En su alocución de fin de año el lehendakari Ibarretxe afirmó la plena vigencia de la propuesta de nuevo Estatuto aprobada por el Parlamento vasco el 30 de diciembre de 2004 y rechazada por el Congreso de los Diputados apenas un mes más tarde. Un día antes había sido Joseba Egibar quien defendió la «vigencia absoluta» de dicha propuesta. Ignoro si alguno de ellos ha leído el reportaje que con el título 'El sueño de la inmortalidad' firmaba en este diario Iratxe Gómez el pasado jueves, en el que se reflexionaba sobre la viabilidad científica (más bien habría que hablar de inviabilidad) de la llamada criogenización: la conservación de cadáveres congelados a la espera de que, en un futuro, puedan ser devueltos a la vida. En el fondo, como señalaba el físico de la UPV Manuel Tello, la creencia en la posibilidad de conservar un cuerpo muerto en condiciones de ser revivido en un momento posterior tiene mucho que ver con el rechazo a aceptar que el ser humano está sometido a un tiempo biológico más allá del cual no puede sobrevivir. Lo mismo ocurre con los proyectos políticos.
El plan Ibarretxe ha permanecido demasiado tiempo en el congelador para que ahora pueda recuperarse como si nada hubiera pasado. Han ocurrido muchas cosas, cosas que hacen que el plan sea ya un asunto del pasado y, si se me permite estirar las palabras, huela a pasado. Lo cual tampoco es ninguna tragedia para nadie. Al contrario, es ocasión para intentar enderezar un proceso horrorosamente mal llevado. Por eso, resulta mucho más razonable la posición de Josu Jon Imaz, quien se ha limitado a constatar -¿qué remedio!- que el partido que preside defenderá de forma unánime las bases del plan Ibarretxe en una futura mesa para la normalización política, acotando así la dimensión real del citado plan: una propuesta de partido que, sometida a discusión junto a otras, no puede aspirar a ser otra cosa que una propuesta de partida mas.
Y ya que vamos de analogías científicas, otro diario, 'El País', publicaba el martes pasado la noticia de que un estudio de la Universidad de Tejas ha permitido comprobar que, frente a lo que acostumbrábamos a creer, animar a las parturientas a empujar durante las contracciones no disminuye de forma significativa la duración del parto. Y que, al contrario, esta práctica puede aumentar el riesgo de que las mujeres sufran problemas en la región pélvica. Como todo en la vida, también las realidades políticas se ven sometidas a leyes que determinan su existencia. Son pocas, pero son inapelables y señalan las posibilidades y los límites de la acción política. Si una de estas leyes certifica la mortalidad de los proyectos políticos, otra indica que ninguna propuesta cuya aspiración sea la de cohesionar una sociedad compleja puede nacer, mucho menos sostenerse, si no es fundada en la adhesión muy mayoritaria de esa misma sociedad a la que quiere articular. Y contra esta ley no hay empujones que valgan.
Como tampoco cabe lo contrario: intentar parar a empujones lo que está naciendo. Mal que le pese al jefe de la Fuerza Terrestre, José Mena Aguado, metido a abortista por la vía del artículo 8º. Que no.