El presidente del Gobierno nos exige demasiado. Ayer aseguró que va a tomar la decisión final acerca del destino de la OPA de Gas Natural sobre Endesa con una «tranquilidad enorme», lo cual nos tranquiliza, a su vez, ya que si hubiese estado nervioso desde que se lanzó la operación, el 5 de septiembre, lo más probable es que para estas horas hubiese sufrido un infarto agudo de miocardio. Pero luego la cosa se tuerce cuando justifica su tranquilidad en que él «ni quita, ni pone presidentes de empresas». Y eso es pura y simplemente una mentira muy gorda. Con un poco de buena voluntad, se podría aceptar que su Gobierno no tuvo nada (sustancial) que ver con el asalto sobre el BBVA, pero es imposible apartarle de la decisión ni exonerarle de responsabilidad en los cambios ocurrido en, al menos, las presidencias de Red Eléctrica y de Repsol.
Desde luego, las varas de medir que utilizamos en la política para juzgar los comportamientos respectivos son muy diferentes. Por ejemplo, en este caso se utilizan un palillo y una pértiga. Cuando tú pones a un amigo al frente de cualquier empresa o institución es un acto de vulgar nepotismo; pero, cuando lo pongo yo, se trata de la búsqueda perfecta de la eficacia. Cuando un monopolio empresarial o un centro de poder lo controlas tú, constituye un ataque imperdonable a la equidad y una afrenta intolerable a la competencia. Cuando lo controlo yo, se trata de garantizar que somos un país potente con empresas fuertes y sólidas.
De verdad, Zapatero: apruebe usted la OPA -que lo va a hacer porque te conviene-, pero no nos obligue a comulgar con ruedas de molino; o, ya que hablamos de energía, con álabes de turbina.