El Correo Digital
Sábado, 14 de enero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
¿Nos fuimos realmente de Irak?
Nos fuimos realmente de Irak? No es ésta una pregunta ociosa, a la luz de los recientes acontecimientos: Naves de guerra españolas deambulan por el Golfo Pérsico integradas en grupos de combate norteamericanos, colaborando en sus operaciones bélicas contra Irak, todo ello mientras Estados Unidos despliega su arrogancia prohibiéndonos venderle armas a Venezuela, pese a que ellos mismos venden muchas armas a este país; grupos islamistas reclutan en España a voluntarios para operaciones suicidas en Irak; el antiguo gobernador norteamericano de Irak publica un libro donde nuestras tropas son tratadas de vagos para arriba. Pero vayamos por partes.

El embrollo de la fragata española integrada en una fuerza aeronaval norteamericana es algo que necesita una explicación clara. Se podría argumentar que se trata de un gesto de apaciguamiento o una compensación a los norteamericanos por la retirada de nuestras tropas, pero semejante hipótesis tiene demasiados agujeros: Cuando la ofensa (la brusca retirada de nuestras tropas) es pública, la reparación ha de ser igualmente pública o carece de valor. Por otra parte, lo que Estados Unidos necesita por encima de todo son tropas de tierra. Las enormes sumas destinadas a defensa han terminado en los bolsillos de los contratistas de armamento, que le venden al ejército equipos cada vez más complejos y caros mientras que el total de efectivos disminuye. Éste es el gran punto débil del poderío militar norteamericano: mucha tecnología pero poca infantería. De esta manera es muy fácil invadir países pero muy difícil mantenerlos sometidos. La manía de la privatización a ultranza ha desmantelado los servicios auxiliares y la logística traspasándoselas a contratistas privados, léase mercenarios, supuestamente más eficaces pero en la práctica más caros, escasamente fiables cuando comienzan los tiros, todo ello en beneficio de unos pocos empresarios vinculados a la actual Administración.

En este contexto, se comprende que Paul Bremer exigiese a nuestras tropas en Irak que se involucrasen en los combates. Le hacían mucha falta esas tropas y cualesquiera otras que pudiera conseguir. Bremer disponía de 140.000 soldados cuando sus consejeros militares le decían que iban a necesitar medio millón. El Gobierno de Aznar intervino en Irak, entre otras razones, porque consideraba que España era una gran potencia y que debía tener una política exterior acorde con su elevado rango. Sin embargo, Aznar había creído las ensoñaciones de la Administración Bush, según las cuales los norteamericanos iban a ser recibidos como libertadores. Por lo tanto envió a nuestras tropas en una típica misión de paz, para tareas de reconstrucción y mantenimiento del orden. Lo que se encontraron fue una guerra a fuego abierto y un 'aliado' norteamericano que lo único que deseaba realmente de sus coaligados, españoles y británicos incluidos, era carne de cañón. Bush ignoró las quejas de Bremer, pues España era una de las pocas naciones de cierta importancia en la coalición, de manera que la presencia de nuestras tropas le suponía una importante baza propagandística aunque no luchasen.

Las afirmaciones de Bremer no son nuevas. Los militares ya habían explicado lo frías que se habían ido volviendo sus relaciones sobre el terreno con los norteamericanos a medida que los nuestros se negaban a participar en operaciones ofensivas contra los insurgentes. Por otra parte, no debemos olvidar que Bremer fue el principal responsable de desorganizar la ocupación norteamericana de Irak, despidiendo en bloque a todo el ejército y a toda la administración civil, dejando el país en el caos, empujando a miles de personas a la desesperación, sin mas opciones que lanzarse a la lucha. Un hombre con semejante historial debería quedarse callado en vez de atreverse a criticar a los demás.

Todas estas polémicas pueden resultar apasionantes, pero son poco relevantes. Mucho más grave es el reclutamiento de suicidas en España, pues estas redes ahora desmanteladas y otras similares, que sin duda existen o existirán pronto, al final mirarán a su alrededor y descubrirán que no merece la pena viajar miles de kilómetros para cometer el atentado cuando pueden hacerlo en la misma España. Que nos hayamos largado de Irak les dará igual. Ya buscarán otra excusa: Somos un país occidental, tenemos bases norteamericanas, relaciones diplomáticas con Israel, soldados en Afganistán, Al-Andalus es tierra islámica perdida, tenemos una fragata en el Golfo Pérsico, nuestro Gobierno ha dicho o ha hecho algo que no les ha gustado... ¿Qué más da!

Frente a esta amenaza, ¿qué defensa tenemos? No faltará algún bestia que resuelva el asunto con un método simple: echar a todos los musulmanes de España. Aun pasando por alto la viabilidad o la clamorosa injusticia de semejante barbaridad, daría igual. Los terroristas entrarían en España de forma clandestina o fingiendo ser de otra religión, o más fácil todavía: nos atacarían en el exterior, como en el atentado de Casablanca.

Sólo existe una forma de acabar con el terrorismo islamista: los propios musulmanes deben renegar de estas facciones fanáticas que no les ofrecen más que un callejón sin salida, pero tal cosa únicamente sucederá cuando el mundo islámico resuelva su actual crisis, abrace la modernidad con todas sus consecuencias y escape del subdesarrollo. Pero todo este proceso ha de ser endógeno. La democracia no puede imponerse por la fuerza desde el exterior. Con todo nuestro poder, lo mejor que podemos hacer los occidentales es no estorbar.



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