«¿Espera, espera! Vamos a esperar un rato aquí. No quiero cruzarme con él. Vamos a dejar que entre en la tienda». Pilar Elías, viuda del concejal de UCD Ramón Baglietto, pide al fotógrafo y a uno de sus escoltas que permanezcan quietos dentro del portal del edificio en el que vive en Azkoitia. Su otro guardaespaldas, que está ya en la calle, acaba de avisar de la presencia a escasos metros de la salida de Kandido Azpiazu, condenado a 49 años de prisión por el asesinato del edil en 1980 pero que sólo cumplió 15 al lograr reducciones por buen comportamiento y trabajos en la cárcel.
Azpiazu, ataviado con zapatillas deportivas, un pantalón de chándal y una sudadera, descarga de una furgoneta estacionada sobre la acera varios paquetes que deja en el interior de la cristalería que regenta, bajo el domicilio de Elías. La viuda de Baglietto quiere ir al mercado de la localidad guipuzcoana que está a poco más de cincuenta metros de su casa a hacer unas compras, pero no tiene prisa. Prefiere aguardar unos instantes, lo justo para no cruzarse una vez más con quien participó en el asesinato de su marido.
La escena es un fiel reflejo del día a día de Pilar Elías, que por tercera legislatura consecutiva ejerce como concejal del PP en el Ayuntamiento de Azkoitia. La macabra situación se repite desde hace dos años, cuando Azpiazu -«'Candidito'» como ella repite y parte del pueblo le llama- adquirió la cristalería, montó su propio negocio y dejó su empleo de carpintero en una tienda de cocinas. Todo allí abajo, en el mismo edificio con más de una veintena de pisos que levantara el abuelo de Elías en 1942 y que durante décadas ha sido residencia de su familia.
«Ésta es mi casa, la de siempre. Aquí he vivido desde que nací. Yo no me he movido. Ha sido él quien ha venido. ¿Con qué intenciones? Eso es lo que me pregunto una y otra vez. Es la espinita que tengo. Creo que lo ha hecho para provocar», confiesa esta mujer, prototipo de etxekoandre. La compra-venta del negocio no sólo le provocó una punzada en la parte más oscura de sus recuerdos, sino que le hizo perder algún amigo. Pilar dejó de hablarse desde entonces con el anterior propietario, un gallego «trabajador y afable» con el que mantenía «una buena amistad». «No quiero cruzar más la palabra con él. Me ha dolido en el alma que le vendiera a él la tienda. Comprendo que el dinero es tentador, que quería jubilarse rápido, pero vendérsela a él...»
Las vidas de los Baglietto y los Azpiazu parecen mezclarse una y otra vez de forma trágica. El primer cruce de caminos fue a principios de la década de 1960. Kandido tenía 14 meses cuando Ramón Baglietto le salvó de morir, como su madre y su hermano de dos años, atropellado por un camión. Dos décadas después, aquel bebé era un joven de 19 años que tomó parte en el asesinato de quien evitó su muerte. «Él fue -rememora Elías- el que vigiló la salida de mi marido en coche desde el garaje, que entonces estaba donde ahora la cristalería. Le vi desde la ventana al otro lado de la calle». Fue la segunda vez en la que coincidieron. La tercera se repite, «como en una película de terror», desde hace algo más de dos años.
«Ni le conocía»
Pilar -a la que muchos apodan en Azkoitia «la de los patatero» en alusión a una visible verruga que su abuelo tenía en la cara- reconoce que es «muy duro» vivir en la actual situación, coincidiendo a diario con quien dejó huérfanos a sus dos hijos. Ella asegura que ha tratado de rehacer su vida sin preocuparse por el destino de quienes cometieron el atentado. «Físicamente no le conocía hasta que montó el negocio aquí debajo. Ni aun ahora sé cómo es su voz. Tampoco le voy a dar pie a que me hable», sostiene.
Sin embargo, en un municipio como Azkoitia, con poco más de 10.000 habitantes, es difícil no coincidir, y mucho menos no saber del otro «aunque sea por terceras personas». «Sé que en el pleno para constituir la Corporación tras las últimas municipales, él estaba en la primera fila, enfrente de mí. Me lo dijeron después. También me han comentado que nos hemos cruzado varias veces. Él quizá me reconociera. Yo a él, no. Sé que se ha casado y tiene hijos pero poco más. Me he ido enterando desde hace poco», explica sentada en el salón de su casa.
Pese a lo espinoso de la situación, Elías asegura que va a seguir con su actividad normal y cada vez que pasa por delante de la cristalería mantiene «la cabeza bien alta», aunque Azpiazu «se me quede mirando fijo, fijo». Hay momentos complicados de sobrellevar. Uno, esta misma semana, cuando la familia celebró, «como un año más desde que falleciera», el cumpleaños del patriarca de los Baglietto, reuniendo a hijos y nietos. Pero a la concejala del PP, cuando le azotaron los nervios fue el pasado 12 de mayo, el aniversario del crimen.
-¿Qué ocurrió?
-Aquel día fue horrible. Quise cruzarme con él, con 'Candidito', y llamarle asesino a la cara. Pero ese día no salió de la tienda. Pasé varias veces por delante del negocio pero yo no le vi. Me daba una rabia...
-Él ha cumplido su pena y tiene derecho a continuar con su vida.
-Yo no digo que no pueda hacer su vida. ¿Pero alguien puede ver lógico que a estas alturas, veinticinco años después de todo, pueda venir e instalarse debajo de mi casa?
-¿Qué le dice su familia, sus hijos?
-No hablamos de ello. Son cosas tabú en mi familia. Siempre he tomado mis decisiones y prefiero mantenerlos al margen.
-¿Y sus vecinos?
-Los mismos vecinos no salen de su asombro. Me respetan. Los propios vecinos fueron quienes me dijeron que 'Candidito' había comprado la cristalería.
-En el resto del pueblo, ¿cómo ha caído la noticia?
-Se hacen comentarios, pero a mí nadie me viene a hablar de forma directa. Algunos me han dado ánimos, pero aún hay miedo, aunque algunos digan que no. Sé la reacción de la gente de bien, que está conmigo. Aunque también sé que él (Azpiazu) va diciendo por ahí que el pueblo está con él. ¿Será su gente!... pero no todo el pueblo.
Elías ofrece, pese a todo lo sucedido, una imagen de mujer entera. Está convencida de que «en esto tengo razón». Y cree que su caso puede sentar un precedente y servir para que otros no pasen «por lo mismo que yo», aunque no conoce más situaciones como la suya, en la que víctima y verdugo tienen que verse las caras casi a diario. Ella se sincera y repite una y otra vez que es «imposible» comprender. «Parece el mundo al revés, ¿no? Algo de locos», insiste en varias ocasiones durante la charla.
Mientras el fotógrafo se esfuerza por obtener una imagen -«¿Huy! con lo poco que a mí me gustan las fotos», ha advertido Pilar Elías desde el primer momento-, Kandido Azpiazu permanece en el taller de su cristalería, consciente de la presencia de un par de periodistas. Minutos después rehusó hacer cualquier comentario a este diario. «No quiero hablar. Que ella diga lo que tenga que decir. Sin más», zanjó.