«Les vi marchar a los cinco al PIN, iban tan contentos...». Emile López, de 73 años, y su hermana, son las dueñas de la vetusta y señorial casona de la carretera Basurto-Castrejana en cuya planta baja reside la familia Aginako Bilbao en régimen de alquiler desde hace «unos 12 años». La noticia de la muerte de los dos pequeños, Oihane y Aitor, de 4 y 7 años, cayó como un mazazo en el barrio, especialmente en estas dos entrañables mujeres, que les han visto «crecer». Vecinas del piso superior y arrendadoras sienten como si hubieran perdido «a dos nietos». «Oihane era ideal y Aitor tenía unos ojos azules preciosos. Iratxe, la mayor, también es preciosa», describe Emile con la mirada triste.
La madre de los pequeños, Isa Mari, que seguía ayer ingresada en el hospital tras sufrir un ataque de ansiedad al presenciar el atropello, caminaba adelantada de la mano de Iratxe, la hija mayor. Detrás les seguían Eduardo y los dos pequeños. Se dirigían ilusionados a coger el metro en la calle Luis Briñas para visitar el Parque Infantil de Navidad en Barakaldo, en plenas vacaciones del colegio -«las escuelas públicas» de Basurto- y en vísperas del día de Reyes. Cuando apenas habían recorrido unos metros tras cruzar la verja de su casa, la feliz familia numerosa quedó rota.
«No tenía pulso»
Una conocida de la familia que caminaba justo detrás, corrió a auxiliar a la más pequeña, pero ya «no tenía pulso». Después, se llevó a su casa a Iratxe, la hija mayor de los Aginako, que no encontraba consuelo. «La pobre no podía dejar de llorar». Un conductor también se apeó para ayudar. Aitor murió horas después en el hospital a causa de las graves lesiones.
La peluquería de un tío paterno de los pequeños, Román, ubicada en las inmediaciones, cerrará hoy sus puertas en señal de duelo. «Están destrozados, cómo van a estar después de haber perdido de un golpe a dos hijos», se resignaba una de las empleadas del salón de belleza, que no dejaban de recibir el pésame de las clientas. Los pequeños serán incinerados y despedidos en una ceremonia en la intimidad familiar.
Los vecinos de Basurto asumieron como propio el luto de los Aginako. «Me enteré en el 'súper' y bajé corriendo. Al principio creíamos que era nuestro Oier, porque le llevaban al cine con una 'amiguita'. Él lo vio todo, está muy afectado», se duele Esther, que reside en otro chalé unifamiliar en Estrada de la Ventosa y está acostumbrada a cruzar el fatídico paso de cebra. «Tienes que ir con cuarenta ojos, te para uno y sales porque piensas que el otro va a frenar...»