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Miércoles, 11 de enero de 2006
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La prensa de EE UU silenció el secuestro de una periodista 'infiltrada' en Irak
Los medios encubrieron la noticia para facilitar los intentos de negociación Jill Carroll, que aprendió árabe y vestía túnica negra, fue capturada el sábado
Jill Carroll.
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Durante tres días, el primer secuestro de una periodista estadounidense en Irak parecía, para quien hubiera visto la noticia perdida en alguna agencia europea, una alucinación, ya que no fue recogida por los medios de comunicación estadounidenses. Ni siquiera por el 'Christian Science Monitor', al que estaba asignada en el momento de la captura, según la escueta nota de Reporteros Sin Fronteras. Ayer la noticia estalló en EE UU con una explicación: los medios pactaron para encubrir este secuestro y facilitar así los primeros intentos de negociación, de los que nada se sabe.

Sólo ahora se puede cotejar que Gill Kelly, como la identificó erróneamente el sábado la organización francesa, se llama en realidad Jill Carroll. La joven, de 28 años, vio la oportunidad de convertirse en corresponsal extranjero cuando fue despedida de 'The Wall Street Journal' hace tres años, donde trabajaba como asistente de periodista. En la Casa Blanca sonaban con claridad los tambores de guerra, por lo que Carroll, con seis meses de anticipación, buscó trabajo en la sección de negocios del diario 'The Jordan Times'.

Su objetivo era aprender árabe antes de su inmersión iraquí, para la que decía no tener prisa. Carroll no se mudó a Bagdad hasta octubre de 2003, casi seis meses después de que George W. Bush diera por terminados los combates. Entre los medios para los que ha colaborado, destacan la agencia de noticias italiana Ansa, el diario 'The San Francisco Chronicle' y 'The Washington Post'.

Se tiñó el pelo de negro con 'henna', se deslizó en una túnica negra y se enfundó la característica toquilla musulmana. Con este atuendo y sus conocimientos de árabe entrevistaba a iraquíes por las calles de Bagdad.

Era cuestión de tiempo. La emboscada del sábado estaba perfectamente planeada, según su chófer, que sobrevivió al incidente. La periodista creía tener a las 10 de la mañana una entrevista con Adnan al-Dulaimi, prominente político suní, que no sólo no era consciente de tal cita, sino que a esa hora tenía una conferencia de prensa en otro lugar. Tras esperarle veinticinco minutos, Carroll decidió retirarse. A menos de 300 metros, un hombre bien vestido detuvo el coche a gritos. En cuestión de segundos, sus compañeros sacaron de un empujón al chófer y se introdujeron junto a la periodista y su intérprete. «No duró más de 15 segundos», contó el conductor. El hombre que le había interceptado se quedó para despedirle con desprecio. «Lárgate de aquí, bastardo», le dijo antes de disparar junto a él.

Su traductor, asesinado

Tres horas después alguien recibió una llamada que procedía del móvil de la periodista. «La persona a la que pertenece este teléfono está muerta, ¿pueden venir a recogerla?» decía la voz al otro lado. En realidad, el teléfono había sido encontrado en el cuerpo de Allan Enwiyah, su traductor de 32 años, asesinado de dos tiros en la cabeza a pocas manzanas.

«La habilidad de Jill para ayudar a que otros entendiesen los temas a los que se enfrentan todos los grupos en Irak ha sido invaluable», escribió el director del 'Christian Science Monitor', Richard Bergenheim. «Buscamos urgentemente información sobre la señorita Carroll y estamos explorando todas las posibilidades para asegurar su liberación».

La joven se convertía así en la periodista número 31 secuestrada en Irak, una parte de los más de 250 extranjeros y miles de iraquíes que han sucumbido a la industria del secuestro.



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