El Correo Digital
Viernes, 13 de enero de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
OPINIÓN
ARTÍCULOS
Zoom
Uno de los signos de los tiempos es la pérdida de distancia. Poder ver la cabeza de un ácaro del tamaño de un rostro humano, por ejemplo. Eso no se había visto nunca antes. Por una parte, abre la puerta a nuevos y divertidos espantos, por otra resquebraja las viejas coordenadas de la realidad. Ahora mismo hay un programa en Internet llamado 'Google Earth' (un programa totalmente gratuito que cualquiera puede instalar en su ordenador), que ofrece una imagen actual de cada metro cuadrado del planeta. Sólo con hacer clic, uno puede ir acercándose a cualquier calle o edificio del mundo. La nitidez llega a ser tan impresionante que las fuerzas de seguridad americanas están angustiadas por las posibilidades que ofrece. Para bien o para mal, nuestro aparato psíquico se adapta velozmente a las características de las tecnologías que utiliza. Por eso, otro de los signos de la época (quizá sólo un efecto perverso de lo anterior) sea la apremiante necesidad de olvidar. De la misma forma que aprendemos a hacer clic para traérnoslo todo a quince centímetros de nuestras narices, aprendemos también a borrar, a eliminar, a vaciar la memoria constantemente. Tan pronto ansiamos como estamos hastiados. Las imágenes y los acontecimientos resultan baratos. Y por tanto efímeros. Un par de segundos después ya están demasiado vistos. Se acumulan demasiado deprisa y de repente, abarrotan la papelera de reciclaje. Por eso nos dan tantas facilidades para olvidar. Porque es preciso. Lo mismo ocurre ya con la política. La vemos amplificada. Y la respuesta a ese exceso es el alejamiento instintivo. De hecho, lo que da consistencia a la política de hoy en día es precisamente su puesta en escena. Su representación ante las cámaras. Su aspecto deliberadamente publicitario. La negociación del Estatuto catalán es importante en ese sentido porque va a marcar las pautas de actuación de futuras reformas estatutarias. Pero deja en evidencia la distancia cada vez mayor que existe entre la clase política y los ciudadanos. Se escenifica simultáneamente a dos niveles: por una parte, se valora mucho la buena voluntad, el ambiente cordial y todo tipo de gestualidad afable que sirva para expresar el mutuo interés de las partes en que todo salga bien. Pero, por otra, se acentúa el enorme desencuentro casi insalvable, el tremendo cansancio que produce la más mínima aproximación, lo fatigoso que resulta, un día tras otro, llegar a acuerdos. Al final, sencillamente, todo se va despejando sin que la dilación del proceso perjudique en realidad a nadie. La escenificación de la dificultad es esencial para dar prestigio al resultado. Una negociación sencilla y rápida habría causado una impresión deplorable.



Vocento