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Miércoles, 11 de enero de 2006
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SOCIEDAD
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La compasión inteligente
Cuando el corazón se conmueve por el sufrimiento ajeno, está favoreciendo la creación de vínculos cooperativos y de solidaridad que contribuyen a la conservación de la especie
Uno de los conflictos interiores que asaltan al individuo contemporáneo viene originado por la sobrecarga de informaciones dolorosas recibidas a través de los medios de comunicación. Cuando los telediarios se inflaman de imágenes catastróficas y los periódicos chorrean sangre, ¿se puede pedir al ciudadano de hoy que haga suyo todo ese dolor de sus semejantes? Si sufriéramos como propios todos los infortunios ajenos de los que tenemos noticia, es probable que nos sumiéramos en la depresión y el abatimiento. Para ser felices nos es necesaria una cierta dosis de indiferencia que nos permita tomar distancia frente al dolor. Vistas así las cosas, llegaríamos a la conclusión de que los seres compasivos sin límite son seres desdichados.

La compasión ha sido una virtud tan valorada como denostada. El budismo, que la coloca en lo más alto, considera que representa la actitud espiritual fundamental, dado que el mundo es esencialmente dolor. Las tres grandes religiones monoteístas -judaica, cristiana e islámica- le han dado gran importancia; para ellas, la misericordia es un atributo divino que, en manos humanas, dignifica en grado sumo a quien la practica. También los primeros códigos jurídicos conocidos le adjudicaban un papel clave a la hora de impartir justicia, hasta el extremo de considerar que la verdadera justicia no podía darse sin el concurso de la compasión.

¿Una pasión inútil?

No sostienen lo mismo algunos filósofos, empezando por Platón. Para el moralista francés La Rochefoucauld, la compasión es «una pasión que de nada sirve para la interioridad de un hombre excelente» y que «debe ser dejada para el pueblo», más necesitado de pasiones que de razón, según él. Coincide en parte con Spinoza: «En el hombre que se guía por la razón, la compasión resulta de suyo mala e inútil». Con más sutileza, Kant se inclina a prescindir de ella en su 'Crítica de la razón práctica' porque observa que a menudo se impone sobre la reflexión y el deber, impidiendo la toma ponderada de decisiones.

Compadecer es sentirse afectado por el sufrimiento de los demás, acompañar al otro en su dolor o en su desgracia. Es un sentimiento natural que empieza a prender en la persona de forma espontánea muy tempranamente, a los 24 meses de edad; a partir de ahí van surgiendo los impulsos que hacen cuajar conductas de ayuda. Es decir, tal como explicaba Rousseau, la compasión es un sentimiento que se prolonga en un hábito. Al parecer, uno de los hitos determinantes en la evolución humana -el paso del Neanderthal al 'homo sapiens'- viene marcado por la adquisición de la capacidad de compadecer, lo cual permitió al sapiens crear vínculos afectivos comunitarios.

El error está tal vez en quedarse en la mera lástima hacia el otro, que es una especie de 'compasión incompleta' puesto que, en vez de impulsar a la acción reparadora del dolor, ejerce un efecto paralizante tanto respecto a la causa que la inspira como sobre la persona que la experimenta. Llorar ante el sufrimiento ajeno puede ser una enternecedora demostración de sensibilidad, pero muchas veces se queda en coartada para aparentar una solidaridad puramente externa y superficial. La compasión, en efecto, es a menudo una de las máscaras tras la que se esconde la hipocresía tranquilizadora de conciencias. Pero cuando alguien se siente verdaderamente afectado por el dolor de los demás, por regla general trasciende el sentimentalismo y busca la justicia.

Es entonces cuando la compasión ingresa en el terreno moral. No sentimos piedad por el doliente sólo porque su dolor nos cause desazón o malestar. Como explicaba el filósofo Aurelio Arteta en su excelente libro 'La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha', hay una compasión activa, creadora, apasionada, que deriva de la inteligencia afectiva y se sostiene en la conciencia de la dignidad del otro.

Instinto de supervivencia

Los seres humanos estamos programados para compadecer a nuestros semejantes, aunque también lo estemos para defendernos del dolor. Es una manifestación más del instinto de supervivencia. Las conductas altruistas -sostiene Luis Rojas Marcos- no son ni paradojas ni misterios, sino acciones consistentes con las fuerzas de adaptación y de evolución natural de la especie. Cuando la compasión activa se interesa por el sufrimiento ajeno, está favoreciendo la creación de vínculos cooperativos y de solidaridad que, desde el punto de vista darwinista, favorecen la conservación de la especie.

Pero, volviendo al dilema inicial, ¿cómo armonizar el sufrimiento compasivo con el derecho a la propia felicidad? ¿No será la compasión un sentimiento destructivo y, por tanto, contraproducente en muchos casos? A veces sí. Si uno entra en el quirófano para ser operado a vida o muerte, no quiere ver al cirujano llorando a moco tendido porque se compadece de nuestra suerte: es mejor saberse en manos de un profesional frío, metódico y calculador. Sin embargo, según José Antonio Marina, la compasión es también un recurso personal de mejora y crecimiento, porque genera conductas de cuidado, de lucha contra el dolor de las que todos resultamos a la larga beneficiarios. Nuestra suerte no sólo se dilucida egoístamente en el campo íntimo, sino que también juega en el terreno social. Y en esta dimensión, dice Marina, «si no salvo mi circunstancia, no me salvo yo».



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