Hasta el siglo XX, los argumentos contra el tabaco fueron contundentes, pero no siempre convincentes. Antes de la Primera Guerra Mundial, una organización religiosa británica advirtió a las mujeres de que les saldría bigote si fumaban, a causa del movimiento de los labios. El magnate Henry Ford, que creó la cadena de montaje para fabricar vehículos en serie, también fue un decidido no fumador y recopiló todos los testimonios que pudo para disuadir a los jóvenes del «pequeño esclavizador blanco» y animarles a practicar deporte.
Uno de los alegatos más viscerales provino del empresario armamentista Hudson Maxim, famoso por multiplicar la potencia de los torpedos y la munición de los buques de guerra, quien arremetió contra el «mortífero humo del cigarrillo» que esclavizaba a la juventud y la estigmatizaba con la «mancha amarilla» en el dedo. No tuvo éxito. Iain Gately cuenta en su libro 'La diva nicotina. Historia del tabaco' que, mientras el 'Titanic' se hundía, se vio a pasajeros fumando un cigarrillo.
La legislación antitabaco como la concebimos en las sociedades europeas democráticas -una estrategia de disposiciones administrativas y gravámenes fiscales basada en evidencias científicas- la comenzó a desarrollar con resultados comprobables el régimen nacionalsocialista en Alemania, que también fue pionero del ecologismo y la protección del medio ambiente de su país. «Nuestro Führer Adolf Hitler no fuma ni bebe (...) y tiene una increíble capacidad de trabajo», sugirió la portada de una revista al pueblo alemán en 1937. El futuro responsable del genocidio judío aparecía en una pose reflexiva.
Pilotos y embarazadas
Hasta entonces, con Alemania sumida en una gran crisis y el valor de marco reducido a proporciones infinitesimales, los fabricantes locales de cigarrillos casi habían conseguido duplicar el consumo de tabaco, de modo que pensaron que, si donaban grandes sumas al partido nazi, las cosas podían seguir igual: es decir, mientras la política oficial era antitabaco, el país continuaría siendo el primer importador mundial y recaudaría impuestos.
Sin embargo, a medida que se acercaba la invasión de Polonia, la ambigüedad desapareció. La estrategia nazi antitabaco contempló la erradicación de los cigarrillos en cualquier edificio público y en los trenes y autobuses. Berlín castigó fumar en la calle, como en el siglo XIX. También lo tuvieron prohibido formalmente las mujeres encintas y los aviadores de la Luftwaffe (fuerzas aéreas). La cajetilla se gravó con más impuestos y la curva creciente del consumo se invirtió. Cuando Hitler atacó Rusia, en 1941, el tabaco reportaba una doceava parte de los ingresos de la economía de guerra.
Iain Gately recuerda que el Führer se la tenía jurada a la nicotina desde que le reprendieron en clase por fumar. El nazismo consideraba el tabaco como una venganza de los indios contra los blancos por haberles dado a probar alcohol. La mujeres del movimiento nazi abjuraban de los cigarrillos en pro de una raza no sólo pura, sino también sana.
Mientras los jerarcas hitlerianos enviaban emisarios a la busca del Grial, rastreaban bibliografía sobre las dolencias causadas por el tabaco para endosarle crímenes contra la humanidad. Los nazis provocaron una guerra que mató a 60 millones de seres humanos, pero sus científicos aplicaron los procedimientos epidemiológicos que lograron relacionar el tabaco con el cáncer de pulmón.