Es justo reconocer que el ejercicio del museo Guggenheim Bilbao ha sido ciertamente bueno, lo cual debe de atribuirse por encima de todo a una gestión profesional y rigurosa, cosa no demasiado frecuente por estos pagos en materia cultural. De hecho, las cifras presentadas son el claro indicador de una gestión que armoniza con eficiencia el criterio público con el privado y el social con el cultural y el mercantil.
Obviamente, siempre se puede afirmar que el número de visitantes nacionales o el de los procedentes del propio País Vasco deberían ser superiores, lo cual obliga a una mejora en la comercialización y el marketing en esos segmentos. En todo caso, se trata de cifras que no sólo son globalmente positivas, sino que encima se compensan con los excelentes datos de los visitantes extranjeros, de la participación en los programas educativos y de ese número de los amigos del museo cuya importancia es decisiva a la hora de comprobar la urdimbre social del mismo. Buenos datos, igualmente, los de una tasa de autofinanciación que constituye tanto la marca de calidad del museo, como la demostración de que la colaboración pública-privada puede ser provechosa cuando la política deja paso a la cultura sin manipulación.
Una pena, por eso mismo, que todas estas cifras positivas y transparentes se vean embarradas por la obcecación de una Consejería de Cultura que sigue desprestigiando al museo con su negativa a revelar los precios de las obras adquiridas con el dinero de todos los ciudadanos.