Marimar Bernal y sus amigas Izaskun y Begoña se encontraron ayer con una gran sorpresa en la Plaza Nueva de Bilbao. Ni cortas ni perezosas reconocieron que la tentación demasiado grande como para desaprovechar la oportunidad. Y se pusieron a la cola. En fila de a uno esperaron pacientemente su turno hasta recibir el objeto de sus deseos.
Y es que la Plaza Nueva se despertó ayer con olor a bollo y chocolate. Un roscón gigante, elaborado por la empresa Orio Pan, se apostó en un lateral de la explanada cual flautista de Hammelin. Y cerca de 4.000 personas se acercaron para degustarlo, según los organizadores. Entre los encargados de servirlo, uno ya tenía experiencia en esto de cortar roscas, José Ángel Iribar; y otra, en meterlas, la jugadora del Athletic femenino Iraia Iturregi.
Este excelso manjar suponía, además, el último eslabón de la campaña Bilbao Solidario que ha organizado la Asociación de Comerciantes del Casco Viejo durante la Navidad. Por eso, quince voluntarios invitaban a los presentes a poner su granito de arena y colaborar con la ONG Tierra de Hombres. ¿El objetivo? Traer a niños enfermos del Tercer Mundo a hospitales vascos para ser tratados de sus dolencias.
Un día entero ha sido el tiempo necesario para hacer el dulce. Una delicia que ha necesitado de ingredientes en cantidades industriales. De hecho, las 25 personas encargadas de su elaboración han tenido que mezclar 1.600 kilos de harina, 100 de levadura, 220 kilos de azúcar, otros 220 de mantequilla, 14 de sal, litros de agua de azahar y, por supuesto los huevos: nada menos que 333 docenas.
«¿Merece la pena!»
«Será por ellos», bromeaba Manuel Cano, uno de los representantes de la empresa que se ha hecho cargo de la preparación del postre. El resultado de tan monumental mezcla no pudo ser mejor. «¿Merece la pena!», asentía Edurne mientras compartía su trozo de roscón con su nieta Maddi, de dos años. El chocolate, 2.000 litros, lo ponía el café Boulevard y se convertía en todo un reconstituyente para los valientes catadores, que soportaron los continuos aguaceros con estoicismo. «Yo lo hago por mis hijas», se excusaba Nieves, escoltada por Alba, Daniel y Juncal.
Un poco más allá, Arantza Martínez sacaba un pañuelo del bolso. «Pero mira como te has puesto...», le decía resignada a su hijo David. El pequeño, de 7 años, no podía disimular que había disfrutado con su aperitivo cual rey sin trono. Después de una hora de espera, su trozo había sido, por supuesto, el más rico. «Es que un roscón solidario sabe mejor que cualquier otro», bromeaban los bilbaínos Inma Olarte y Adolfo Bueno, que, además de degustar el titánico manjar, se habían rascado el bolsillo para ayudar a quienes más lo necesitan.