El Correo Digital
Miércoles, 11 de enero de 2006
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DEPORTES
ANÁLISIS
Películas
Esta temporada es una película de miedo que se está haciendo ya demasiado larga, y vamos por la mitad. Una película escrita por un guionista exagerado y con poca imaginación, dirigida por un realizador que usa trucos viejos reiteradamente. El público recibe sustos tan frecuentes que ya son previsibles. La película es tan inverosímil que no hace gracia ni siquiera a quienes van al cine a sufrir y prefieren que las cosas sean difíciles, una sucesión de desgracias, para alegrarse así cuando acaban bien. Los héroes ahora mismo no están en el césped sino en la grada. En la grada sí que se pasa miedo. Lo verdaderamente heroico es el comportamiento del público, que anima, aplaude, confía, se enfada pero busca cualquier resquicio para la esperanza. La prensa y los protagonistas hablan piadosamente de desgracia o mala suerte, pero los goles en propia puerta ante el Dépor fueron, sencillamente, incomprensibles torpezas, que se suman a una larga serie que ya parece interminable. Esos dos goles no es que sean inadmisibles en el guión de una buena película, es que no caben en una de esas de medio pelo que se han hecho últimamente con el fútbol como pretexto. Esos dos goles fueron tan disparatados como los que marcaba Paulovsky, aquel científico ruso al que, en una comedia española de los sesenta, confunden en el aeropuerto con un futbolista de importación. El gran Paulovsky era nada menos que Fernán Gómez y sus goles increíbles carambolas, pero al menos los metía en la portería contraria. Los goles en propia meta contra el Dépor fueron de cine cómico, de película de Charlot. Sí, ya sé que no lo hicieron aposta, sólo faltaría, pero ya está bien de lo mismo, partido tras partido, ya está bien del cumplimiento inexorable, como si fuera una maldición, de aquella gracia de Di Stéfano, cuando no pedía gran cosa a los porteros de sus equipos (en este caso podría hablarse del portero y los centrales), no les pedía que parasen las que iban adentro, tan sólo que por lo menos no se metieran ellos mismos las que iban afuera. Ya está bien de cataplasmas e interpretaciones psicologistas (la responsabilidad, el estrés, la adrenalina, la ansiedad,...). Todo eso viene de ver demasiados telefilms. Cuando se tienen veinte años y se vive estupendamente siendo un millonario héroe local, y se tiene la vida resuelta trabajando unos pocos años en algo divertido, cuando se recibe tanto afecto sólo por jugar, no hay que darles demasiadas vueltas a las cosas. A lo peor todos hemos contribuido a que los jugadores se vuelvan nerviositos, con tantos paños calientes, tratándoles con condescendencia, como si temiéramos agravar la situación si llamamos a las cosas por su nombre, mimándoles como si fueran instintivos purasangres o blandengues boy-scouts. A lo peor no les ayudamos con tanto paternalismo y tal vez les convenga recibir alguna fresca cuando se la merecen, como el pasado sábado, en lugar de tanta palmadita comprensiva. A esos aficionados, que van al campo o se ponen ante el televisor sabiendo de antemano que les va a tocar sufrir, no les permitirían en sus trabajos, sin una reconvención, errores tan graves como esos dos goles de película de risa, de vídeos de primera, de artistas contra toreros, de solteros contra casados.



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