Es extraño. A la vez que se reduce casi a la nada el número de estudiantes de Historia en nuestras facultades universitarias, aumentan los títulos de novela histórica expuestos en las librerías. Qué digo aumentan: invaden los expositores de novedades, se hacen con las listas de libros más vendidos, lanzan a la gloria a sus autores. Como esto es una columna de periódico y no una tesis doctoral, me atrevo a formular una hipótesis atrevida para entender el fenómeno. La Historia ya no es un enigma en el que haya que adentrarse con el equipaje de la cautela en busca de su rostro verdadero. No es una ciencia en la que sólo tiene cabida lo comprobado, lo documentado, lo veraz, sino un bufet libre donde se puede meter la cuchara a voluntad. Un cuaderno de láminas para colorear al gusto del consumidor. Como decía Bioy Casares, con el tiempo lo ocurrido entra en la categoría de lo inventado y la Historia pasa a ser un género literario. Nada tengo contra la novela histórica trufada de ficción: ahí está la formidable 'La conjura contra América' de Philip Roth, a quien nadie en sus cabales tendrá argumentos para echar en cara que haya imaginado al aviador Lindbergh en la Casa Blanca ocupando el lugar de Roosevelt y firmando alianzas con Hitler. Pero a obras maestras como la de Roth acompañan por doquier auténticas mamarrachadas que, sobre mal escritas, entran en el pasado como elefante en cristalería haciendo creer al incauto lector que eso que lee pudo ocurrir realmente. Me he fijado en el escaparate de librería de unos grandes almacenes. La iconografía dominante en las portadas era muy gráfica: espadas toledanas, almenas de castillos, águilas, dragones, rayos saliendo de nubes negras, gárgolas, lagos humeantes, siluetas de encapuchados, trozos de códices, anillos con inscripciones enigmáticas, y todo ello con una estética a medio camino entre el videojuego y el decorado de cartón piedra de las viejas películas. En el siglo XVI, los autores de libros de caballerías se permitían licencias de inverosimilitud que sin embargo acabaron llenando de delirios los sueños de gobernantes y de conquistadores. Esta subliteratura de leyendas artúricas, cátaros, templarios y alquimistas no aspira a tanto. Sus beneficiarios se contentan con vender un buen número de ejemplares y asegurarse el siguiente contrato para otra estafa semejante. Quizá estarían en su derecho si no fuera porque han usurpado el papel de los historiadores, porque transmiten una idea equívoca del pasado, porque contribuyen a sembrar la incultura y la superstición. Con lo apasionante que es la Historia auténtica, uno no acaba de comprender la devoción por tanta historia puerilmente vapuleada y mixtificada.