Desde 1990, Naciones Unidas busca reflejar cada año el bienestar social en un Índice de Desarrollo Humano (IDH) que excede lo económico. A lo largo de décadas y teorías diversas de desarrollo, el reto que mayor vigencia ha mostrado al efecto es el de intentar superar la miseria física extrema mediante la satisfacción universal de las necesidades vitales básicas. Cubrirlas sigue siendo aspiración común de individuos e instituciones que afrontan con ansias de responsabilidad y justicia el desarrollo humano. Es en este conjunto de urgencias materiales -de alimentación, vestido, higiene, salud - donde destaca la Habitabilidad Básica (HaB), pues su logro es el que mejor garantiza el conjunto de factores (expectativas de vida, educación y renta) integrantes del mencionado desarrollo, hasta el punto de resultar intercambiables IDH y HaB.
Habitar tiene un carácter unificado y global que se extiende a todas las demandas residenciales: no sólo a la casa familiar, sino a todo el entorno externo de espacios públicos y servicios que, en conjunto, conforman cada núcleo de población; y también al transporte y resto de infraestructuras generales necesarias para el funcionamiento eficiente del sistema de asentamientos en el territorio habitado que, en última instancia, es el que avala la reproducción saludable de las personas.
Mientras el resto de los animales se adaptan al medio, los humanos adaptamos el medio a nuestra singular naturaleza racional, que rebasa lo biológico. Este nuevo medio artificial reobra a su vez sobre nosotros y progresivamente nos transforma. Ésta es la clave de nuestra vital naturaleza histórica frente al ser arcaico del resto de las cosas, que -pese a la evolución de las especies- permanecen esencialmente idénticas a sí mismas. Singularmente pues, somos co-protagonistas de nuestro destino. Buena huella de esta disparidad cualitativa son las casi cuatro décadas de expectativa de vida en que aventaja la Europa comunitaria al África negra; y, por encima de cualquier otra consideración, son las condiciones de asentamiento y habitabilidad las que marcan esta diferencia.
Naciones Unidas cifra ahora en más de un tercio de la demografía mundial los habitantes que, asentados en la marginación, son incapaces de cubrir por sí mismo sus necesidades mínimas de cobijo. Entre ellos están los denominados 'sin techo', más de 100 millones de personas que viven de forma errática; y los desplazados, más de 30 millones, que se alojan en campamentos eventuales. En lo relativo a las viviendas: 925 millones de personas viven en chabolas y cobijos urbanos; y se estima que una cifra superior -aún sin determinar- lo hace en chozas rurales aún más precarias. Más allá de las necesidades de vivienda, los pobladores de barrios-tugurio y del medio rural aislado que carecen de agua potable a menos de trescientos metros de su cobijo ascienden ya a 1.300 millones, y los que no disponen de ningún saneamiento, ni siquiera de la más elemental letrina seca, sobrepasan los 2.500 millones. Pero para llegar a sopesar la auténtica envergadura del problema hay que referirlo además a los dos condicionantes estructurales del descontrolado proceso de asentamiento mundial: las abrumadoras -aunque con tasas a la baja- demografías del presente y la imparable urbanización mundial. Sólo así se aclara la complejidad consustancial al problema que nos permite ver más allá de la acostumbrada retórica.
En lo relativo a la demografía, el crecimiento neto de la población mundial está aún en la vertiginosa cifra de 76 millones de habitantes por año; lo que significa tener que proveer cada mes de nueva habitabilidad a una población semejante a la de las metrópolis de Madrid y Barcelona juntas. Y en lo que concierne a la urbanización: a principios del siglo pasado sólo vivía en ciudades el 10% de la población mundial, hoy ya lo hace el 48% y en 2030, presumiblemente, superará el 61%; lo que supone tener que alojar a una población urbana nueva de unos 55 millones de ciudadanos/año durante los próximos veinticinco años. Y el paso de lo rural a lo urbano implica el de los servicios privados y aislados a los públicos que funcionan en red.
Como alternativa pragmática a este conjunto de déficit hemos definido la HaB. Se trata del mínimo admisible, de una especie de pobreza decorosa, que no hipoteca su perfeccionamiento y futuro desarrollo, sino que prevé desde el origen de todo asentamiento su mejora progresiva por los propios pobladores. Alcanzar tal nivel elemental resulta, además de un difícil desafío, condición ineludible para que esos miles de millones de personas no vean objetivamente cegada su esperanza.
Dados los excelentes resultados conseguidos con este tipo de proyectos de desarrollo cuando se han utilizado como herramientas de lucha contra la pobreza, tanto el sector público como el privado deberían extremar su voluntad de cooperar en el difícil objetivo de universalizar la HaB. Pero tal reto requiere, a la vez, un cambio de escala y de actitud. De escala porque sólo generalizando estos proyectos, hasta ahora meramente testimoniales, de -las llamadas- buenas prácticas se podrá actuar al nivel que precisa el problema; y de actitud porque únicamente aunando voluntades y libre responsabilidad se podrá alcanzar este desiderátum.
Como bien señaló Popper, «todo hombre es libre; no porque haya nacido libre, sino porque ha nacido con la carga de la responsabilidad de decisiones libres». Es aquí donde estos logros de habitabilidad muestran su gran potencial de transformación, de las estructuras residenciales y de sus pobladores; que verán realizar sus potencialidades al capacitarse para poder auto-construir sus lugares habitables. De quien alcance esos niveles básicos de habitabilidad podremos decir pues que ha superado ya la miseria material y, también, que ha dado un gran paso para erradicar el otro elemento constitutivo de la pobreza, la ignorancia propia. Hemos de felicitarnos pues de que la HaB figure ya por primera vez como uno de los pilares centrales del Programa Español de Cooperación al Desarrollo, pues su universalización resulta así un requisito material indispensable para poder conquistar alguna vez la civilización basada en la razón común que -¿ojalá!- acabe por facilitar el consecuente despliegue del espíritu bondadoso, pero enérgico, que tanto necesitamos ahora.