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Miércoles, 4 de enero de 2006
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Tour del horror
Las agencias organizan un recorrido por los barrios arrasados y los cementerios de coches que dejó el 'Katrina' en Nueva Orleans
Un hombre seca sus lágrimas junto a la casa de sus familiares desaparecidos durante el huracán. / AP
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Antes del 'Katrina' Tours by Isabella tenía una veintena de empleados que enseñaban a los turistas la estatua del fundador, el Barrio Francés, las mansiones coloniales, los famosos cementerios y el Lago Pontchartrain, entre otras atracciones. Tres meses sentada en casa, en una ciudad abandonada por los turistas, donde sus escasos habitantes aún buscan una explicación a la tragedia, enseñaron a Isabella Cossart el camino para reflotar el negocio: el tour del horror.

Ahora enseña con un enorme mapa el reguero de muertos y la profundidad que alcanzó el agua, los barrios arrasados, los diques rotos, los cementerios de coches bajo la autopista de la infamia y los campamentos de temporeros que trabajan en la reconstrucción de Nueva Orleans.

«Es importante que la gente entienda lo que ha pasado», dice al defender el contenido educativo del tour. Su recorrido no es aséptico, sino que busca apuntar las claves y soluciones de una catástrofe sembrada durante siglos con los sucesivos intentos de ganar terreno a las marismas y conectar el río Mississippi con el Lago Pontchartrain a través de canales. Por ellos entró la ola de mar de cinco metros de altura sobre la que volaba el huracán a 250 kilómetros por hora, arrojando sobre los diques los barcos que encontró a su paso.

«Por favor», repite Isabella una y otra vez, «llamen a sus congresistas y pídanles que reconstruyan Nueva Orleans». «Menos guerras y más diques», dice parafraseando una de las camisetas de moda en el Barrio Francés.

Quienes pagan los 49 dólares (41 euros) por el tour de tres horas ya no son los turistas habituales en busca de parranda, sino vecinos, periodistas y trabajadores humanitarios que buscan visualizar la verdadera dimensión de la tragedia. En su furgoneta, dos enfermeras de California que acaban de volver a Nueva Orleans, tras aquellos primeros días de septiembre en los que estuvieron asistiendo a las víctimas como voluntarias. A su lado, la señora Newman, que acompaña a su hermana recién llegada, y que, pese a vivir en la ciudad, acaba aprendiendo mucho más de lo que esperaba. Su piso en el suntuoso Garden District desafió con éxito los vientos huracanados y los cuatro metros de agua que inundaron el centro de la ciudad, pero acabó sucumbiendo al desordenado regreso de la electricidad. «La lavadora del piso de arriba empezó a tomar agua sin descanso y no lo descubrimos hasta que el agua entró en mi casa por los muros», cuenta.

Reconexión eléctrica

Tantos fueron los accidentes caseros que en esos días de septiembre las columnas de humo poblaban el horizonte de Nueva Orleans, y el Ayuntamiento optó por desconectar el servicio de todas las casas en muchos de los barrios. La reconexión requiere, en primer lugar, que un electricista autorizado revise la instalación para reparar las averías. Con su certificado, el propietario solicita la presencia de uno de los seis inspectores que tiene el Consistorio y, después, el alta en la compañía eléctrica. El proceso dura una media de dos meses.

«Las plantas de bombeo», señala Isabella. «¿Quién entiende que estuvieran instaladas en las zonas por debajo del nivel del mar, que son las primeras que se inundan y por tanto las inutilizan?». La senda de los errores continúa. El Ritz Carlton, que no sólo tenía sótano en una ciudad donde hasta los muertos se entierran en alto porque en cuanto se excava un metro se filtra el agua, sino que colocó allí todos los generadores, contadores eléctricos y oficinas de seguridad. El desastre fue tal que aún no han terminado de repararlo. Es uno de los sólo diez hoteles del Barrio Francés que todavía no ha reabierto -otros treinta están en funcionamiento, así como unos ochocientos bares y restaurantes-. Y las lecciones del pasado, «miren las casas antiguas que han sobrevivido, todas construidas en alto, con un largo tramo de escalera para llegar al porche», destaca Isabella. «Decía Churchill que cuanto más atrás se mire en el pasado, más lejos se llegará en el futuro».

La idea de Isabella ha tenido tanto éxito que ya ha logrado recontratar a dos de sus antiguos empleados, y la compañía Gray Line la ha copiado a mayor escala. Desde hoy, sus autobuses mostrarán el infame Superdome y el Centro Cívico, donde 40.000 personas se amontonaron durante días a la espera de ser evacuadas; los puentes de la calle 17 y la avenida Londres, que fueron los primeros en reventar, y algunos de los barrios desaparecidos.

Recuperar a los turistas

Con la publicidad de Gray Line han llegado también las críticas de quienes temen ver su sufrimiento convertido en un circo, pero los ofendidos no han logrado detener a una ciudad que necesita desesperadamente la vuelta de los diez millones de turistas que nutrían su economía. Para demostrar su compromiso solidario, Gray Line donará a organizaciones caritativas tres de los 35 dólares (29 euros) por ticket que cobrará a cada pasajero. Su presidente, Greg Hoffman, promete hacerlo «con las más extrema sensibilidad y respeto».

Al fin y al cabo, decenas de espontáneos se apostan cada día con sus cámaras frente a los diques destruidos, como hacían los turistas en la Zona Cero de Nueva York.

«¿Miren que bonitas han dejado las calles del Barrio Francés!», insiste Isabella ante sus clientes. «Están más limpias que nunca, y son más seguras que nunca. Creo que ahora es en Houston donde tienen los problemas de crimen que teníamos nosotros. Por favor, cuéntenselo a todo el mundo, díganle a la gente que venga a visitarnos, que los necesitamos. Sólo queremos la oportunidad de trabajar para reconstruir nuestra ciudad».



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