El Correo Digital
Sábado, 14 de enero de 2006
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CULTURA
A PROPÓSITO
Año musical
Hemos dejado atrás el Año de la Física personificada en Einstein y entramos en el Año Mozart. Saltos conmemorativos de las Ciencias a las Artes. La peluca del genial músico ocupará el lugar de la melena encrespada de indomables canas del sabio científico, su célebre imagen con los pelos de punta como dicen que se ponen cuando se ha visto de cerca al lobo, es decir, al espanto. Albert Einstein ejerció de violinista en el tejado sobre la selva de asfalto de Nueva York, un urbanizado zoo abierto donde se intenta domesticar la fiereza humana y desde las alturas puede que aquel genio pensara que todo en ese mundo de abajo era relativo menos la música.

La música amansa las fieras pese a que lo desmiente de siempre la música militar que enardece para la batalla: retumbar de tambores, incitadoras gaitas para el compás de la marcha guerrera y otros sonidos inspirados en el ardor bélico. Hay miríadas de notas nacidas para el combate, cientos de cantos para entonar antes, durante y después del fragor de la lucha. Existen himnos que surgieron tanto de las victorias como de las derrotas. Hay gente pa tó y música pa tó tipo de gente, pero hay que ser muy duro de oreja para cerrar los oídos a Mozart. Escucharle a lo largo de 365 días puede ser un bálsamo que nos libre de la temida tabarra de los grandes aniversarios anuales, que podría venir dada por espesos expertos y forofos mozartianos igual que pesados cervantinos hubo en memoria de El Quijote.

La música culta se está poniendo más difícil digan lo que digan sobre su divulgación. El escenario para la escucha de obras clásicas se vuelve recóndito, insólito, imposible: apartados enclaves históricos, aisladas ruinas famosas, un desierto con leyenda. O en una mina de sal a 200 metros de profundidad donde hizo su debut la nueva orquesta sinfónica ucraniana Donbass. Las notas flotaban en el techo de la cavidad y descendían lentamente como una nube entre muros de cristales translúcidos. Una experiencia extraordinaria para los 200 espectadores que tardaron varias horas en acceder a través de los pozos hasta la galería 41. Bajo tierra, libres de cascos, pudieron confortarse a los acordes de Grieg, Strauss y Mozart.



Vocento