Había decidido dedicar esta columna a despotricar con sólidos argumentos contra la ley antitabaco, pero en vez de eso he optado por algo mucho más práctico y cómodo: fumarme un cigarrillo. Se trata de sacar el paquete del bolsillo, extraer de su interior la codiciada pieza, llevársela a los labios y proceder a oficiar la insuperable ceremonia de encenderla con la ayuda técnica de un mechero. Una vez ejecutadas estas dulces maniobras basta con inhalar el humo y expulsar después parte de él hacia el espacio exterior, con mucho cuidado de no estampar la nube azul en la cara de algún inocente paisano que circule por ahí. Es a la tercera o cuarta bocanada cuando uno asume su condición doble de suicida y asesino: según los tercos galenos y las autoridades competentes, el fumador se está matando y al mismo tiempo está matando al prójimo, lo que supone un prodigio de perversidad inaudito.
Saberse un suicida y un asesino simultáneamente tiene mucho morbo, desde luego. De repente un ciudadano que cumple a rajatabla la leyes y las normas, que no ha hecho nunca daño a nadie al menos a sabiendas, que abona con precisión aunque con desgana sus impuestos y que se creía bendecido por los dones de la bondad se transforma mediante el acto aparentemente banal de prender fuego a un cigarrillo en un monstruo de maldad. El más probo de los probos ciudadanos tiene por fin a su alcance la posibilidad de ser tan malo como Jack el Destripador por un precio cada vez menos módico pero aún accesible. De esta manera ya no se verá en el espejo como ese tipo anodino y sin grandeza que no ha hecho nada especialmente memorable en su vida, sino como un malvado digno de figurar en la historia de la perversidad con todos los honores. No me digan que no tiene su cosa el aparentemente modesto trámite de fumar un pitillo: el Estado pone a su disposición la posibilidad de vivir la aventura que la moral y las buenas costumbres le han negado siempre. Los bienpensantes le mirarán con odio y harán histriónicos aspavientos apartando el humo que usted lanza, los doctores le diagnosticarán un cáncer para dentro de treinta años o más, la policía procederá a encarcelarle y será usted feliz por primera vez. Y todo, insisto, por un par de euros o menos.
Estos días me he acordado mucho de la escena final de la película de Brian de Palma 'Los intocables de Eliot Ness'. El aguerrido combatiente contra el alcohol recibe la noticia de la abolición de la Ley Seca y, preguntado por lo que va a hacer ahora, responde impávido: «Tomarme una copa».