosotros giramos a la izquierda para iniciar el regreso. En unos 20 minutos nos encontramos con la antigua cantera de Artxondoko. Cientos de pájaros anidan ahora en las grietas que antes alojaban la dinamita. Muy pronto nuestros pies vuelven a pisar asfalto.
La carretera sigue el Camino Real que unía el puerto de Bilbao con el de Orduña. A los lados dejamos caseríos como el de Asua (siglo XVI) o un lavadero que nadie se atreve a datar con seguridad. Poco a poco desaparece el silencio, el rugir de la cercana A-8 nos devuelve a la realidad y según bajamos las escaleras que mueren en la parada de Bilbobús recordamos el bullicio que nos espera al salir de Buia.