Un ramo de flores con un enorme lazo rosa recordaba ayer a Aitor y a Oihane en la avenida Montevideo de Bilbao. Alguien -«dicen que ha sido una mujer por la mañana», comentaban los vecinos- lo había depositado allí, justo en el punto donde una 'Citroën Berlingo' se había llevado por delante a los dos hermanos el pasado martes.
«¿Bego! ¿Bego! No cruces ¿eh?», chillaba Berta Fernández a su hija. Toda precaución era poca. El doble atropello mortal le había removido su propia historia. «Claro que he tenido algún susto en este paso de cebra», decía con cara de resignación. «Vivo justo ahí, en el número 12, y paso muchas veces». Sin embargo, ella se siente afortunada: «Me salvé por los pelos. El coche se quedó a esto».
Sus manos dibujaban en el aire lo que le salvó la vida: apenas unos centímetros. Por eso, ayer, no tenía suficientes ojos para su hija. Le llevó varios minutos cruzar. «Tengo mucho miedo», susurraba con angustia, mirando repetidamente a ambos lados de la calzada. La pequeña tiene diez años y va al mismo colegio al que asistían los pequeños fallecidos. «Los conocíamos de vista, del parque, de la escuela...».
«¿Qué vergüenza!»
Sin embargo, ayer no era el peor día para aventurarse en este paso de peatones. «Todos paran, es increíble». Charo y María bajaban las escaleras del primer tramo indignadas. «¿Qué vergüenza!», les contestaba otra vecina. «Pobres niños», susurraba con los ojos empañados. Los conocía.
Las flores por Aitor y Oihane detuvieron a Dulcina Senín en su camino a casa. Se agachó, las atusó y le volvió a dar la mano a Eder, su nieta de 7 años para cruzar el tercer tramo de la carretera. Apenas podía hablar. Ella también era amiga de los padres de Aitor y Oihane. «Hoy sí que van despacio. Sí. Pero ¿y mañana?», se lamentaba con los labios temblorosos, sin querer mirar atrás.
El lunes, Paula, que tiene 9 años, volverá a clase en el colegio de Basurto. Y para ello tendrá que cruzar la avenida Montevideo. Sin embargo, Elda Justo, su madre, ya le ha prevenido. «A mí también me atropellaron aquí», dice. Y desde entonces evita este punto, una pequeña batalla perdida. «Nos hemos acostumbrado a bajar hasta la calle Autonomía y cruzar por ese semáforo», asegura la mujer.
«No somos suicidas»
El atropello del martes no ha dejado indiferente a nadie. Muchos vaticinan que el cuidado con que ayer se circulaba por el paso de cebra se acabará «en horas». «Y después ¿qué?», se pregunta María José Santos. Pasa cuatro veces al día por este punto: para ir a comer y al volver del trabajo.
«Los que cruzamos por aquí no somos suicidas, eso tiene que quedar claro», explica la mujer. «A mí me arrollaron en el tercer tramo y no fue por imprudente. Lo que no puede ser es que sobre la línea que separa ambos carriles en un mismo sentido, tengas que volver a mirar para que no te arrollen».
Santos tiene una sobrina de doce años, «que ahora empieza a salir al cine» y debe cruzar por este punto. También, un bebé de meses. «Con una sillita, la cosa se pone peor: es lo primero que se ve. Tú estás casi en la acera y la silla en medio de la carretera».
Todos los que ayer paseaban por la avenida Montevideo frente al número 12 se sorprendían del mismo hecho: la excesiva precaución de los conductores. Un fenómeno que «se les olvidará pronto», vaticinaba Nora Cortés. El martes, cuando tuvo lugar el atropello, esta joven y su hijo, que estudiaba con los fallecidos, estaban en el Parque Infantil instalado en el BEC. «Esperábamos a que llegaran, pero nos avisaron de lo ocurrido».
«No es la primera vez que pasa algo así, ni siquiera la tercera», explica indignada esta vecina del portal 10. Hasta ahora, ver el ritmo del tráfico desde su ventana dice que «impresiona». Por eso, «nunca he dejado ni dejaré que mi hijo cruce solo», admite.