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Viernes, 6 de enero de 2006
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OPINION/Personas, políticas...
La hemorragia cerebral masiva sufrida por Ariel Sharon y su incapacitación para ejercer en política han causado en Israel una conmoción comparable a la producida por el asesinato de Isaac Rabin hace algo más de diez años: el país ha contenido la respiración y se interroga sobre qué hacer. Hay en esa conducta una confirmación y una lección. La primera es poco estimulante y tiende a probar que la imagen del general Sharon como garante de la seguridad desde su condición de general habituado a recurrir al músculo militar es la base de su auge político, no su programa, intercambiable con el de los laboristas y con una extendida convicción social: no hay más remedio que alcanzar un arreglo permanente con los palestinos sobre la fórmula de dos Estados.

La lección es recurrente y remite a otros ejemplos en varias latitudes: el liderazgo carismático tiene sus problemas, el principal de los cuales es que suscita la cesión, un punto irracional, de la opinión de mucha gente al esclarecido guardián y portavoz del escueto programa, sin más debate. Kadima no es, por eso, un partido, sino un estado de ánimo y Sharon sólo vendía la obviedad: Israel tiene que aceptar una solución negociada y alcanzar de una vez fronteras definitivas desde la fuerza.

La periodista israelí Tanya Reinhart ha escrito que los planes de paz israelíes son siempre el mismo: variaciones del viejo 'plan Allon', por el nombre de un antiguo ministro. Entiende preservar una parte pequeña de los territorios ocupados en 1967 (pero con el bloque central de colonias), Jerusalén-este y alguna clase de control del valle del Jordán. En lo que quede, los palestinos crearán un Estado sin fuerzas armadas, pero soberano e independiente, con capital en Abú Dis, un arrabal de Jerusalén oriental.

Que este diseño, que es el de Sharon y está casi dibujado por el muro en construcción -su frontera política 'de facto'- funcione o no, no es hoy la cuestión, sino quién lo administrará cara a las elecciones del 28 de marzo y en el futuro, con la Autoridad Palestina en manos de Al-Fatah, apenas reconciliado, o de los islamistas del Hamás.

Si la sociedad israelí, que se disponía a dar a Sharon (apoyado por los laboristas en un gobierno de amplia base) casi un cheque en blanco, no encuentra un sustituto, se confirmará el peor de los pronósticos: no se quiere un primer ministro cualquiera, sino un garante del éxito final. Lo que equivale a dar tal título al ahora neutralizado Sharon sin que nada garantice a medio plazo tal éxito.



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