Enero viene frío. Habrá que abrigarse. Madrid, Barcelona y San Sebastián van a poner a prueba a un equipo peleado con la fortuna y consigo mismo. Atrás quedan las luces de Navidad, que se encendieron de manera tan esperanzadora como pasajera tras la victoria ante el Betis. San Mamés está otra vez de rebajas. Se lo llevan regalado. Vivimos tiempos paradójicos. Se habla de un aumento de la autoestima, de que el equipo muestra señales de mayor solidez y entereza, y se acaba tirando todo por la borda encajando goles de ópera bufa en un partido crucial. Algo no encaja. El esperado punto de inflexión no acaba de llegar. Por no tener, el equipo no tiene ni suerte. Y eso que la busca desesperadamente. Pero con eso no basta.
La apuesta de Clemente por un fútbol visceral, a golpe de riñones, hígado y pulmones, merece que la analicen el detective Grissom y sus chicos del CSI. La cabeza ha perdido peso específico en el cuerpo rojiblanco. Y así seguimos, haciendo de tripas corazón. El fútbol es un deporte que se piensa con la cabeza y se juega con los pies. No al revés. El diagnóstico de los famosos forenses de Las Vegas tras la autopsia del sábado sería simple. Suicidio colectivo. Después de un primer tiempo más que aceptable, emborronado por el enésimo regalo defensivo, el Athletic acabó haciéndose el harakiri con un segundo gol en contra que firmarían, y filmarían, los mismísimos Abbott y Costello. Dos autogoles y otro que no subió al marcador. Tres derrotas consecutivas tan injustas como evitables con un poco de cabeza. Un desgaste monumental sin recompensa. Un equipo golpeado en lo físico y en lo anímico. Y ahora, Bernabéu y Camp Nou sin tiempo para tomar aire. Si quieres taza, taza y media.
Hay que pararse a pensar. El sábado, tras el descanso, el desprecio por el control del centro del campo frente a una medular que tejía su tela de araña con lana (Duscher) y seda (Valerón), fue clamoroso. Y aunque en esa fase llegó el golazo de Urzaiz (de nuevo relegado al banquillo), empezó a fraguarse otro partido. La última media hora fue cruel. Sufrimos viendo a un Athletic impotente: descabezado, roto y desubicado. Son los riesgos de fiarlo todo al cuerpo a cuerpo. Puedes acabar grogui, dando bandazos y cazando moscas. Suena la campana y salimos como posesos en busca del intercambio de golpes sin recordar que tenemos la mandíbula de cristal. Dice el periodista argentino Juan Tazzini que los equipos de Pasarella «nadan o se ahogan, pero nunca flotan». Pues eso. A veces hay que aprender a flotar. Básicamente, para no hundirte.
Conclusión: la peor versión del 'Dépor' (no se puede ganar más haciendo menos) tumbó a un Athletic que se gusta más de lo que la lógica y la clasificación indican. Eran tantas las ganas de salir de la depresión general que nos atenazaba a todos (jugadores, aficionados, periodistas), que bastó un amago de recuperación para que empezaran a sonar clarines y timbales. Pero la carrera por la supervivencia va para largo. ¿Corazón?, siempre. Y de león. Pero no nos dejemos en casa ni los pies ni la cabeza. Los vamos a necesitar para salir de un pozo que no parece tener fondo.