La grave enfermedad de Ariel Sharon ha puesto fin a su participación en la vida política israelí. Con su retirada desaparece el penúltimo político de los llamados fundadores del Estado de Israel. Tan sólo queda Simon Peres, al que algunas encuestas dan como el candidato preferido tras Sharon para liderar un gobierno cuyo objetivo final sería alcanzar una paz definitiva -aunque no a cualquier precio- con los palestinos.
La figura de Ariel Sharon, al igual que la de Isaac Rabin y anteriores primeros ministros, encarna a la generación fundacional del Estado de Israel. Este 'sabra' -judío nacido en tierra de Eretz Israel- es hijo de judíos rusos que llegaron a Palestina en 1922 en el contexto de la tercera ola migratoria o 'aliya'. Si por algo se han caracterizado estos personajes es porque antes de iniciarse en la vida política pasaron con éxito por el Ejército, participando en las guerras que, mitificadas en no pocas ocasiones, diseñaron el Israel actual. Es decir, la guerra de la independencia en 1948, la guerra contra Egipto en 1956 y la de los Seis Días en 1967. Fue en el campo de batalla donde los fundadores se ganaron el prestigio. Si en el Partido Laborista David Ben Gurion e Isaac Rabin encarnaron, entre otros, esta figura, en el caso de las formaciones de derechas fueron Menahem Begin y Ariel Sharon los que forjaron primero su prestigio personal en la milicia israelí y más tarde saltaron a la arena política.
Bien se pude decir que con la desaparición de Sharon, al menos del escenario político, se pone fin a una generación mítica de personajes que han sido decisivos en la historia de Israel desde su fundación, en 1948, hasta nuestros días. Estaban revestidos de una autoridad moral muy por encima de la generación política actual, que les permitía actuar con una gran autonomía incluso en contra de las encuestas, como bien se pudo comprobar el pasado verano con la retirada de de las colonias judías de Gaza.
La escena política israelí vuelve a sufrir otro cambio, éste de mayor calado, después de la aparición el pasado diciembre de la formación política Kadima, la escisión del Likud liderada por Ariel Sharon. Sin duda, bien se puede definir como un cambio estructural de primera magnitud el hecho de que a partir de ahora la política esté protagonizada enteramente por la generación de los post-fundadores. Aquella que no participó en los primeros años del nacimiento del Estado de Israel, que carece de una biografía militar a la altura de la de los fundadores -en la mayoría de las ocasiones, sólo la propia de haber realizado el servicio militar obligatorio en el Tsahal (fuerzas de defensa)- y que tiene un perfil más civil que militar.
Está por ver si el proyecto Kadima que lideraba Ariel Sharon responde a un cambio de hondo calado o meramente coyuntural. Todas las encuestas le daban como rotundo vencedor en las elecciones del próximo 28 de marzo. En este momento las opciones del nuevo partido no son muchas, solamente una, seguir con el proyecto hasta los comicios y apostar fuerte por un resultado que, si no es una victoria, que bien podría darse, sea lo suficientemente digno como para convertirse en la segunda fuerza política del país. Lo que parece claro es que las riendas de esta formación política las tomará Ehud Olmert, la persona más cercana políticamente a Sharon. Los actuales componentes del partido no tienen otra alternativa, ya que volver al Likud parece muy improbable, ahora que además lo lidera Netanyahu.
Otra opción sería que los actuales dirigentes de Kadima se unieran al laborismo, aunque se trata de una vía si cabe más complicada que la anterior. Ante este escenario, Kadima sólo tiene una salida, 'tirar hacia adelante', como su propio nombre indica. Puede ser muy probable que veamos una campaña electoral en la que si bien no estará físicamente Sharon, Kadima, como depositaria de su mensaje político, utilice su imagen de forma simbólica para trasmitir una solución de continuidad entre la persona, necesariamente ausente, y su mensaje: alcanzar la paz con los palestinos. Si los dirigentes de esta formación muestran la capacidad suficiente para completar el tránsito y mantener la tensión de este legado político, ligando Kadima a la figura de Sharon hasta las elecciones del próximo marzo, tendrán muchas posibilidades de conseguir una victoria electoral. Si por el contrario no transmiten una imagen de unidad en torno a la herencia de Sharon, sus días estarán contados.
En cualquier caso, no hay que dar por muerta, ni muchos menos, a Kadima. Bien es cierto que no dispone de la estructura organizativa de los otros dos grandes grupos políticos, el Partido Laborista y los derechistas del Likud. Pero sí parece haber conectado con un gran número de ciudadanos israelíes, muchos de ellos antiguos votantes del Likud, que, ante la deriva de esta formación hacia la ultraderecha, añoran una opción política más centrada pero que, sobre todo, dé continuidad a la política que Ariel Sharon ha llevado a cabo en los últimos tiempos. De esta modo no habría que descartar que, tras las elecciones y siempre y cuando Kadima obtuviera unos buenos resultados, se constituyera una coalición de gobierno entre esta formación y el Partido Laborista de Amir Peretz, con el objetivo de alcanzar la paz con la Autoridad Nacional Palestina. No obstante, son muchas las incertidumbres que encierra la situación política israelí, y también las que se viven en el seno de las fuerzas palestinas, por lo que, una vez más, la política interna de Israel y, por lo tanto, la estabilidad de todo Oriente Próximo se caracteriza por un alto grado de volatilidad.