No necesito conocer a los padres de Oihane y Aitor para imaginar el desgarro brutal e intransferible que estarán sufriendo. Para una madre, y para un padre, posiblemente la muerte de un hijo es lo peor que le puede pasar en su vida. Qué decir si son dos los hijos perdidos, si las víctimas son dos criaturas que apenas acababan de asomarse a la vida.
Hay en la existencia de todos los humanos un punto de azar. Azar con buenas consecuencias, que nos salva de tragedias o enfermedades, que nos permite llegar a la edad madura sin mayores problemas; y azar que cae del lado malo, que nos corta de cuajo la ilusión recién estrenada, la mayor ilusión: la que proyectamos en nuestros hijos, en dos criaturas para las que todo lo que les rodeaba en la vida era nuevo o estaba por aprender. Al azar nadie le puede echar la culpa, se produce de forma caprichosa, por eso es azar, y por mucho que luego los padres nos dediquemos a rumiar los detalles del accidente y a buscar culpas en nosotros mismos, o en los otros, su arbitrariedad resulta impredecible. Nadie es culpable del azar. Estos dos padres, sin duda desbordados ahora por una realidad abrumadora y excesiva, no deberían añadir más dolor aún con eventuales autorreproches. No son culpables de nada y, además, no les cabe más dolor.
Lo terrible en la muerte de Oihane y Aitor es que no podemos hablar sólo de azar. Hace cinco años, ¿cinco!, que los vecinos de la zona habían denunciado el contrasentido de que hubiera un paso de cebra sólo unos metros antes de otro paso de peatones, regulado éste por semáforo. Estaban dados todos los ingredientes para que la tragedia ocurriera y ésta había sido avisada por los vecinos. Los conductores se guiaban por el semáforo y no se percataban de que existía unos metros antes un paso de peatones en el que tenían que parar obligatoriamente, aunque la luz que vieran de forma más clara estuviese en verde. Los vecinos habían denunciado el peligro de accidente desde hace cinco interminables años. En esos cinco años, ni el Ayuntamiento de Bilbao ni la Diputación de Bizkaia, instituciones que alardean de estar muy pegadas a la realidad de los ciudadanos de la capital y de la provincia, habían movido un dedo para corregir semejante despropósito. De manera que el azar es el que ha elegido a Oihane y Aitor, pero la negligencia, la incompetencia, es del Ayuntamiento y de la Diputación, que son los que han permitido que estos dos niños, u otros dos, o tantos como habrán pasado por ahí, pusieran en riesgo sus vidas en el sencillo trámite de cruzar por un paso de cebra en un país desarrollado.
Leo en este periódico la crónica de la manifestación silenciosa que acompañó al duelo, de la marcha en la que un puñado de bilbaínos han tratado de rodear de cariño a esos padres rotos para siempre, y me resulta difícil concluir la lectura. El silencio, las flores, el llanto, los besos de la madre a sus hijos; esos besos en los lugares en los que perdió a sus hijos. Por si no tuvieran bastante estos apenados padres, la pérdida de sus dos hijos se produjo cuando miles de niños como los suyos esperaban con ilusión la llegada de los Reyes Magos, en vísperas de esa noche de emoción y nervios que precede a la alegría. No caben más detalles del horror. Del dolor.
Los padres de Oihane y Aitor no se van a recuperar en su vida de este tremendo topetazo que ha partido la de sus hijos cuando estaban en flor. Quizá su tercera hija, la mayor, de 9 años, sea el bálsamo que pueda atemperar tamaño desgarro. Depende de la intensidad de la solidaridad de los más cercanos, de los vecinos, de su permanencia en el tiempo, el que esta familia pueda encontrar algún tipo de alivio que le haga más llevadera la vida cuesta arriba que acaban de empezar. Dependerá también de que, a partir de ahora, el Ayuntamiento de Bilbao y la Diputación de Bizkaia se pongan manos a la obra y arreglen no sólo ese maldito paso de peatones, sino todos los puntos negros que pueda haber en las carreteras de la capital y de la provincia. No parece muy racional que tengan que morir dos niños para que las autoridades se den por enteradas de que hay un problema en un paso de peatones. Parece un peaje demasiado caro. Además, la Diputación de Bizkaia es posiblemente la entidad uniprovincial de España que cuenta con mayor presupuesto. No puede ser, por tanto, un problema de dinero, máxime cuando -como denunciaba una de las asistentes a la marcha- Bilbao lleva, desde hace tiempo, disfrutando de una bonanza económica que le permite abordar obras faraónicas.
Nada de lo que se haga va a devolver la vida a Oihane y Aitor. Nada de lo que se haga podrá curar el abismal y vertiginoso dolor de sus padres. Pero sí se podrá aplicar algún bálsamo a ese calvario, imposible de sufrir con la misma intensidad desde fuera. Sí será posible que, al menos, les quede a los padres de Oihane y Aitor el magro consuelo de que, después de esta doble, redundante muerte, se han corregido todos los puntos negros que puedan existir no sólo en esta capital y en esta provincia, también en todas las capitales y provincias del resto de España. Que no mueran más niños por esto. El azar forma parte de nuestras vidas, pero no conviene darle facilidades.