Los terroristas no están dispuestos a que Irak asista a un proceso democratizador. Tras la celebración de las elecciones legislativas del pasado 15 de diciembre, un atisbo de libertad se implantó en el país del Golfo. Sin embargo, en apenas 48 horas, una sangrienta oleada de atentados ha hecho saltar por los aires cualquier esperanza de estabilización. Tras la cruenta jornada del miércoles, en la que murieron medio centenar de personas, la campaña de horror se agudizó ayer: al menos 130 iraquíes perecieron en varios ataques. Los terroristas eligieron la ciudad santa chií de Kerbala y Ramadi, bastión insurgente, para convertirlas en escenario del terror.
La primera masacre fue obra de un adolescente que se confundió con la multitud de peregrinos, iraquíes y extranjeros, que en estos días visitan los santuarios de Kerbala, la segunda urbe más importante del chiísmo. La acción terrorista segó la vida de 49 personas e hirió a más de 85.
Según relató la Policía, el joven llevaba adosados al cuerpo alrededor de ocho kilogramos de TNT, combinados con metralla y bombas de mano entre la ropa. «Los artificieros han hallado restos de explosivo sin detonar y bolas de metal y tornillos en la chaqueta y el pantalón de uno de los cadáveres», explicó el coronel Razaq al-Tai.
Todo fue planeado al detalle por el kamikaze con el fin de causar el mayor número de víctimas posible. Y es que, en la temprana hora del ataque, las 10.15 hora local (08.15, en España), cientos de hombres, mujeres y niños, llegados de las provincias del sur de Irak, pero también de Irán, Pakistán o la India, paseaban confiados entre las doradas cúpulas de las mezquitas de los imanes Abás y Husein, en pleno centro de Kerbala. «Algunas de las víctimas son extranjeros que se encontraban de visita en la ciudad» para pasar la fiesta del Sacrificio, prevista para la próxima semana, subrayó Al-Tai.
Imágenes dantescas
El director del hospital general de la ciudad, Falah al-Hasnawi, no podía ocultar su indignación. «Muchos de los cadáveres que hemos recibido pertenecen a mujeres y a niños, algunos de muy corta edad. Entre los heridos, hay unos quince casos críticos, por lo que no se descarta que la cifra de muertos aumente», precisó.
El primer atentado cruento que sufre Kerbala desde diciembre de 2004 dejó grabadas en la retina de sus habitantes dantescas imágenes: grandes charcos de sangre cubrían las calles, mientras los equipos de socorro se afanaban por recoger cadáveres y restos humanos entre las dos imponentes cúpulas doradas de la localidad.
Casi a la misma hora del atentado de Kerbala, pero a unos 150 kilómetros al noroeste de esa ciudad, otros dos kamikazes al volante de sendos vehículos cargados con explosivos perpetraron una masacre similar. En esta ocasión, el blanco del atentado fue un cuartel de la ciudad de Ramadi, uno de los principales feudos de la insurgencia en Irak.
Los suicidas segaron la vida de 67 personas al hacer estallar los automóviles junto a una cola de reclutas que esperaban pasar un examen de ingreso en las nuevas Fuerzas de Seguridad iraquíes. Además, 65 de ellos resultaron heridos. La mayoría de las víctimas eran jóvenes chiíes que buscaban un trabajo para sobrevivir en las destruidas sociedad y economía que asuela Irak desde que Estados Unidos invadiera el país, en marzo de 2001.
El hospital de la localidad se vio pronto desbordado para hacer frente a la catástrofe. «Carecemos de capacidad para tratar a los numerosos heridos -contaba con desesperación un responsable-. Hemos tenido que comenzar su traslado a otras ciudades de los alrededores».
El mando militar estadounidense también estuvo en el centro de este rebrote de violencia. Siete soldados norteamericanos murieron en dos ataques de la insurgencia cometidos en Bagdad y cerca de la ciudad de Nayaf, a unos 170 kilómetros al sur de la capital.
En un quinto atentado, cuatro policías perdieron la vida por disparos cerca de Baquba, localidad situada a 60 kilómetros al noreste de Bagdad. Y en la capital, otros tres vehículos bomba mataron a tres personas, entre ellas un agente.