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Domingo, 8 de enero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Chu En-lai y la China moderna
China fue la principal potencia de Asia oriental durante más de dos mil años, perdiendo su poder, a mediados del siglo XIX, cuando fue dominada por las potencias occidentales y por el imperio del sol naciente. Desde entonces ha soñado con recuperar su antiguo lugar en el mundo. Durante el pasado siglo, iniciado en 1912, al caer la dinastía Qing y los cuatro mil años de despotismo monárquico de las que a ésta precedieron, padeció más inestabilidad política que cualquier otro país del planeta (repúblicas efímeras, colonización extranjera, guerras civiles y revoluciones). Cuando Mao Zedong murió en el verano de 1976, el gigante asiático se encontraba acosado por una gran cantidad de graves problemas. El Partido Comunista chino, que salía de un decenio caótico debido a la Revolución Cultural y estaba asfixiado por el estancamiento económico, la parálisis gubernamental y la pérdida de confianza de la sociedad en el régimen, afrontaba la crisis política más profunda de sus cincuenta y cinco años de historia. La herencia de alineación y desmoralización de la Revolución Cultural de Mao era tan profunda y perniciosa que los líderes chinos reconocieron abiertamente la arriesgada situación por la que atravesaba su propia legitimidad política. La necesidad de reformas era tan perentoria para el sistema socialista en China, que los dirigentes volvieron la espalda al legado maoísta y dieron los primeros pasos provisionales hacia la creación de un marco de «democracia socialista» e instauración del «imperio de la ley».

¿Qué China quieren desarrollar durante el siglo XXI los sucesores de Mao Zedong, Chu En-lai y el delfín de este último que abrió la puerta al capitalismo, Deng Xiaoping? ¿Protagonizará finalmente una transición democrática? ¿Dejarán de violarse los derechos humanos superando los acontecimientos de Tiananmen de 1989, cuyos precedentes se encontraban en las manifestaciones de 1979 y 1986? ¿Se integrará en el concierto de las restantes naciones? ¿Será un socio o un competidor agresivo de Occidente? ¿Sustituirá a EE UU como primera potencia mundial? Sobre todas estas cuestiones se puede especular abiertamente, pero antes debemos reflexionar sobre el cómo se ha llegado a la situación actual de la denominada 'superpotencia emergente'. Y en este sentido es imprescindible recordar al artífice de la nueva administración de la República Popular, a su primer jefe de gobierno (1949-1976) y ministro de Asuntos Exteriores (1949-1958), a quien pretendió restaurar el orden y adoptar un ambicioso programa de reconstrucción económica, al protagonista de la apertura de China en el ámbito internacional (conferencias de Ginebra sobre Indochina, en 1954, y afroasiática de Bandung, en 1955), al estrecho y fiel colaborador de Mao, Chu En-lai, de cuya muerte se cumplen hoy treinta años.

Nacido en Huaian, provincia de Jiangsu, en el seno de una familia de mandarines recibió una esmerada educación en su propio país (Universidad de Nankai), completada en Japón y Francia. Atraído por el marxismo, desde 1919 participó en las actividades clandestinas de los comunistas chinos, defendiendo una línea política basada en la revolución del proletariado industrial, enfrentándose inicialmente a un Mao que apostaba por el campesinado. Cuando regresó a China se adhirió a la alianza entre el Kuomintang (KMT o Partido Nacionalista) y el PCCh, liderada por Sun Yat-sen. Desde 1924 fue nombrado comisario político de las fuerzas armadas del Partido Comunista Chino y supervisó el trabajo de Chang Kai-shek al frente de la Academia Militar de Whampao. Al romperse la alianza con el Kuomintang (1927), organizó la insurrección fracasada de ese año en Shanghai, participó en la revuelta de Nanchang que dio origen a la creación del Ejército Rojo chino y fue uno de los máximos dirigentes de la República que los comunistas erigieron fugazmente en la provincia meridional de Kiengsi (1930-34).

Tras la derrota militar frente a Chang Kai-shek, participó en la 'Larga Marcha' de los comunistas (1934-36) hasta refugiarse en Yenan, donde fundaron una nueva República. De ese momento data su acercamiento a Mao, con el cual colaboraría estrechamente hasta su muerte. Desempeñó también un papel clave en el incidente de Sian (secuestro de Chiang Kai-shek en 1936), que marcó el inicio de una colaboración entre el PCCh y el KMT contra la invasión japonesa (1937-45). El resto de la guerra permaneció en Chongqing como principal representante del PCCh ante el Gobierno nacionalista. Tras la derrota final de Japón, participó en las negociaciones con Chang Kai-shek, con la mediación del general George C. Marshall en nombre de las Naciones Unidas. Cuando, en 1949, los comunistas se impusieron a los nacionalistas, fue nombrado, tal y como ya citábamos, primer ministro de la recién nacida República Popular China.

Durante la Revolución Cultural intentó evitar que los sectores más radicales desmantelaran la estructura del partido y la burocracia gubernamental. En febrero de 1971, frustró el golpe militar que quería acabar con la vida de Mao, llevado a cabo por el que parecía ser su heredero, el ministro de Defensa Lin Biao. Cuando éste falleció, en un accidente aéreo provocado, emergió como el segundo dirigente chino más poderoso después de Mao, depuró el Politburó de los militares que habían sido partidarios del golpista y eliminó para siempre el papel del Ejército en los cargos de responsabilidad de la República Popular China. Un año antes, en 1970, inició el diálogo con Japón y Estados Unidos y dos años más tarde firmó el Comunicado de Shanghai junto al presidente estadounidense Richard Nixon, dedicando los últimos años de su vida a promocionar la carrera política de su protegido, Deng Xiaoping.

En enero de 1976 murió Chu En Lai y seis meses más tarde Mao Tse Tung, a los 78 y 89 años, respectivamente. En un plazo muy corto, entre el verano de 1977 y finales de 1978, Deng se hizo definitivamente con el poder en su totalidad. Su victoria (la de la revolución pragmática) fue el resultado de la movilización de la mayoría silenciosa de los cuadros del partido opuestos a la Revolución Cultural. Entre 1978 y 1979 los chinos abandonaron definitivamente la economía estalinista y se dedicaron a los bienes de consumo y de exportación, al igual que habían hecho los países de Extremo Oriente. En 1983 fue desmantelada la agricultura colectivizada, comenzando los experimentos con la industria en 1979 (abandono del control rígido del estalinismo) y continuándolos en 1984 (combinación de mercado y control estatal). Con estas reformas China se situó en un ritmo de desarrollo semejante a los 'boom' de Japón, Taiwán y Corea.

Chu En-Lai y Mao Zedong dirigieron un gobierno de hierro en China, de cuyos excesos han tomado distancia los actuales gobernantes de ese país, a pesar de los monumentales logros de ambos dirigentes en la consolidación de la China moderna. La China del siglo XXI es un gigante con pies de barro que necesita la colaboración occidental para modernizarse. Deng Xiaoping condujo a este gigante hacia el siglo actual con una receta aparentemente milagrosa: liberalización económica y comunismo. El crecimiento económico chino, la reforma política y la estabilidad social demandan un contexto externo pacífico que favorezca el avance interno. Ello es imprescindible también para Occidente, porque la paz y la prosperidad en el siglo actual necesitan una China dispuesta a la cooperación responsable.



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